La del dia 16, «Un paseo por el West End», es una meditacion acerca del destino de los grandes hoteles de antano, de los que no queda apenas ninguno en el momento en que el escribe. En el malecon, a la altura de la calle 29, se detiene ante un edificio visiblemente deteriorado (la estructura sigue siendo aun majestuosa) reconvertido en Hospital de la Marina durante la segunda guerra mundial, y cuyo inminente destino, aprobado por la comision municipal, dada su falta de funcionalidad, es convertirse en residencia de ancianos. ?Sabe la gente que pasa por delante de el que este edificio albergo el hotel mas grandioso de la historia de Coney Island? Se pregunta el cronista antes de pasar a describir el Hotel de la Media Luna en su epoca de esplendor, cuando las gentes del gran mundo bajaban de Manhattan a celebrar bailes de gala en sus salones. David habla de la elegancia de las mujeres, de lo decadente de la decoracion, de lo audaz del diseno arquitectonico, con su cupula otomana, enteramente recubierta de mosaicos esmaltados de colores, y rematada por una reproduccion del bajel de Henry Hudson, del que habia tomado su nombre.

En «Kid Twist», publicada el 23 de agosto, David Ackerman vuelve sobre uno de sus temas favoritos, la epoca dorada del Sindicato del Crimen, cuando los gangsteres de Brownsville campaban por sus respetos a lo largo y ancho de Brooklyn, burlando a las autoridades, que se veian impotentes ante las maquinaciones de la banda mas calculadora y sanguinaria de la historia de Nueva York. La cronica termina evocando un suceso que hizo que el Hotel de la Media Luna saltara a la primera plana de todos los diarios del pais.

Tan meticulosa en su planificacion como una gran empresa financiera, el Sindicato del Crimen habria de caer por causa de una traicion. Uno de sus cabecillas historicos, el celebre gangster Abe Reles, alias Kid Twist, se decidio a colaborar con las autoridades. Tenia tanto que contar que la policia de Nueva York copo 75 libretas llenas de notas en las que se daba cuenta de un total de 76 homicidios contratados por todo tipo de clientes y convenientemente consumados por los asesinos a sueldo del Sindicato. Los interrogatorios de Kid Twist tuvieron lugar en la tristemente celebre «suite de las ratas». Ademas de estar fuertemente vigilada, a fin de evitar que los inquilinos incurrieran en la tentacion de suicidarse, o fueran victimas de cualquier atentado, se tuvo buen cuidado de elegir una suite cuyas ventanas dieran al oceano. Naturalmente, en el caso de Abe Reles, las precauciones no sirvieron de nada. Una manana, Kid Twist aparecio sin vida. Si se suicido o lo mataron, es asunto que jamas se resolvio. Las sabanas con que quiso descender de su jaula de oro, se conservan en los archivos policiales del numero 32 de la calle Chambers, en Manhattan, asi como las 75 libretas que le costaron la vida…

Encima de la mesa tengo el ultimo articulo, «La Isla de los Suenos», fechado el sabado, 30 de agosto de 1947. Su tema es el Dreamland, el parque de atracciones que para David resume todo lo que significa Coney Island. Es sintomatico que no eligiera los legendarios Luna Park o Steeplechase, los dos parques mas emblematicos de Coney Island. David prefiere dedicar la cronica a contar la historia de un fracaso. Dreamland se habia propuesto ser el parque mas grandioso de todos, y al final resulto ser el mas efimero.

Con suma concision, el cronista resume los datos esenciales: Fundado en 1904, siete anos despues, en 1911, un incendio lo arraso sin dejar rastro. El fuego se origino en la Puerta del Infierno, la misma de la que me hablaba siempre cuando saliamos del metro. El articulo da cuenta de como el fuego acabo con la inverosimil Liliput, una ciudad en miniatura, habitada por trescientos enanos, dotada de todos los avances del urbanismo de la epoca. Por razones que no alcanzo a comprender, mi abuelo no dice nada de la suerte que corrieron los pobladores de Liliput, asi como tampoco cuenta que fue de los innumerable bebes prematuros que se exhibian en las incubadoras del celebre doctor Courtney.

A mediados de septiembre, la Isla de los Suenos se empezaba a despoblar. En cuestion de dias, la inmensa mayoria de las instalaciones quedaban desmanteladas, las casas de bano cerradas, el malecon semidesierto, la playa practicamente abandonada. Los letreros de neon dejaban de parpadear. Las puertas y ventanas de cientos y cientos de edificios de madera desaparecian de la vista, cegadas por tablones grises, claveteados por sus propietarios. En octubre, apenas quedaba abierto un punado de tiendas, y el factor humano se reducia a la poblacion fija, que era muy exigua. Antes de conocer a Nadia, apenas habia estado aqui fuera de temporada. Conservo alojadas en el recuerdo algunas imagenes invernales, imagenes de un Coney Island espectral, barrido por un viento helado, pero nunca antes de ahora me habia sido dado contemplar el insolito espectaculo de la playa cubierta de nieve. De todos modos, incluso en pleno invierno, se sigue viendo gente por el boardwalk. El sabado hizo sol y salimos a pasear. Vimos gente en los solariums, bronceandose con la ayuda de unas hojas de aluminio que concentraban los rayos. Un grupo de banistas rusos, hombres y mujeres en torno a los cincuenta anos, bajo a la playa. Tras hacer unos ejercicios de calentamiento, se adentraron en el mar y estuvieron nadando, indiferentes a los tempanos de hielo que danzaban entre las crestas de las olas. Seguimos paseando hacia el Oeste. Queria que Nadia viera el Hotel Kensington (las cronicas no dicen nada de el), que habia sobrevivido a tantos avatares. Su estructura se preservaba intacta, bajo los hierros del Thunderbolt. Cuando se construyo esta montana rusa, los ingenieros pusieron especial cuidado en que nada afectara al edificio original del Kensington. Siempre bordeando la orilla, continuamos hasta llegar a Sea Gate. Frente a la Roca del Muerto, donde a lo largo de los anos se han ahogado numerosos banistas, vimos el esqueleto herrumbroso de un ferry encallado. Acompane a Nadia a la parada de metro (tenia ensayo general en Juilliard) y segui deambulando hasta las cuatro de la tarde, cuando empezaba a oscurecer.

Es medianoche y Nadia esta dormida. Desde el salon contemplo el oceano. Es la vista que me falto de nino: los faros, los barcos titilando en la distancia, el mar envuelto en la oscuridad. Al oeste destella la lucecita roja del faro de Norton’s Point. Mas a lo lejos, hacia el sur, parpadean tres faros mas que no soy capaz de identificar. Me haria falta tener a David a mi lado, diciendome los nombres de cada cosa. Hace una noche clara, y el entrecruzarse de luces sobre el agua, con unas embarcaciones cerca de la orilla y otras en la lejania, hace que el mar me parezca una reproduccion de la cartografia del firmamento. Pienso en Nadia, dormida en la habitacion de al lado, y no salgo de mi asombro cada vez que recuerdo que cuando vino a Nueva York, de entre todos los rincones perdidos en los cinco condados de la ciudad, se hubiera ido precisamente a vivir a Brighton Beach. La ultima vez que habia puesto un pie aqui debio de ser hace mas de diez anos. Cuando fui a recoger el informe que Carberry habia preparado sobre ella, pense que habia leido mal la direccion.

Este regreso al mundo de mis fantasias infantiles me resulta tan intenso que siento necesidad de que Nadia comparta algo semejante conmigo. Le pido que me hable de su infancia, y a veces lo hace, aunque le cuesta. Acababa de cumplir cuatro anos cuando llego a Estados Unidos y es como si entonces se hubiera cerrado una puerta que deja sumidos en la bruma los recuerdos de Siberia. Dice que a veces le viene a la memoria un punado de imagenes inconexas: la casa de Laryat, el dormitorio de sus padres, un huerto comunal, donde las coles son de color morado y los cristales tienen una costra de florecillas de nieve. La cubierta de un barco en alta mar, donde su madre esta sentada en una silla de lona, leyendo; el puerto de Boston; las calles de la ciudad, en cuesta, silenciosas y ordenadas, flanqueadas de arboles. Una tienda de te, su hermano Sasha y ella jugando en un parquecito. En cuanto puede se calla: prefiere que hable yo.

Hace unos dias, paseando por Hampton Road, nos tropezamos con la tienda de ultramarinos de Chuck Walsh, un anarquista amigo de mi abuelo. Siempre que entrabamos, Chuck me regalaba un punado de caramelos de jengibre. Cuando aparecio ante mi la fachada de madera azul oscuro senti un vahido de emocion. Entramos, por supuesto. El dependiente era un hombre joven, sin ningun parecido fisico con Chuck. Nos pregunto en que podia ayudarnos y me volvi hacia Nadia. Ella echo un vistazo y senalando una caja de naranjas que venian envueltas en papel de seda, le pidio una al dependiente y cuando se la dio se la guardo en el bolso como si se tratara de un objeto de gran valor. En la calle me conto que la primera vez que vio una naranja en todos los dias de su vida fue en un mercado de Boston, poco despues de su llegada a America y que jamas se le habia olvidado la sensacion que le dejo en la boca cuando su madre le dio a probar un gajo.

Doce . NESTOR

Se volvio loco por ella…

Frank iba a anadir algo cuando Alida colgo el telefono y acercandose desde el fondo de la barra, le susurro unas palabras al oido. El gallego asintio y espero a que la camarera se alejase para terminar la frase.

…literalmente. No hay manera mas exacta de decir lo que le paso, Ness. Se

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