Al fondo, detras de un mostrador de madera, vi a un tipo enclenque, mal encarado, con pinta de siciliano de pelicula. Llevaba barba de tres dias, chaleco y boina negros, camisa blanca sin cuello y tenia los punos cerrados y los nudillos clavados en la barra. Me miro de arriba abajo sin decir palabra. Detras de el habia una puerta de color rojo.

La tarjeta, dijo, cuando se canso de mirarme.

La saque inmediatamente del bolsillo y la deposite boca arriba encima del mostrador. El anverso era de color violeta y en el aparecia dibujada la silueta de una grulla encima de una hilera de caracteres chinos. El tipo la miro de reojo y alzo una seccion del mostrador, dandome paso. Fui a coger la tarjeta, pensando que me la podia quedar, pero el siciliano (suponiendo que lo fuera) la apuntalo con el dedo indice y senalo hacia la puerta roja con la barbilla.

La empuje. Cuando se cerro tras de mi, me quede completamente a oscuras. Lo unico que acertaba a ver era una grieta de luz al final del pasillo. Avance a tientas, palpando una pared humeda, hasta que di con un interruptor. Lo accione. Hacia el fondo se encendio una bombilla que emitia una luz muy debil. El suelo estaba encharcado. Unos metros mas alla de donde me encontraba, la superficie del agua parecia tener vida propia. Me acerque, chapoteando. De repente decenas de puntos rojizos acribillaron la oscuridad y el pasillo se lleno de chillidos agudisimos. Comprendi que la masa que habia visto eran varias decenas de ratas empleadas en alguna actividad que yo habia venido a interrumpir. Por un momento pense que iban a saltar sobre mi, pero sus siluetas asaetearon el espacio en todas direcciones y desaparecieron. Algunas pasaron por entre mis piernas. Sortee un bulto que despedia un hedor insoportable, prefiriendo no saber que era y segui avanzando.

Mi unica guia era la debilisima luz de la bombilla que colgaba al fondo del pasillo. Cuando el umbral de mi percepcion se ajusto algo a la oscuridad, vi que en las paredes habia numerosas manchas de color pardo, que me recordaron las deyecciones depositadas por los murcielagos de las criptas mayas de Palenque. Llegue a la puerta del fondo y gire el pomo, temeroso de que no cediera, pero se abrio con facilidad. Me vi al pie de una escalera muy estrecha y empinada, por la que resbalaba una corriente de agua fetida. Arriba del todo divise una puerta por debajo de la cual se colaba una nueva rendija de luz. Apoyandome en una barandilla de hierro, subi con dificultad los peldanos y llegue a una estancia apenas algo mas iluminada que el corredor y la escalera que acababa de dejar atras.

No habia mas salida que la puerta por donde habia entrado, pero aunque la habitacion no coincidia exactamente con la descripcion de la antesala por la que me explico Moreau que tuvo que pasar el antes de llegar al fumadero, me tranquilizo ver ciertos objetos que me habia dicho que me encontraria al llegar. A mi izquierda habia un aguamanil con una jofaina, una toalla y una pastilla de jabon y la pared del fondo estaba ocupada en su totalidad por un armario de luna. Restregue las suelas de los zapatos en una estera de esparto y me dirigi al lavabo. El jabon desprendia un delicado aroma a jazmin y vainilla.

Mientras me lavaba las manos me parecio que a traves de las lunas del armario penetraba un resplandor que no llegaba antes a la habitacion. Dirigi hacia alli la mirada y me parecio ver unas siluetas alrededor de mi reflejo. Me volvi, comprobando que en la habitacion no habia nadie mas que yo, pero cuando me fije de nuevo en la superficie del espejo las siluetas seguian alli. Acaricie las lunas con la yema de los dedos y las hojas del armario avanzaron hacia mi, con un crujido lento. Las abri de par en par y vi que donde debiera estar el fondo de madera habia una cortina, detras de la cual habia mucha luz.

Aparte la cortina. En medio de la estancia que habia al otro lado, de una elegancia que contrastaba violentamente con los espacios que acababa de atravesar, habia dos mujeres de pie, una anciana ciega y una muchacha de una belleza perturbadora que me observaba atentamente. La anciana dio un paso hacia mi. Era alta y muy delgada y tenia la piel apergaminada y las manos largas y huesudas. Canturreo una especie de salmodia, y despues de palparme detenidamente la cara con las manos, se introdujo en el armario del que habia salido yo y desaparecio. La mujer que se quedo en la habitacion conmigo no tendria mas de veinte anos. Era mas alta que yo desprendia un aroma a perfume sumamente agradable y tenia un aire ligeramente androgino. Me dio la mano, que era muy blanca y delicada, y dijo en un ingles inmaculado: Ven, tus amigos te esperan hace tiempo.

La siguiente escena me resulto familiar, de haberla visto en fotografias antiguas, en libros sobre el trafico de opio, y en alguna pelicula. Hombres y mujeres tumbados en literas y esterillas, atendidos por sirvientes que les aderezaban pipas de opio. Todo tenia un aire de sensualidad y abandono que embriagaba los sentidos. Las mujeres no se molestaban en taparse los muslos, ni los pechos. Las habia de todas las razas: unas cuantas eran asiaticas; otras, mas bien pocas, eran negras o mulatas. La mayoria eran blancas, de aspecto europeo. Todas vestian lujosamente, pero con un abandono que era mas sensual que la vision misma de los cuerpos.

Mi acompanante me condujo a un reservado donde efectivamente se encontraban Mussifiki y Louise, con otra gente que habia visto en alguna ocasion, aunque no logre recordar en que circunstancias. Los ojos de Louise se encontraron un momento con los mios, pero en seguida se le cerraron.

No te ha visto, esta sonando, me dijo mi joven guia, sin soltarme la mano ni un momento. Ahora te toca a ti. Ponte comodo, voy a prepararte una pipa.

Me recoste en una litera, no muy lejos de Louise, y observe como la chica de la bata se aplicaba a su labor. Con suma destreza, amaso una bola de opio, la encajo en la cazoleta y procedio a quemarla con delicadeza.

Aspira continuamente, dijo, acercandome la pipa a la boca, aunque creas que te va a estallar el pecho y no lo vas a resistir.

Hice lo que me decia. Una cuchilla de plata me abrio limpiamente las entranas, pero en lugar de dolor, senti que descendia del cielo una cortina de luz blanca. Me quede sin fuerzas.

?Estas bien? me pregunto mi guia acariciandome el pelo. Asenti, contemplando su rostro de diosa, sin decir nada, sintiendo que nos deslizabamos juntos por un intersticio del espacio que no se adonde daba. La muchacha seguia inclinada sobre mi. Se adueno de mi una languidez indescriptible. Sus palabras se repetian, rebotando en el espacio mil veces, cada vez mas lejanas, dejando tras de si un eco cristalino: ?Estas bien? Me acaricio la cabeza y el rostro. Alce la mirada, tratando de retener su imagen, pero se me escapaba. Se agacho a mi lado. Senti el roce de su bata lisa, de color gris perla, en la mejilla. Tenia las piernas finas, blanquisimas, muy delicadas. Trate de acariciarselas antes de caer en el sopor que me iba hundiendo en la inconsciencia. La tunica se abrio imperceptiblemente. No habia asomo de deseo en mi gesto, toda mi capacidad para el placer estaba en el arrastre del opio, pero segui contemplando el contorno de los muslos, deslizando la mirada hacia el vertice de la entrepierna. Buscaba el origen de su sexo, cuando me di cuenta de que mi guia no era una mujer. Su miembro estaba tenso y acezante. Entonces me volvio a acercar la pipa a la boca y dijo, aspira, y vi la llama ampliada, como un estallido cosmico en el espacio exterior.

MARGUERITE

[1973. Poco antes de conocer a Nadia.]

Con Louise, en el estudio de Deauville, bebiendo: Fue en la Playa del Corsario, en una cueva, la Cueva del Corsario, bueno, en realidad la playa se llamaba asi precisamente por la historia de la gruta. Para llegar habia que dejar la carretera y bajar por un camino de tierra, que va bordeando los vinedos. De pequenas ibamos mucho. El lugar se podia visitar de dos maneras muy diferentes. Una con las familias, los domingos y dias de fiesta. La otra cuando nos escapabamos del colegio, sin que hubiera ningun adulto vigilandonos. No se por que, ultimamente me he acordado mucho de Marguerite, aunque no la he vuelto a ver desde que termino el bachillerato y se fue a estudiar a Lille. Muchas veces me he preguntado que habra sido de su vida.

Se sirvio otro whisky y volvio la mirada hacia un lienzo sin terminar. Las grandes manchas de color sugerian una marina. Es un recuerdo de Marguerite. Lo estoy pintando para quitarme de encima la nostalgia. Se me ha ocurrido que a lo mejor me acuerdo de ella por lo que me has contado de Sam Evans. Vete a saber. Espero que no le haya pasado nada, aunque en realidad, dejo de existir entonces. Nunca he vuelto a saber nada de ella.

Dejo de mirar el cuadro y siguio diciendo: Yo tenia apenas trece anos. Los chicos nos pedian que entraramos en la cueva con ellos. Querian que nos dejaramos besar en la oscuridad, tocarnos en las partes prohibidas. Yo no me dejaba. Nos pedian que nos quitaramos la ropa interior. Algunas consentian y se

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