?Y se puede saber desde cuando? Quiero decir aparte de la biblioteca.

Desde hace quince dias.

Torcio levemente la boca. Seguia inmovil, sin dejar de mirarme.

No es lo que piensas, dije

?Y que es lo que pienso?

Creo que me estoy portando como un adolescente, pero en realidad…

Te conozco, dijo, rompiendo a reir de repente.

No supe que decir.

De Port Authority, hace dos semanas. Me quede dormida en el autobus, y cuando se abrieron las puertas, me desperte. Cuando me disponia a bajar me tope con toda la cola de viajeros. Nunca he visto una expresion mas asustada que la tuya cuando te tire la bolsa a la cara. Un poco como la que tienes ahora.

Instintivamente, me lleve la mano al lugar donde el broche me habia hecho un corte en la mejilla.

?Eres tu quien fue a ver a Zadie?

?Zadie Stewart? ?Tu roommate? Si, o sea, no.

?Eres tu Gal Ackerman?

Si. ?Te lo dijo tu amiga?

?Quien si no? Solo que la persona que me describio era diferente.

Por un momento quise estar lejos de alli, para poder pensar con claridad, dar con las palabras adecuadas, parecer minimamente inteligente. Alce la vista hacia los edificios que nos rodeaban, hacia las nubes, y luego la volvi a mirar a ella. Me seguia escrutando, sin decir nada. Lo unico que se me ocurrio fue preguntar:

?Que hacemos?

Lo que tu digas, contesto.

Me sorprendio el tono decidido, casi cortante de su respuesta. Le propuse que fuesemos al Cafe Europa. No se por que. Nunca voy alli. Echamos a andar juntos. A partir de ese momento, las palabras y los sentimientos se fueron ordenando, poco a poco.

?Que sabes de mi? me pregunto.

Muchas cosas.

?Como que?

No te lo tomes a mal…

?El que? dijo con brusquedad, y matizo: Creo que tengo derecho a preguntarlo.

Se que naciste en Siberia, en Laryat, que tus padres vinieron aqui cuando eras muy pequena, que estudias en Juilliard…

Se detuvo, alarmada.

Pero ?como es posible…?

Hizo un gesto que interprete como un indicio de que iba a huir, e instintivamente la sujete por la muneca.

Lo siento… Si no te enfadas, te confesare algo. Me di cuenta de que no tenia intencion de echar a correr. Prometeme que no te enfadaras.

Se zafo de mi. Tenia fuerza. Saque el sobre de las fotos. Algo imposible de definir flotaba entre nosotros. Le pedi que siguieramos andando. Un poso de gravedad subrayaba nuestras palabras, nuestros pasos. Era una especie de borrachera inesperada de los sentidos, al menos para mi. Como si llevara siglos esperando a que sucediera algo, y de repente ese algo estaba ahi, a mi lado, desbordandome, de modo que no me resultaba posible controlar mis emociones. Pense que no era solo yo, que estabamos los dos en la misma situacion, el uno a merced del otro. Meti las fotos en el sobre.

Tendras que empezar a contarme algo de ti. Hablaba sin acento, pero en su diccion habia algo peculiar, cortante, como si le impacientara tener que terminar de pronunciar las frases.

?Por donde empiezo? Pregunte.

No se. ?A que te dedicas?

Hago trabajos sueltos, encargos editoriales, correccion de pruebas, traducciones.

Tambien escribo.

?Que escribes?

De todo, articulos, algun ensayo, relatos, cosas personales.

?Has publicado algo?

Me acorde del cuento que Marc habia enviado sin consultarme a The Atlantic Monthly.

Todavia no.

Nunca llegamos al Cafe Europa. No creo que ninguno de los dos supieramos muy bien que queriamos hacer. Al pasar por delante de Coliseum Books, no pude evitar pararme a mirar los libros. Era un ritual mecanico. Guardamos unos instantes de silencio, luego bajamos por Broadway, hasta llegar a la catarata de luces de Times Square, justo en el momento en que el sol empezaba a declinar. Estabamos en los confines de mi territorio, en la frontera de Hell's Kitchen.

Tengo sed, me dijo.

Le propuse ir hacia la Octava Avenida. Volvi a evocar el verso que me hacia pensar en ella. Por alli discurria otro rio turbio, el de los antros a los que le gustaba ir a Marc. Casi todos me los habia descubierto el, las noches que bajabamos a tumba abierta por las cavernas de Manhattan, como decia el. Pero no la lleve a ninguno de aquellos lugares, sino a un cafe griego en el que jamas habia entrado. Pidio un te helado. Ahora si que me resulta casi imposible cerrar los circulos concentricos que describian nuestras palabras. Ella me hablaba de musica, de las obras que estaba preparando, del ensayo que estaba escribiendo, sobre las sonatas de violin de Bach. De sus padres, de su hermano Sasha, que vivia en Boston. De pequenos eran inseparables, y cuando llegaron a los Estados Unidos, de repente el mundo se habia vuelto completamente ininteligible, el era su unico asidero, sobre todo en el colegio. No le resultaba posible expresar con palabras lo mucho que lo echaba de menos. Le pregunte si conservaba recuerdos de Siberia. Me dijo que si, pero que eran remotisimos, casi como si en lugar de haberlos vivido ella, se los hubiera contado otra persona o hubiera leido acerca de ellos en un libro.

Nos quedamos callados un momento. Tenia las manos blanquisimas, los dedos finos, delicados, las unas muy pequenas, cubiertas de una capa de esmalte transparente, que reflejaba las luces del cafe. Cuando volvio a hablar me dijo que vivia por la musica y para la musica, para interpretarla, para estudiarla. Solo eso le habia dado fuerza para separarse de su madre y de su hermano. Oyendola, me la imagine interpretando una pieza de violin. Pense que me encantaria oirle tocar, pero no le dije nada.

?Que estabas leyendo en la biblioteca? dijo de repente.

Ah, eso. No es el tipo de libro que suelo leer normalmente.

Dejamelo ver.

Se lo di. Lo abrio tirando del cordon de seda verde que marcaba la pagina y leyo unos momentos, en silencio, para si, y luego recito en voz alta el verso que habia subrayado.

… y otra la deidad que habita en el turbio rio de la sangre.

Cerro el libro, contemplo unos momentos la portada y me lo devolvio, sin decir nada. Dejo la mano encima de la mesa, con los dedos levemente separados. Acerque la mia, de piel mucho mas oscura, un animal tembloroso que se acerca lentamente a otro. Se la oprimi suavemente. Le volvi a hacer la misma pregunta que cuando estabamos de pie, delante de la fuente.

?Que hacemos?

Lo que tu digas, volvio a contestar con la misma rapidez, sonriendo con los ojos.

Subimos por las escaleras de madera, muy despacio, hipnotizados por la fuerza de nuestro propio deseo. Apenas hablabamos, como si hubieramos entrado en una zona de turbulencias donde las

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