Pietri sacaba fuerzas de flaqueza, desgranando datos que a mi me resultaban cada cual mas sorprendente que el anterior. Me dijo que se alegraba de que el hijo que habia tenido con Teresa hubiera encontrado una familia. Durante muchos anos, practicamente nunca le dio por pensar en el. Andando el tiempo, alguna vez recordaba que existia y se preguntaba como podria ser, pero todo quedaba en la esfera de lo imaginario, no es que tuviera interes por conocerle. Solo ahora que se sabia tan proximo a morir sentia… No era solo por su hijo, volvio a insistir. Mas bien tenia necesidad de contar lo que le habia pasado al Escuadron. Por eso, mi aparicion le parecia una senal.
No estoy seguro de estar reproduciendo con exactitud las palabras de Abraham Lewis. Si hay alguna incoherencia aqui, la culpa es mia, porque el me refirio los hechos con absoluta claridad y orden. Es posible que las emociones que despertaba en mi lo que decia tiendan a desdibujar su narracion. Lo cierto es que estando con el en el bar de aquel hotel, de cuando en cuando se me perdia su voz, igual que me ocurre tambien ahora que trato de transcribirla en el Cuaderno. En muchos momentos no solo dejaba de oirle sino incluso de verle. Pero mis sentimientos no cuentan, lo unico que importa es dejar constancia de todo por escrito.
Mientras le oia hablar, una cosa me llamaba cada vez mas la atencion, dijo Lewis: ?Por que se turbaba tanto Pietri cada vez que mencionaba el Escuadron de la Muerte? Por fin, decidi preguntarle a quemarropa que habia ocurrido exactamente en la ermita de Santa Quiteria. Pietri agito la mano derecha como si estuviera apartando una telarana, y clavando en mi unos ojos detras de los que se asomaban los de la Muerte, escupio estas palabras:
Los traicione, Lewis. Se perdio la unidad. Murieron todos… Conserve el pellejo a cambio de que los sacrificaran como a conejos. Soy un cobarde y un traidor. Por eso estoy vivo.
Me enganaba a mi mismo. Mis sentimientos si contaban. Cuando Abe me hizo aquella confesion, algo se tambaleo dentro de mi. Senti que se me nublaba la vista. Mire a mi alrededor, escrutando las tinieblas del bar. Volvio a aduenarse de mi aquella sensacion que me asaltaba cada poco, desde que puse un pie en Madrid. No queria estar alli. Me sentia mortalmente agotado.
?Que… que hora es, Abe?
El brigadista se inclino hacia mi.
Todavia no he terminado, Ackerman, dijo con voz casi sibilante, pero si quieres lo dejo.
Me rendi ante la evidencia y dije:
Ahora ya es tarde. Sigue hasta el final.
Pietri rompio a sudar copiosamente. Parecia librar una batalla terrible consigo mismo. Por fin, movio la cabeza y me pidio disculpas, diciendome que lo mejor era dejar las cosas como estaban. Habia en su mirada un fondo de desamparo que me impulso a decirle que me contara lo que quisiera, que yo estaba perfectamente dispuesto a escucharle.
Se levanto y dejando un billete encima de la mesa murmuro, mas bien para si:
Lo mejor que puedo hacer es largarme. De todos modos me alegro de que se haya cruzado en mi camino, sargento Lewis.
Pero no se iba, seguia alli de pie, con la mirada ausente. Estaba tenso y me contagiaba su tension.
Lo que he confesado hace un momento, dijo por fin, no se lo habia contado nunca a nadie. No es que me arrepienta, solo que no he hecho mas que destapar algo muy oculto. Y ahora que he empezado, me doy cuenta de que me gustaria que me escuchara hasta el final. Por otra parte, soy perfectamente consciente de que no tengo derecho a pedirle una cosa asi. El hecho de que los dos hayamos sido brigadistas no me otorga ningun privilegio.
Pietri se apoyo en la mesa y me pregunto si al pasar por Castelfiorentino con mi mujer habiamos subido hasta las inmediaciones del monasterio de San Vivaldo. Hice un gesto negativo con la cabeza y me explico que quedaba al suroeste del pueblo, pasada la antigua villa de Montaione, en una zona de bosques.
Como si diera por hecho que nos volveriamos a ver alli al dia siguiente, me indico como llegar en coche y preciso que el llegaria en torno a las ocho de la manana, antes de que el calor empezara a caer a plomo. Era mucho lo que le pesaba en la conciencia, dijo, pero recalco que si decidia no acudir a la cita lo entenderia. No me dio la mano antes de irse. Se limito a alejarse hacia el otro extremo de la plaza, caminando con paso inseguro.
En el hotel no me podia dormir. Lo que me habia empezado a contar Pietri despertaba en mi un profundo sentimiento de rechazo, y sin embargo estaba seguro de que al final acudiria a la cita. Lei lo que decia la guia acerca de las villas de Certaldo, Montaione y Castelfiorentino. A ti, que eres escritor, te hara gracia saber que Boccaccio paso en Certaldo los ultimos trece anos de su vida, en un lugar conocido como Castello, que segun dicen, es el escenario del
Por la manana temprano le conte a Patrizia a grandes rasgos mi encuentro de la vispera, y le confese que habia decidido llegar hasta el fondo de la historia de Pietri. Quede en volver por el hotel hacia la hora del almuerzo. El viaje en coche fue muy corto. Llegue al jardin de cipreses centenarios donde Pietri me dijo que me esperaria. Lo encontre sentado en un banco de piedra, junto a un muro semiderruido en el que se abria una ventana ojival desde donde se dominaba todo el valle. Llevaba una camisa blanca, remangada, pantalon negro y sandalias.
No sabe lo que le agradezco que haya venido, Lewis, dijo cuando llegue a su lado. No las tenia todas conmigo.
Fue todo lo que le dio tiempo a decir. De repente el rostro se le contrajo en una violenta mueca de dolor y le sobrevino un ataque de nauseas. Apoyado en el alfeizar de la ventana, daba grandes arcadas, intentando vomitar, pero lo unico que logro fue escupir un hilo de saliva rojiza. Hice ademan de ir a ayudarlo, pero me lo impidio con gesto resuelto. Al cabo de unos minutos se limpio los labios con un panuelo y apoyandose en la columna que partia en dos la ventana, senalo hacia un punto del valle.
Vivo en Certaldo, dijo pero el trabajo lo tengo en Castelfiorentino. ?Ve aquella nave de tejado rojo, junto al puente, donde hay un punado de coches aparcados? Es mi taller.
Cuando se sintio con fuerzas, me propuso efectuar un recorrido por las capillas. Me las iba senalando, contandome anecdotas, sin entrar en ninguna. Por fin llegamos hasta una tapia cubierta de hiedra y aparto unas matas, dejando un boquete al descubierto.
Todo el lugar esta lleno de escondrijos asi. De pequenos veniamos mucho a jugar aqui. Figurese, para un nino no puede haber nada mas fascinante y misterioso. Me atreveria a decir que en cada rincon del bosque he dejado algun recuerdo. Es un lugar simbolico. Son muchas las cosas que hice por primera vez aqui. Entonces todas las capillas estaban intactas. Cuando volvi al bosque de San Vivaldo, despues de la guerra, la mitad se encontraba en ruinas. En cierto modo me alegre. El pasado no se puede cambiar y las heridas de las piedras me hacian pensar en las mias. Sigame.
El interior estaba en tinieblas, apenas horadadas por algun rayo de luz que se filtraba entre las grietas. Umberto Pietri extrajo una linterna del bolsillo y la encendio. Echo a andar despacio, proyectando la luz sobre las paredes. Entre grandes desconchados, se distinguian vestigios de lo que parecia ser un antiguo fresco. Estabamos frente al muro mas alejado de la entrada, al fondo de la capilla. Pietri lo barrio con la luz de la linterna.
El
Grandes manchas de colores desvaidos se disolvian en el espacio, confundiendose con la penumbra.
?De quien es?
Es una copia de Benozzo Gozzoli. Por toda la region hay cuadros del maestro. El original esta en la Iglesia de Santo Tomasso e Prospero, en Certaldo. Si puede, vaya a verlo con su mujer, esta muy deteriorado, pero sigue siendo asombroso.
