pasando, estudiandolas con interes.
?Nadia, Nadia, Nadia! exclama. ?Y mi amiga Zadie Stewart que? ?No aparece en una sola foto!
Me mira un instante, riendose, y sigue pasando fotos. Despues de verlas todas, entresaca la misma que me habia llamado la atencion a mi y la observa detenidamente.
?Que te parece? le pregunto.
Apaga el cigarrillo en un cenicero metalico, de forma triangular.
?La verdad?
La verdad.
La vuelve hacia mi y dice:
Es como si la hubieran disenado para ti.
Nos pasamos un par de horas bebiendo y charlando. A mi, el billar no me interesa, pero a Marc le entusiasma. De cuando en cuando, si ve que hay alguien dispuesto, le reta a una partida, solo que hoy no encuentra muchos rivales. Ninguno de los dos nos damos cuenta de cuando ha podido llegar Claudia. Tiene un whisky en la mano y esta apuntando su nombre en la pizarra, cosa innecesaria porque no hay nadie esperando turno para jugar. La saludamos a la vez, de lejos. Nos hace un guino y se acerca a la barra. No queda apenas gente en el local, solo nosotros y un par de figuras borrosas, cerca de la puerta. Marc propone que vayamos al Keyboard, un antro que acaban de abrir en la calle 46.
Apuro mi bebida y digo.
Yo no. Manana tengo mucho trabajo.
Como todos, dice Marc. Claudia se rie.
Es un encargo urgente para McGraw-Hill. Lo necesitan a medio dia, no puedo fallar, y ademas esta muy bien pagado.
Como quieras, dice Marc, encogiendose de hombros.
Bueno, ?que? ?No vas a jugar conmigo? le pregunta Claudia.
De acuerdo, pero solo una partida, despues vamos al Keyboard, a ver que tal.
Marc me mira de frente, hace una reverencia versallesca, agitando un sombrero imaginario, y se aleja hacia la mesa de billar. Claudia se queda un momento a solas conmigo.
?Todo bien? pregunta, acariciandome levemente la mejilla.
Sonrio, sin decir nada. Ella vuelve junto a la mesa de billar y desde alli me lanza un beso. Observo los preliminares de la partida. Marc tira de la palanca. Oigo rodar las bolas de marfil por los conductos interiores de la mesa. Las recoge y, cuando termina de acotarlas con el cerco de madera, le hace un gesto a Claudia, que se inclina sobre el tapete y da un fuerte golpe con el taco. El triangulo multicolor se rompe con un estallido seco que se fragmenta en multiples ecos.
Fuera, la luz de los faroles se refleja en el asfalto como si acabara de llover. Diviso a lo lejos las luces traseras de un camion de la basura. No se ve a nadie por la calle. En la esquina de la Novena Avenida hay un viejo tapado con una manta, metido dentro de una caja de carton. Esta despierto, hablando solo, en voz muy baja. Cuando paso por su lado, percibo un olor nauseabundo y sigo adelante, sin dirigirle la mirada. Hay bastante trafico en direccion al Lincoln Tunnel. Hace una noche clara, sin luna, y sopla un viento frio, procedente del Hudson.
Paso la manana del martes ultimando el encargo urgente de la editorial. A mediodia voy a McGraw-Hill, entrego el trabajo y de alli me voy directamente al Lincoln Center, efectuando el mismo recorrido que ayer. Cruzo las calles por los mismos sitios, doblando las mismas esquinas, como si me persiguiera a mi mismo con un dia de retraso. Me gusta el ritual de volver con exactitud sobre mis propios pasos, aunque hoy todo transcurre mas deprisa, porque a diferencia de ayer, se que al final se producira el encuentro. Cuando termino de recorrer los distintos recovecos del Lincoln Center, antes de entrar en la biblioteca, me siento en el mismo banco de ayer, al borde del estanque y trato de imaginarme que pasara. Imposible. No veo nada. Sacudo la cabeza y entro con decision en la biblioteca. Voy directamente a los archivos. En el mostrador de atencion al publico esta el mismo empleado de ayer. Mi pupitre, sin embargo, esta ocupado. Me siento en otro, al fondo de la sala, junto a los ventanales que dan a la Decima Avenida. Pasa mas de media hora sin que aparezca ella, tal vez hoy no haya ido a trabajar, pienso, pero la idea no ha llegado a concretarse cuando la veo aparecer entre dos filas de anaqueles. Lleva un cartapacio repleto de papeles. Lo deja encima de un escritorio y empieza a separar los legajos, amontonandolos en varios grupos. Durante un largo periodo de tiempo, nadie se acerca a consultar con ella. Desde que la vislumbre, al fondo del pasillo, no he apartado la vista de ella un solo instante.
Estoy tan pendiente de sus movimientos, que no me doy cuenta de que tengo todo el cuerpo en tension, en una postura absurda, ni sentado ni de pie. La miro con tanta fijeza que es un milagro que nadie repare en lo extrano de mi actitud. Tampoco ella, Nadia, se da cuenta. Esta tan absorta en lo que hace que en ningun momento llega a tener conciencia de que al fondo de la sala de lectura hay alguien que la escruta como si le fuera la vida en ello. Un usuario, un hombre de unos cincuenta anos que lleva una cazadora vaquera, se acerca al mostrador, impidiendome que la pueda seguir viendo. Solo entonces noto la tension de mis propios musculos y por fin me dejo caer en la silla, tratando de relajarme. Encima de la puerta de salida, un reloj marca las cinco y veinte. Hoy la biblioteca cierra dos horas antes que ayer, a las seis, justo cuando sale ella. Decido hacer tiempo, hojeando un volumen que he cogido al azar de uno de los estantes. Ni siquiera he registrado el titulo, en el que reparo ahora.
El sonido de una campanita advierte a los lectores de que ha llegado la hora de cierre. He conseguido leer un poco. Como saliendo de un sueno, miro hacia el mostrador y me doy cuenta de que ella, Nadia, me esta observando. Me siento fuera de lugar, indefenso, absurdo, como un nino sorprendido en falta. Las agujas del reloj estan perfectamente alineadas, marcando las seis en punto. Se oye el segundo aviso de cierre. Los celadores se pasean por entre las mesas, haciendo tintinear la campanilla, apremiando a los lectores rezagados. Por un instante, nos quedamos los dos solos en la sala, observandonos de lejos. No soy capaz de apartar los ojos de ella, ni tampoco ella de mi, hasta que, efectuando un giro brusco, recoge sus cosas y se aleja hacia la puerta de salida. Guardo el libro y el cuaderno en la carpeta y me levanto del pupitre. Soy el ultimo en abandonar el archivo y probablemente tambien el edificio. En la puerta, un celador uniformado de azul me pide que abra la carpeta. Le muestro el contenido y, cuando me da la venia, me apresuro a salir. No la quiero perder, me da miedo que le de por coger una direccion distinta a la de ayer. Recorro con la vista la plaza Norte y no la veo. Sigo, casi a la carrera, pero nada mas doblar la esquina del MET, me detengo en seco. Esta alli, de pie junto a la fuente, con las piernas levemente separadas, esperandome.
Imposible ordenar mis pensamientos ni mis sentimientos. Estaba muy nervioso y me sentia absurdo. Mis acciones eran ridiculas, teniendo en cuenta mi edad. Iba a echar a correr cuando la vi delante de la fuente. Era la unica figura que se encontraba en aquel sector de la plaza, sola, firme. Detras de ella, al otro lado de la cortina de agua, se movian algunas siluetas diminutas. Me acorde del verso de la elegia que habia estado leyendo: habia un dios haciendo remolinos en el rio turbio de la sangre. Ahora, el dios de la elegia me ordenaba avanzar hacia ella en linea recta. Contemple con fruicion su imagen. Estaba de pie, con las piernas separadas, el pelo corto, los ojos verdes, la cara ladeada, mirandome fijamente, con un gesto que no era exactamente una sonrisa. Fue ella quien hablo primero.
?Me estas siguiendo?
No. Si.
Fue lo unico que logre articular.
