siempre me he guiado en asuntos de metodologia. Con esto quiero decir que no es mi proposito dar cuenta cabal y sistematica de la historia del singular edificio objeto de mi perorata. Lo que he hecho ha sido tomar unos cuantos apuntes a mi manera, que no tiene nada de teutonica y si mucho de unamuniana, adjetivo al que apelo para invocar el derecho a pasarme por salva sea la parte cierto tipo de formalidades que, disfrazadas de cientifico rigor, no hacen sino retrasar el objetivo de alcanzar la verdad, que nunca esta donde se busca. No tengo la menor intencion de respetar ningun hilo narrativo y menos cronologico, y cuando asi ocurriere, tengase por coincidencia. Ademas pienso omitir los datos que me de la gana. Y dicho esto empiezo, que ya es hora.
El edificio de apartamentos que hoy conocemos como Hotel Chelsea se erigio el ano de gracia de 1884, epoca de apogeo de los Barones Mangantes, gente de la jaez de los Carnegie, los Morgan, los Astor o los Vanderbilt, entre otros sinverguenzas. Tiempos de boato y corrupcion, que cristalizarian en episodios de gran dramatismo, como cuando la amante del magnate Jimmy Fisk le salto a este la tapa de los sesos en la alcoba de la suite que compartian.
El estilo de nuestro edificio se podria definir como gotico-victoriano, una mezcla de Queen Anne y clasico libre. Los apartamentos eran (que ya no) enormes, los techos muy altos y las paredes estaban insonorizadas y eran resistentes al fuego. La escalera interior, de hierro forjado al igual que las rejas de los balcones, iba del vestibulo a la azotea, y tenia el pasamanos de finisima caoba. La azotea, de losetas de ladrillo rojo, era una enorme explanada irregular, salpicada de escalinatas, claraboyas, chimeneas, estudios, observatorios, gabinetes, arriates, parterres, jardines y aunque parezca dificil, arboledas.
Antes de seguir apabullandoles con datos, quiero hacer constar que en gran parte se los debo a mi ayudante de investigacion, aqui presente. Levantate, Murphy, no seas timido, saluda, que te vean todos. Un aplauso para Murphy Burrell. Gracias, gracias, deja de inclinar el tronco como si fueras epileptico, Murphy, ya puedes sentarte, es suficiente.
Hablabamos de estilo. En los inicios de la historia del futuro Hotel Chelsea, a la elegancia de los muebles y accesorios se anadia la nobleza de los materiales: suelos de marmol; molduras, puertas y armarios de caoba; sillones de terciopelo. Los gigantescos marcos de los espejos eran una de las marcas de identidad del lugar. Las habitaciones tenian vidrieras emplomadas. En tiempos hubo tres grandes comedores, uno de los cuales acabo siendo propiedad de unos
Su fama atrajo a toda suerte de temperamentos artisticos, preferentemente desequilibrados. Pasare revista a unos cuantos, empezando por Sarah Bernhardt. La actriz viajaba a todas partes con sabanas de seda, y se procuraba abrigo con un edredon de plumas hecho a medida del feretro acolchado en el que acostumbraba a dormir. Si el detalle les parece singular, se equivocan, es plural. La Bernhardt no fue ni la primera ni la ultima inquilina del Chelsea a quien le dio por dormir en un ataud. Murphy ha comprobado fehacientemente la existencia de al menos otros dos casos. Gestos asi dan buena cuenta del espiritu y estilo de las gentes que a lo largo de los anos, eligieron pasar parte de su vida en el Chelsea, incluido el bueno de Mr. T.
En cuanto al gremio de los escritores, al que pertenezco, el primer nombre de alcurnia asociado a la historia de nuestro edificio es el de William Dean Howells, que ocupo una suite de cuatro habitaciones en 1888. Ese mismo ano asento alli sus reales el ilustre autor del Quijote yanqui, en cuyas narraciones las cienagas del sur suplen a La Mancha y el ancho Misisipi es caudalosa reencarnacion del huidizo Guadiana. Me refiero, como incluso los menos avispados habran colegido, a Samuel Clemens, mas conocido como Mark Twain. Sobrio o ebrio, que en eso no vamos a entrar, no era infrecuente ver al autor de
Entre 1907 y 1910, cuando el Chelsea ya era hotel, vivio en uno de sus aposentos nada menos que O. Henry. Ah, magnifica redondez del primer nombre, elidido y despojado de todo oropel consonantico, reducido a la vocalica perfeccion de un circulo al que acompana con humildad de escudero una mancha de tinta imperceptible, huella sin dimensiones, el mas exiguo de los signos diacriticos: el punto de la i, caido por tierra como una pelota de petanca. Y aqui, mis queridos contertulios, estudiantes y amigos, si se me permite introducir una nota personal, dire que tuve el honor de toparme
Pero no solo de prosa vive el Chelsea. Por sus pasillos resonaron los pasos de poetas del calibre de Hart Crane. Si tuvieramos tiempo, les recitaria de cabo a rabo su poema sobre el puente de Brooklyn, que me aprendi de memoria el dia que cumpli quince anos. Pero no lo hay. De quien si que voy a hablar es de Edgar Lee Masters, el Poeta de la Muerte. La ultima vez que Mr. T. se persono en este local, los Incoherentes le regalamos un ejemplar de la
Sigamos… pero ?donde diablos he metido la chuleta? ?No la tendras tu, eh, Burrell? ?Seguro? Ah, no, tienes razon, perdona. Aqui esta… ?A quien le toca ahora? ?Vladimir Nabokov? Pero si no lo pensaba poner a caldo hasta el final. Lo has hecho a proposito, ?verdad Burrell? De nada te servira la treta. Me da igual lo que digan los enterados. A Nabokov no hay quien lo digiera y se acabo. En fin, pongamos un minimo de orden. Lo que yo tenia intencion de hacer era contar una anecdota muy jugosa de Sinclair Lewis. ?Preparados? Bien, entonces hagamos la prueba. En cierta ocasion, el bueno de don Sinclair se disponia a dirigirle la palabra a un publico que se le habia rendido de antemano… Vamos a ver, ?cuantos de los aqui presentes tienen intencion de llegar algun dia a ser escritores? ?Eh? Levanten la mano, por favor. No, no me refiero a ustedes. Es lo que dijo el entonces, me refiero a Sinclair Lewis. Murphy, baja la mano, haz el favor. ?No ves que todo el mundo la ha bajado? Siempre tienes que dar la nota. Mas de la mitad de los asistentes alzo la mano, igual que acaban de hacer ustedes. Al ver aquello, Lewis dio un punetazo en el atril y exclamo encolerizado: ?Y se puede saber que narices hacen aqui, en lugar de estar en su casa escribiendo? La anecdota ilustra una gran verdad: escribir es un oficio muy duro. Durisimo. Sea esto como fuere, y ahora me dirijo a vosotros, aspirantillos a escritores, hay una ley que jamas debeis perder de vista: lo ultimo que se puede hacer es aburrir al lector. No se a santo de que venia esto, pero no queria dejar de decirlo.
Ahora tengo que hablar de los Knott, ?no es asi, Murphy? Vale, gracias. La verdad, tendrias que haber subido conmigo al estrado, el trabajo lo hemos hecho entre los dos. ?Y ahora por que te levantas a saludar? Ya te han aplaudido antes, sientate, haz el favor. Los Murphy, digo los Knott, instalaron una biblioteca en el segundo piso. Fue lo unico que hicieron bien. Desde el punto de vista estetico, casi se cargan el hotel. Empezaron a dividir las suites para sacarles mas provecho, y si al hacer ajustes habia que cargarse algo, a tomar por saco, se lo cargaban. Casi desguazan el zaguan, rebajando la altura del techo, en fin, mejor no sigo… A ver… los anos de la Gran Depresion… creo que esto me lo voy a saltar… Louisiana Story… eso tampoco. ?Y aqui que tengo? Thomas Wolfe. Esto si. Wolfe se presento en el Chelsea una manana soleada de 1937. Alguien le habia hablado del hotel y se acerco a echar un vistazo. Quiso la fortuna que se diera de narices nada menos que con Edgar Lee Masters… Ed reconocio a Tom, Tom reconocio a Ed. Ed quiso saber que hacia Tom alli. Tom replico que estaba pensando en irse a vivir al hotel. No se hable mas, te quedas, dijo Edgar Lee, y le presento al director, quien lo instalo en una suite que constaba de recibidor, dormitorio, salon, despacho y cuarto de bano, que era la estancia mas suntuosa, con diferencia. Las estancias eran sucias y cavernosas, pero de techos muy altos, gracias a lo cual el giganton de Wolfe no se daba de cabezazos contra los dinteles. En el bano, en lo alto de una tarima con baldaquino habia un trono fecal impresionante. Se me saltan las lagrimas al recordar, gracias por el dato, Murphy, que la redaccion de
