los que me quedan por vivir. Consecuentemente, en lugar de incrementar el numero de velas que coronan la tarta, lo voy disminuyendo. Cuando cumpli 36 anos apague 14 velas; al ano siguiente 13; luego 12 y asi sucesivamente, hasta hoy. Mr. T. dijo que aquel dia, 16 de marzo de 1964, cumplia 47 anos, de modo que le correspondia apagar tres velas. De hecho, anadio, habia encargado ya una tarta para aquella misma tarde, aunque dos mejor que una, si senor.

Alfau asintio y le pregunto si la tarta estaba buena. Buenisima, muchas gracias, contesto Mr. T. De nada, dijo Alfau y carraspeo antes de comentar que ahora que caia en la cuenta todavia no se habian presentado. Eso tiene facil arreglo, dijo Mr. T. ?Usted como se llama? Felipe Alfau, dijo Felipe Alfau, ?y usted? Mr. T. contesto que en la ciudad subterranea se le conocia como Mister T. y la poca gente con la que se habia tratado en la superficie (el mundo superficial fue exactamente lo que dijo) lo llamaba la Sombra, pero que el le podia llamar de cualquiera de las dos maneras. Mucho gusto, Mr. T., dijo Alfau. El gusto es mio, senor Alfau, le contesto la Sombra. ?Vive usted en los tuneles del Lower East Side con caracter permanente? quiso saber Alfau. Mister T. le contesto que en efecto asi era, pero que el dia de su cumpleanos se registraba en el Hotel Chelsea, donde pasaba la noche. ?Una sola noche al ano? pregunto Alfau, tratando de asegurarse de que le habia entendido bien. Correcto, confirmo la Sombra, si senor.

Alfau le pregunto adonde pensaba ir entonces, y Mr. T. le dijo que al Hotel Chelsea, naturalmente, pues tenia la habitacion pagada a partir del mediodia. Dicho esto, consulto el reloj de bolsillo y se puso en pie de un salto. Alfau le imito y le pidio permiso para acompanarlo. Mr. T. no tuvo inconveniente en que lo hiciera. Durante el trayecto, que efectuaron a pie, la Sombra explico someramente que clase de vida llevaba en las profundidades de Manhattan y Alfau le explico, tambien por encima, quienes eran los Incoherentes y que hacian. Muy interesante, comento Mr. T. frente a la puerta del hotel. Pues da la casualidad de que esta misma tarde, replico Alfau, hay tertulia. Nos reunimos en El Periscopio, tal vez lo conozca, queda muy cerca de la entrada de la ciudad subterranea que ha utilizado hoy. Para los Incoherentes sera un placer recibirlo. A no ser que tenga otros planes, anadio, recordando que la Sombra le habia dicho que habia encargado una tarta. ?Piensa usted celebrar su cumpleanos con alguien? No estoy seguro, dijo Mr. T.; con las mujeres nunca se sabe. Entiendo, dijo Alfau dandole una palmadita en el hombro, y sacando un papel del bolsillo, apunto en el la direccion de El Periscopio y se lo dio. En fin, si al final resulta que esta solo y se anima, ya sabe donde estamos. Nos reunimos en el piso que queda encima del bar, es una puerta gris. El santo y sena, anadio Alfau antes de irse, es ?Viva don Quijote! Mister T. leyo la direccion, asintio, dijo que ya veria, le dio la mano a Alfau y atraveso el vestibulo con aire taciturno.

Alfau les comunico a los Incoherentes que quizas aquella tarde se presentara alguien muy especial en El Periscopio, y procedio a referirles el singular encuentro que habia protagonizado unas horas antes. La tertulia dio comienzo conforme al orden del dia, que en aquella ocasion versaba sobre las ventajas y desventajas del comunismo sovietico. En el fragor de la discusion, a los Incoherentes (en particular a Alfau, que era un anticomunista furibundo y estaba en minoria) se les olvido que cabia la posibilidad de que el extrano que habia hecho migas con el presidente en funciones de la cofradia (el cargo era rotativo) pudiera aparecer. Estaban a punto de llegar a las manos; en el aire flotaba aun el eco de las ultimas imprecaciones pronunciadas a gritos por dos de los contertulios (?Eres un fascista de mierda! le habia espetado Aquilino Guerra a Felipe Alfau a voz en cuello. ?Y tu un asesino estalinista! fue la contestacion del interpelado, a quien Jesus Colon tenia sujeto por los codos) cuando se oyeron unos golpes en la puerta. ?Silencio de una puta vez, cono! ordeno Henry Martinez. ?No ois que estan llamando a la puerta? Los gritos cesaron al instante. Recobrando la compostura, Alfau se zafo de Colon, dio tres zancadas y descorrio la tapa de la mirilla. ?Viva don Quijote! dijo alguien al otro lado de la puerta, con voz aspera y timida, y Alfau le franqueo la entrada. El recien llegado vestia levita, chistera y pajarita de lunares (distinta de la que llevaba por la manana, que era negra), y avanzaba muy despacio porque llevaba en las manos una tarta con tres velas, aun sin encender. No tocaremos a mucho, dijo con aire compungido, la habia encargado para dos, pero la otra persona no se ha presentado. Alfau puso cara de circunstancias y le dio una palmadita en el hombro (la segunda del dia). Adelante, por favor, dijo. Esta usted en su casa. La Sombra planto la tarta encima de la mesa y se descubrio la cabeza. Aquilino recogio la chistera y la colgo en el perchero de bronce. Alfau corrio al mueble bar y regreso con una botella de Gonzalez Byass y una copa para cada comensal. Rogelio Santana, invitado de Jesus Colon encendio las tres velas. Antes de soplar, Mr. T. suplico que nadie fuera a cantar ninguna cancioncilla ridicula. Mohinos, los Incoherentes y sus invitados movieron la cabeza de un lado para otro, como reprochandole que hubiera podido pensar semejante cosa de ellos. Cuando terminaron la tarta, Alfau propuso una votacion extraordinaria para decidir si se le concedia al recien llegado el titulo de Incoherente Honoris Causa. Los cinco miembros fundadores dejaron solo un momento a Mr. T. con los demas invitados y deliberaron durante unos minutos en un rincon. De nuevo en la mesa, el secretario perpetuo de la cofradia, Martinez, comunico a los asistentes que la mocion se habia aprobado por unanimidad. A propuesta de Colon, se resolvio no proseguir con la discusion politica y la tertulia discurrio a partir de entonces por cauces mas apacibles. Cuando Mr. T. se despedia, se llego al acuerdo formal de invitarle a celebrar los cumpleanos que le quedaban en El Periscopio. Son tres, dijo Mr. T., alzando en el aire tres dedos enguantados de blanco, con el aire taciturno que nunca le abandonaba, y se sirvio otro jerez. Ni Alfau ni ninguno de los Incoherentes lo veria nunca fuera de aquella fecha.

El 16 de marzo de 1965, Mr. T. se presento en la sede de El Periscopio con una tarta y dos velas. Al ano siguiente la tarta tenia solo una vela. Siempre habia sido parco en palabras, y enemigo de brindis, pero en aquella ocasion, antes de soplar la vela que ardia solitaria en lo alto de la tarta, Mr. T. dijo: Gracias, amigos mios. Ha sido un honor conoceros y haber pertenecido a la cofradia. Suspiro hondo antes de anadir: No nos volveremos a ver mas. El 16 de marzo de 1967 El Periscopio habia abierto sus puertas a numerosos invitados y estaba lleno hasta la bandera. Los Incoherentes discutieron de politica con la misma vehemencia de siempre, aunque a lo largo de la tertulia se percibia una corriente subterranea de inquietud que socavo poco a poco la conversacion hasta apagarla del todo. Hacia las siete, todo el mundo estaba pendiente del reloj, un Festina con las letras negras claramente rotuladas sobre una superficie de un amarillento desvaido. Unos centimetros por encima del agujero por donde se metia la llave para darle cuerda al Festina, habia un recuadro de color azul con dos compuertas. El segundero rozo el punto inferior de la esfera. Medio minuto para las siete, exclamo un invitado. Los Incoherentes, que estaban sentados en una mesa transversal que hacia las veces de cabecera, dejaron de respirar y clavaron la vista en el reloj como un solo hombre. La delgada manecilla barria con lentitud desesperante el hemisferio izquierdo del reloj. En El Periscopio no se oian mas que las canerias de la calefaccion mezcladas con los ruidillos intestinales de Aquilino Guerra, que habia comido habas con almejas. Cuando el segundero y el minutero se encontraron, se abrieron de par en par las compuertas de color azul y salto un muelle en cuya punta habia un cuco tan diminuto que mas bien habria que llamarlo colibri. El exiguo pajarillo gorjeo siete veces seguidas y se metio en la cajita de donde habia salido con un golpe seco. Los Incoherentes apartaron la mirada del Festina para clavarla en la puerta de la calle, pero nadie llamo al timbre. El primero en romper el silencio fue Martinez, que se alejo al fondo de la sala haciendo crujir los nudillos; Guerra encendio un purito y arrojo la caja al centro de la mesa, para que quien quisiera hiciera lo mismo: Colon se puso a hojear el NewYork Times, aunque se lo habia leido de cabo a rabo por la manana, y los demas fueron emprendiendo cada uno una actividad dilatoria distinta, incluido Rogelio, un primo hermano de Guerra que saco un cortaunas y se puso a cortarselas frente a la papelera. Los invitados observaban los movimientos de sus anfitriones como si estuvieran presenciando una obra de guinol. A las siete y cuarto, Alfau abrio una botella de Gonzalez Byass y sirvio una ronda, incluyendo una copa para el contertulio ausente, conspicuamente colocada en la cabecera de la mesa. Martinez propuso un brindis, pero Alfau le recordo que Mr. T. los odiaba. Guerra sugirio guardar un minuto de silencio, y Jesus Colon le llamo agorero. Mi abuelo comento que habria que intentar averiguar lo sucedido, y Martinez le pregunto que como. Alfau insistio en que lo unico que se podia hacer era seguir con la tertulia como si no hubiera pasado nada, pero no resulto posible. Habia en el ambiente una pesadumbre que impedia que los Incoherentes se centraran en nada. A eso de las nueve comprendieron que habia que actuar. Alguien sugirio que una delegacion de Incoherentes cogiera un taxi y se presentara en el Chelsea. Tras mucho tira y afloja, se decidio que Alfau eligiera a sus acompanantes. Designo a Colon y a mi abuelo. Nada mas llegar al hotel, se dirigieron al recepcionista, quien se sobresalto al verlos tan agitados. Alfau le enseno una foto de Mister T. El recepcionista fruncio el ceno, puso cara de circunstancias, les dijo que tomaran asiento en los butacones del lobby, y se fue a buscar al director, foto en mano. El director salio, se planto delante de ellos, se atuso con ceremonia una de las guias del bigote, que eran muy largas y puntiagudas, mientras estudiaba la foto, y les pregunto si eran familia del huesped. Mi abuelo le dijo que no. ?Amigos, conocidos,

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