palabras resonaran con excesiva estridencia.
La barandilla estaba pintada de azul, igual que las puertas. Cuando llegabamos al tercer piso, se oyo un ladrido solitario. Era Theo, el perro de una anciana armenia a la que solia ayudar a subir la compra. El animal se callo al reconocer mi olor y se acerco a la puerta, gimoteando.
Entramos. Vislumbre mi silueta por detras de la suya en el azogue borroso del espejo. No le presto demasiada atencion al apartamento. La ventana del salon estaba abierta, y se veia la pared de ladrillo del edificio de enfrente. Se acerco hasta alli.
Me encanta la vista, dijo, riendose.
Corri las cortinas. Solo estaba encendida la luz del recibidor. Le pregunte si queria beber algo. Me dijo que no. Antes de besarla, de pie frente a ella, le dije que desde el dia que la habia visto en la estacion de autobuses, no me habia podido librar de la imagen de sus piernas. Dejo caer la falda, la misma de entonces, y se fue desprendiendo de la ropa interior muy despacio. La sangre me palpitaba con violencia en las sienes, la boca me sabia a tierra. Ella misma me desabrocho el cinturon y me llevo hasta el dormitorio, sin soltarme de la mano.
Hay una imagen que se me ha quedado para siempre enquistada en el recuerdo y que ninguna otra ha podido borrar jamas. Ocurria rarisimas veces. La habitacion estaba a oscuras y por la ventana se colaba un reflejo indirecto de luz de luna, una luz helada que dibujaba con extraordinaria precision la forma de su cuerpo. Se inclino hacia atras, muy lentamente, invitandome a que la besara en el cuello. Me tenia sujeto de la mano, con fuerza. Sus ojos brillaban en la semioscuridad. Me arrastro hacia si, muy despacio, dulcemente, sin dejar un solo momento de mirarme. Todavia no la habia penetrado, todavia no habia acercado ella su boca hacia mis genitales. Despues los rozaria apenas con la lengua y ajustaria la piel viva de su boca a la de mi glande, pero no seria ese el recuerdo tactil que dejo para siempre en mi memoria, el momento en que el liquido vaginal me invitaba a desrizarme dentro de ella. Fue un momento antes La forma de sus pechos se destacaba con perfecta nitidez, como una figura trazada con un lapiz de grafito. Soltando de la mia la mano con que dirigia todos los movimientos de mi cuerpo, la llevo al tallo de mi pene, y lo rodeo con una delicadeza infinita. En ese momento flotaba yo en el aire, camino de su cuerpo. El calor de su piel se ajusto al de la mia. Fue esa diferencia de temperatura lo que paso, celula a celula, de su epitelio al mio. Fue entonces, lo he entendido despues, cuando mi destino quedo atado al de ella para siempre.
Nueve . UMBERTO PIETRI
Pero Umberto Pietri no habia muerto, sino que habia vuelto a su lugar de origen. Y tuve que ser yo quien se tropezara con el. Yo no lo elegi, pero son pocas las cosas que uno elige que le pasen. Cuando me tuvo delante, vio el cielo abierto y descargo sobre mi todo el peso de su historia. Llevaba decadas aguardando una oportunidad semejante y al final habia perdido la esperanza de poder hacerlo. Pero vuelvo a lo dicho: las cosas no suceden como uno quiere. Me conto cosas que no habia dicho nunca a nadie, en dos partes, porque habia tanto que contar que nos vimos dos veces. Cuando lo consulte con Patrizia, mi mujer, ella lo vio todo con la misma claridad que yo: tenia que ponerme en contacto con Ben Ackerman, decirle que Pietri estaba vivo, y sugerirle que tu y yo nos encontraramos en Madrid. Tu y yo, porque a fin de cuentas, el destinatario de la historia eras tu. Tiene sentido que sea aqui, porque aqui es donde se conocieron tus padres (Umberto y Teresa; Ben y Lucia), porque aqui fue donde naciste tu. Porque aqui fue donde se perdieron para siempre los suenos de libertad de tanta gente. Y porque fue aqui donde…
Levante la mano, a fin de impedir que terminara la frase. Sabia lo que iba a decir y no queria oirlo, pero era inevitable.
…donde murio tu madre. Me resultaba muy dificil dominar el vertigo que sentia. Nacia en la base del estomago y me subia por el pecho, y estallaba en la cabeza.
[Sigue un largo espacio en blanco. En la parte donde se prosigue el recuento de su conversacion con Abraham Lewis, Gal parece guiarse por la carta que este le escribio a Ben Ackerman. No he encontrado el original en el Archivo. Tan solo conozco los fragmentos transcritos por el propio Gal en los cuadernos.]
Cuando salimos de Chicote era ya bastante tarde. Me sentia a gusto paseando por aquella avenida elegante, de escaparates vivamente iluminados. Al cabo de unos minutos llegabamos a la Red de San Luis. Otra cosa que me encantaba de Madrid: la magia de los nombres. Un portero uniformado nos abrio la puerta. Cediendome el paso, Lewis me conto que el Hotel Florida habia sido muy concurrido por los periodistas extranjeros durante la guerra.
Aqui tenia su cuartel el general Hemingway, dijo. Me lo imagino a todas horas en el bar. Claro que si es por bares, no hay ciudad mejor en todo el mundo, ?no te parece, Gal? Piensa en todos los sitios donde hemos estado hoy. En ningun momento nos ha hecho falta pararnos a pensar para elegir.
Cogimos el ascensor hasta el ultimo piso. Al otro lado de unas puertas de cristal se abria un local amplio, alfombrado, con una barra tenuemente iluminada y numerosas mesas con veladores, considerablemente espaciadas entre si. En la pared del fondo se abrian unos ventanales que daban a la Gran Via. Al ver a Lewis, un camarero que parecia estar sobre aviso nos condujo a un rincon donde habia dos butacones de cuero, delante de una chimenea en la que ardia discretamente un leno, de espaldas al bullicio del bar. Sin mayor dilacion, Abe retomo la conversacion en el punto exacto donde la habiamos dejado en Chicote.
Cada vez que me viene el recuerdo de aquella noche, dijo, lo primero que veo es la luna, redonda y enorme, sobre la plaza de Certaldo. Umberto Pietri guardo la foto de la miliciana entre las paginas del libro que llevaba en el bolsillo y siguio hablando. Cuando recibio la orden de incorporarse al Escuadron de la Muerte, Teresa Quintana estaba embarazada de seis meses. Un amigo comun, Alberto Fermi, le prometio cuidar de ella, solo que tambien el estaba pendiente de que lo trasladaran en cualquier momento a su unidad. Pietri no se lo dijo a Fermi, pero tenia la certeza absoluta de que una vez que se separara de ella, jamas volveria a saber nada de su companera, y efectivamente asi fue.
Encima de la mesa, habia una botella de agua mineral. Pietri se la llevo a los labios. Bebio con gran esfuerzo, mientras la nuez le subia y bajaba freneticamente a lo largo del cuello. Le pregunte si se encontraba bien. Evitando mirarme a los ojos, me dijo que le habian detectado un tumor en el higado y quiza le quedaran un par de meses de vida. Guardo unos momentos de silencio antes de decir que desde que le habian dado la noticia le empezo a rondar por la cabeza la idea de ponerse en contacto con su hijo.
[Gruesa anotacion a lapiz azul, tachada pero perfectamente legible: Conmigo]
Por lo menos, que sepa lo que paso, dijo, con un hilo de voz, aunque a estas alturas puede que no tenga sentido. No es solo por el. Antes de reventar tengo necesidad de contarlo todo, aunque sea una sola vez.
[…]
Despues de acabada la guerra, siguio diciendo Pietri, no volvi a saber nada ni de Teresa ni de Alberto ni de nadie, de lo cual me alegre, como entenderas en su debido momento. Es decir, no supe nada hasta el dia que Alberto Fermi se presento inopinadamente aqui en Certaldo.
?Cuando fue eso?
En octubre del 46, el dia exacto no lo se.
[Hay un hiato en el texto.]
Cuando le llego la orden de incorporarse a la Brigada de Luigi Longo, Alberto Fermi, Ben Ackerman y Teresa Quintana se reunieron en el Aurora Roja. En el momento de despedirse, Ben y Alberto intercambiaron direcciones. Estos gestos resultan casi siempre inutiles en tiempos de guerra, sin embargo en cuanto puso un pie en Brooklyn, Ackerman le escribio a Fermi, dandole cuenta de todo lo que habia ocurrido desde que se separaron. Queria que supiera que Teresa habia muerto al dar a luz, pero que el nino se habia salvado, que en el hospital todos pensaron que Ben Ackerman era el padre y que el no hizo nada por aclarar que no era asi. Y, en efecto, figura como tal en el Registro Civil. En su poder obra una partida de nacimiento, perfectamente legitima. Poco despues, contrajo matrimonio con Lucia Hollander. Cuando repatriaron a las Brigadas, Lucia y el se llevaron al bebe a Estados Unidos y lo criaron como si fuera su hijo.
