Acerco un poco mas la luz.

Lo he hecho yo, dijo. Tarde anos. No tiene mayor merito artistico. Siempre se me ha dado bien esto. En casa tengo muchas copias de obras maestras, pero el Tabernaculo es distinto. Normalmente procuro restaurar la perfeccion que tuvieron las obras cuando fueron creadas. Mi intencion aqui era preservar con toda fidelidad la decrepitud del original.

Pietri recorrio por partes la superficie del fresco.

Los rostros de los condenados, casi intactos, reflejaban con intensidad su sufrimiento. A medio cuerpo, algunas figuras del Tabernaculo empezaban a perder el color. La parte inferior, de tonos entre grises y rosaceos, hacia pensar en una piel devorada por el cancer. Tenia razon Pietri, el extrano atractivo de la pintura era el resultado de su descomposicion.

Cuando volvimos al jardin, me conto por encima la historia del lugar donde nos encontrabamos.

Vivaldo era un ermitano oriundo de San Gimignano. Segun la leyenda, vivia en el tronco de un castano hueco. Un dia lo encontraron muerto en actitud de orar. Los franciscanos fundaron aqui un monasterio en su honor. Unos doscientos anos despues de su muerte, un fraile tuvo la ocurrencia de erigir una Nueva Jerusalen en estas colinas. Se construyo un total de 34 capillas que replicaban los lugares de la Pasion. A fin de que el viaje simbolico les resultara mas real a los peregrinos, los interiores se adornaron con frescos de terracota policromada y otros materiales. Hoy solo quedan en pie la mitad de las capillas.

Siguio un largo silencio. Con la mirada perdida en el valle, Pietri dijo:

Ya se que es un parecido imaginario, pero la vista que se domina desde aqui me hace pensar en Santa Quiteria. Muchas veces, cuando soy incapaz de conciliar el sueno, subo en la camioneta y es como si volviera a vivir aquella noche.

[…]

Llevabamos cosa de tres o cuatro dias en la ermita, cuando detectamos movimientos de tropas en los alrededores. Organizamos una batida al amanecer e hicimos prisioneros a cinco fascistas. Antes de que los fusilaramos, confesaron pertenecer a un contingente que se dirigia hacia Huesca. Esa noche me toco guardia con un tal Salerno, un napolitano que segun me confeso habia falseado la fecha de nacimiento para poder alistarse. Tenia diecisiete anos, dos menos que yo. Estabamos los dos solos en un altozano cubierto de arbustos desde donde se detectaba inmediatamente cualquier movimiento que se pudiera producir en varios centenares de metros a la redonda. Salerno era muy nervioso. Veia enemigos por todas partes; cualquier ruido, el murmullo del rio, las hojas de los arboles, una rafaga de viento, le hacia pensar que se acercaba el enemigo. Al final, consiguio ponerme nervioso tambien a mi. Cuando salio la luna y se empezo a extender un brillo plateado sobre la arboleda, Salerno se inquieto si cabe mas. Le parecia que los arbustos tenian vida. Al cabo de varias horas distinguimos por fin un ruido real. Agazapados detras de una roca vimos avanzar una columna rebelde entre los matorrales.

Teniamos que dar la senal de alarma, comunicandonos con el puesto inmediato, situado a unos doscientos metros mas abajo del nuestro, para que este alertara a su vez al reten siguiente, hasta llegar al grueso de la guarnicion. Se desbarataria asi el elemento sorpresa, y de tratarse de una fuerza numerosa, se hubiera podido avisar por radio a otras unidades, pidiendo refuerzos. Por senas, Salerno me apremio a que me dirigiera a la siguiente posicion mientras el trataba de atajar desde la retaguardia, pero en mi cabeza solo habia espacio para una idea: salvar el pellejo. Me acerque a Salerno por la espalda y tapandole la boca, lo degolle con un solo tajo de la bayoneta. Se revolvio un buen rato, pero yo lo sujete con firmeza, hasta que note que le habia abandonado el ultimo soplo de vida, entonces lo deje caer. Yo estaba banado en sangre. Apenas perceptibles, los rumores de la noche formaban un estruendo mil veces superior a las imaginaciones de Salerno. Logre controlarme. Los leves resplandores que habiamos detectado hacia unos minutos seguian alli, destellando entre los arbustos, cada vez mas cerca: una hebilla, un casco, un correaje. La columna fascista avanzaba sigilosamente por un sendero que le permitiria llegar a la parte posterior de la ermita sin ser detectada. Era evidente que conocian bien el terreno. Quiza una patrulla como la que habiamos sorprendido por la manana hubiera logrado explorar las inmediaciones de Santa Quiteria y regresar sin ser vista. Todo debio de ocurrir en cuestion de minutos. Espere a que pasaran y cuando estuvieron lo suficientemente lejos, cogi un atajo que bajaba directamente hasta el rio. No tardo en escucharse el estallido de granadas y el trepidar de las ametralladoras. Debieron de caer como conejos, pero yo me alejaba de alli, libre de peligro…

Pietri me hablaba desde el otro lado de la muerte, dijo Lewis. Me conto que llevaba treinta anos con aquel pus corroyendole el alma. Es algo mas poderoso y repugnante que las pinzas del cancer que me esta devorando las entranas, dijo. No es que tenga buena memoria, Ackerman, es que son palabras dificiles de olvidar. Me di cuenta de que aquel momento encerraba una paradoja monstruosa: por primera vez, ahora que no tenia manera de esquivar la muerte, Umberto Pietri lograba reunir algo de valor.

Apenas distinguia las facciones de Abraham Lewis, solo el brillo de sus ojos, un fulgor febril, enfermo, que le daba fuerzas para seguir hablando. Esto era lo mas inquietante: que aunque para mi Umberto Pietri no tenia rostro, su voz estaba alli, envuelta por la del brigadista Lewis, monocorde, repetitiva, contandome atrocidades, como quien recita una letania agonica e incesante. Las palabras que oia me hacian dano, pero me aferraba a ellas. En cierto modo, me daba miedo que Abe Lewis dejara de hablar. Que el mundo se acabara, pero que su voz siguiera, monotona, desgarrandome. Eso si, solo una vez, aquella, a fin de que despues yo pudiera transcribir sus palabras, como lo estoy haciendo ahora. Se que jamas volvere sobre esto que ahora escribo. Aqui se quedara, atrapado en el papel, despues mi memoria quedara limpia. Lo que escuche en el bar del Hotel Florida no habra sido mas que una alucinacion, un sueno maligno que siento necesidad de fijar en su integridad, ahora que todavia esta fresco. Buscando anclarme en la realidad, lance una mirada a traves de los grandes ventanales que se asomaban a la noche de Madrid. Fuera flotaban las luces gaseosas de la Gran Via, invitandome a huir, pero aparte la vista de ellas, para volver a lo que Abe me estaba diciendo:

No le costara ningun esfuerzo imaginar el infierno en que he vivido, Lewis, me dijo el italiano. En mi vida no ha habido lugar para otra cosa. Es algo que no se puede pagar. Cuando se comete una accion tan atroz, no hay suficiente castigo. Pero no es momento de andarse con retoricas. Usted es inteligente y sabe que no espero su compasion ni la de nadie. Me basta con que me haya escuchado. Es la unica vez que le he contado la verdad a nadie. Me volvio a dar las gracias por acudir a la cita. Ahora si que no tengo nada que anadir, sera mejor que se vaya. Pietri dejo de hablar. Estaba muy palido. De repente le sobrevino otro ataque de nauseas y esta vez por fin logro vomitar.

No duro los meses que el creia que iba a durar. Apenas tres semanas despues, llego a Sarzana el telegrama que me habia anunciado. El texto, en italiano, con letras mayusculas a tinta azul, desvaidas sobre una tira de papel blanco, decia escuetamente: UMBERTO PIETRI FALLECIDO 3 AGOSTO. RIP. La firma eran las iniciales C.P., que supuse serian de su mujer. Aquella misma noche le empece a escribir a Ben Ackerman la carta que llevas en el bolsillo.

[El texto continua en varias hojas dobladas en dos que parecen arrancadas de otro cuaderno. Una mancha de tinta hace ininteligible buena parte de la primera pagina y algunas frases de las demas. La recomposicion del primer parrafo es mia]

Abe Lewis estaba empenado en pedirme un taxi por telefono, pero le dije que preferia volver a la pension a pie. Era tarde y hacia mucho frio, pero me apetecia respirar el aire helado, sentir el frescor que flotaba en la noche despues de la nevada. Me gustaba aquella ciudad a la que, ahora estaba seguro de ello, nunca volveria.

[A partir de aqui el texto es perfectamente legible.]

Nos levantamos a la vez. Lewis era mucho mas alto y fuerte que yo. Desplegando al maximo su envergadura, me estrecho con fuerza entre sus brazos. Senti intensamente el olor de su cuerpo. No rechace el afecto que me ofrecia. Posando sus manos en mis hombros, dijo con su profunda voz de bajo:

Ya esta. Mision cumplida. El trago que tenias que apurar lo has apurado.

Le dije que necesitaba quedarme un momento a solas y sali por una puerta a uno de los balcones que daban a la Gran Via. Necesitaba no oir ninguna voz, ninguna historia mas, perderme dentro de mi mismo, olvidarme unos instantes de quien era, de por que estaba alli. A la altura de mis ojos, se desplegaba una arquitectura de cornisas caprichosas en las que se alzaban estatuas de diosas, guerreros montados en carruajes tirados por animales mitologicos. El velo de las nubes se empezo a rasgar, abriendose a la

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