se escenificaban carreras de caballos. La gente se agolpaba para ver el espectaculo y cruzar apuestas, pero nosotros siempre pasabamos de largo, hasta que un dia David me pregunto si queria jugar y le dije que si. Mientras el maestro de ceremonias apremiaba al publico a que apostara, repare en la presencia de una muneca que me parecio muy especial. Era de tamano natural, tenia el pelo rubio, los ojos azules y la piel muy blanca. Llevaba una faldita verde claro, zapatos de tacon y aparentaba unos dieciocho anos de edad. Era una automata. Sus movimientos eran leves. Se limitaba a sonreir y a mover los ojos, y de vez en cuando bajaba los brazos para ajustarse la falda. En cuanto empezaba una carrera, se quedaba inmovil. Todo el mundo estaba pendiente de los caballos, menos yo, que no podia apartar la mirada de la automata rubia. Apenas termino la carrera nos fuimos, pero el resto de la tarde, me resulto imposible quitarme de la cabeza a la muneca de la tombola.

A instancias mias, hacer un alto alli se convirtio en un ritual. Aunque no apostaramos, yo insistia en ver al menos una carrera y David siempre accedia. Mientras el estaba pendiente de los caballitos, yo clavaba la vista en la muneca del vestido verde, perdido en la contemplacion de su figura, del contorno de los brazos y las piernas, de los ojos y los labios, de sus rasgos, probablemente esquematicos, pero que a mi se me antojaban muy delicados. Mi abuelo nunca llego a entender del todo mi empeno por ir a la tombola, ni tampoco se dio cuenta de que no eran las carreras lo que me interesaba. Yo mismo no acababa de comprender muy bien que me ocurria. Me conformaba con contemplarla, aunque solo fuera durante los minutos que tardaba en concluir la carrera. La muneca no tenia nombre, y una vez que nos ibamos de alli, pasaba a un segundo plano de mis inquietudes, aunque habia siempre una emocion que no se llegaba a apagar del todo. Por la noche llegue a tener fantasias amorosas con la automata, inocentes, nebulosas, pero cargadas de deseo. Mi historia de amor duro unas pocas semanas. Cuando se acabo la temporada de verano y dejamos de ir a Coney Island, aquel sentimiento se fue desdibujando hasta desaparecer del todo. Pasaron el otono y el invierno, y durante aquel tiempo, rara vez recorde la existencia de la muneca, y si lo hice, en poco se diferenciaba de como evocaba el recuerdo de otras atracciones de la isla. Sin embargo, cuando al ano siguiente regresamos a Coney Island, lo primero que hice fue arrastrar a mi abuelo a la tombola que tenia un hipodromo en miniatura.

Estaba todo igual: el maestro de ceremonias, con el bombin y los tirantes negros, cantaba las apuestas con la misma voz rasposa del verano anterior. Los caballos eran los mismos, y los graciosos jockeys de juguete que los montaban no habian envejecido. Los decorados del fondo tenian los mismos motivos, pintados con los mismos tonos. Solo faltaba ella, la muneca sin nombre. Encima de su antiguo pedestal (un cono truncado de color azul, tachonado de estrellas jaspeadas), habian colocado una efigie de Sherlock Holmes.

En las cronicas del segundo verano David explora el mundo de la accion, el delirio de las boleras, las casetas de tiro, los latigos, barriles y norias. Como no podia dejar de ser, le dedica un lugar muy especial, a las montanas rusas, repasando su historia. Da cuenta detallada de las que dejaron de existir, que son muchisimas. Pasadas o presentes, varian considerablemente en cuanto a sus caracteristicas, origen, altura, dificultad y longitud. En una cronica las enumera con una solemnidad que tiene algo de epico. Tambien a mi me hacia repetir los nombres: Tornado, Thunderbolt, Cyclone, Jumbo Jet, Wild Mouse, Bobsled… Su favorita era el Tornado y la mia el Cyclone. Cuando Nadia y yo nos montamos en esta ultima, se habia integrado en Astroland, el ultimo gran parque de Coney Island.

El Cyclone tenia un companero natural que era el Salto del Paracaidas, la mas peligrosa de todas las atracciones de Coney Island. No distan mucho una de otro, y los fotografos siempre buscan perspectivas en que aparezcan juntos los dos grandes simbolos de la isla.

Lo primero que avista quien se aproxima a Coney Island, sea por tierra, mar o aire, es la torre metalica del Salto del Paracaidas. Su silueta hace pensar en las estructuras de Eiffel, aunque tiene un leve aire de pozo petrolifero y a la vez, por la caida de los petalos de acero que la rematan, recuerda a un hongo nuclear. De la ancha base de estilo art deco brota un tallo de hierro que va adelgazando a medida que se eleva hacia el cielo y al alcanzar su maxima altura se despliega en doce salientes que caen en curva. En cada uno de estos se encaja un paracaidas de seda, cuidadosamente plegado. Disenado en los anos treinta para uso del Ejercito del Aire, era la ultima prueba que afrontaban los reclutas antes de lanzarse en paracaidas desde un avion. Trasladado a Nueva York con motivo de la Feria Universal (1939-40), una vez desmantelada esta, se decidio su instalacion definitiva en Coney Island, donde ocupa un lugar de privilegio. He aqui como se opera: sentado el usuario en un arnes situado en la base de la torre con el paracaidas ajustado a la espalda, se procede a izarlo por medio de seis cables-guia. Cuando el sillin alcanza lo alto de la torre, se acciona un dispositivo que provoca la caida libre. Al cabo de unos segundos se despliega en el aire un hongo de color blanco y naranja. El descenso se amaina gracias a la contencion de los cables guia. Aunque debajo de la plataforma inferior hay todo un sistema de amortiguadores, el impacto de la caida es casi tan violento como si se saltara de un aeroplano. Es una atraccion peligrosa, sujeta a toda suerte de percances e imprevistos. No es infrecuente que la tela se enganche en el armazon de metal, dejando a los paracaidistas dando violentos bandazos en el aire, hasta que los encargados de seguridad trepan hasta ellos y los liberan. Son rescates peligrosos, y como tienen lugar a la vista del publico, eso explica que no sean muchos los espectadores que se animen a probar suerte.

Entre los chicos de mi clase se decia que el que no montara en el Cyclone antes de los once anos y en el Salto del Paracaidas antes de los doce, jamas llegaria a ser un hombre. En la taquilla habia un cartel que prohibia subir a los menores de diez anos, pero como la edad era un criterio dificil de comprobar, habia un poste de metal marcado con una muesca, y a la hora de la verdad, ese era el unico metodo valido para determinar si el aspirante podia subir. Aunque yo tenia la edad reglamentaria, el primer ano no se planteo la cuestion de montar, por azar mas bien, pero hacia el final del segundo verano, le dije a David que queria probar. El tiempo se me echaba encima, y no queria esperar mas para demostrar mi hombria, aunque solo fuera ante mi mismo. No le aclare a mi abuelo que razones me movian, y aunque el mismo me habia dicho que lo consideraba peligroso, cuando le dije que queria subir asintio. Al llegar a la taquilla, un operario que llevaba un mono militar, se acerco sonriendo, me midio contra la viga y dio su visto bueno. Me ayudo a colocarme el paracaidas y una vez acomodado en el asiento de lona raida, me ajusto una correa de cuero que tenia un broche de laton. Tres de los cuatro asientos restantes tambien estaban ocupados. Cuando el operario considero que estaba lo suficientemente seguro, tiro de una palanca e inicie el ascenso, a trompicones. Unos segundos despues, vi subir a David. Senti un hormigueo en la base del estomago mientras los cables nos izaban hacia el cielo. La gente empequenecia a nuestros pies, al tiempo que la mezcla de musicas procedentes de las atracciones se iba amortiguando, hasta quedar totalmente acallada por los chirridos quejumbrosos de los cables. El parque de atracciones encogio, la gente se convirtio en un conglomerado de corpusculos negros que ocupaban todo el malecon y la playa. El extasis se transformo en panico cuando, casi a punto de alcanzar el extremo mas alto de la torre, vi que el bulto de un paracaidista descendia en picado justo a mi lado, y luego otro y otro mas, aunque en seguida me recupere de la impresion. Cuando llegue arriba, sin darme muy bien cuenta de lo que sentia, absorbi en todo su esplendor la belleza de Coney Island. La sensacion de embriaguez se interrumpio cuando de pronto, escuche un chasquido metalico debajo de mi asiento. Me parecio que todo, la vida y el universo, se detenian, y senti que en torno a mi se adensaba el silencio. Siguieron una explosion seca y el terror indescriptible de saber que me desplomaba en el vacio. Pense en la Muerte, y al cabo de un tiempo sin medida, me senti envuelto por una vaharada de calor, y los gritos estridentes de la gente que habia presenciado nuestra caida. El suelo, jamas lo olvidare, subia hacia mi, y las manchas de los rostros se me acercaban, como un mar de mascaras carentes de rasgos. Choque contra los muelles de la base, y rebote, una y otra vez, y asi hasta quiza seis. El mismo operario que me habia atado la correa se apresuro a rescatarme. Me acaricio la cabeza, y me pregunto: ?Estas bien, hijo? Me temblaban las piernas y casi no podia andar, pero si la experiencia habia sido excesiva para mi porque era un nino, para David lo fue porque era viejo, pero asi era el codigo viril de Coney Island. Mi abuelo estaba palido. Sin decir nada, me paso la mano por encima del hombro, y me llevo hacia el malecon, donde nos quedamos contemplando el mar un rato largo.

A principios de agosto el director del Brooklyn Eagle llamo a David para decirle que a partir de septiembre, muy a su pesar, se suspendia la publicacion de la serie. Cuestiones de reestructuracion, nada que ver con la calidad de lo que hacia. Dejaba la puerta abierta a la posibilidad de retomar la idea en el futuro. Mi abuelo no se lo tomo a mal, pero lo subito de la noticia le planteaba una dificultad con la que no habia contado: que historias elegir de entre las muchas que le quedaban en el tintero. Sus cronicas salian los sabados. Solo le dio tiempo a publicar tres mas. Las tengo aqui conmigo. Las lei de un tiron, y cuando llegue al final no senti nostalgia, como habia anticipado, sino alegria por saber que podria compartir la lectura de algo tan importante para mi con Nadia.

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