buscarlos. Habiamos estado hablando de poesia en su casa, antes de salir. En el cuarto o quinto bar, arremetio contra mi:

La canalla, me dijo, el culo del mundo. Sangre y mierda, detritos urbanos, los despojos de la humanidad. Angeles sucios, no como los de tu Rilke, que ni tienen sexo ni saben de la vida.

Su rebeldia tenia algo de adolescente, y ademas estaba muy borracho, pero habia estado mirando sus libros, y su poesia es asi, manchada de sangre y mierda, hundida hasta el fondo en la desolacion y la podredumbre. Solo que al final, extranamente, habia una lucecita que permitia aferrarse a la esperanza.

Si que tienen sexo, dije, pero no nos vamos a poner a discutir de poesia ahora.

?Por que, porque estamos rodeados de putas, delincuentes y maricones, yendo de bar en bar de mierda?

No, no es por eso.

Porque si es por eso, la mierda esta para hurgar en ella. Por eso no me valen tus poetas. Ni siquiera Blake, por mas que hable del infierno. Gente como Burroughs o Bukowski, todavia. Por lo menos, si se molestan en tener conversaciones con los angeles es porque tienen intencion de tirarselos y despues limpiarse el culo con las plumas.

Vamos a dejarlo, Marc.

?Y por que? Es ahi donde esta lo que buscas, y no en Rilke y todos esos poetas que te inflas a leer.

Nos acabamos de conocer, ?como puedes saber que es lo que busco?

Muy facil. Buscas lo mismo que yo, solo que no lo haces donde debes.

?Y donde se supone que tengo que buscar?

Ya te lo he dicho. En la inmundicia, manchandote el alma. Solo asi encontraras lo que estas buscando. Sangre, mierda y semen, no lo olvides, como cuando te dan por culo, cosa que te pierdes por no ser maricon. Y un poco de coca. Follar y esnifar sin proteccion. Y si la palmas que mas da. Mejor. Te hacen ceniza, te meten en una urna y arreglado. ?Que es lo que busca la llamada gente de orden? ?Hacerme creer que me voy a morir por echarme un polvo? Pues vale. Lo que cuenta es poder rozar la eternidad, aunque solo sea un instante. Que nos quemen. A Dios le da exactamente igual.

El dueno del bar me llamo aparte y me dijo que tenia un minuto para sacar a Marc de alli, de lo contrario le encargaba el trabajo a los matones. Se llevo la mano a una medalla de oro que le colgaba del cuello. Aqui somos catolicos, y no nos gusta esa gentuza. Y cuando se recupere de la cogorza dile a ese hijo de puta que no se le ocurra volver a asomar el hocico por aqui.

Marc fue a decir algo, pero le tape la boca, lo arrastre a la calle como pude, lo meti en un taxi y desaparecimos.

El negro del traje regresa sin Marc. Me asomo a la puerta, pero no hay rastro de el. Cuando vuelvo a entrar, Esmeralda esta recostada en la maquina de discos, sonriendo. Alza la budweiser, y me dice por senas que me acerque. Espera a que termine la cancion y entonces me coge de la mano y me saca del local. En la Novena Avenida, las sombras de las putas y los travestis se confunden con las de los arboles y las farolas. Caminamos por entre bloques de edificios y solares desiertos. En el cielo flota una luna sucia. Al cabo de unas manzanas me percato de que nos sigue un tipo escuchimizado que lleva una gorra de beisbol con la bandera de Puerto Rico.

Esmeralda se agacha sobre el bordillo de la acera y escupe un hilo de saliva, largo y viscoso, que se resiste a despegarse de sus labios, un gusano de luz podrida.

?Que te has metido? le pregunto.

?De que cono estas tu hablando? contesta con su cadencia caribena, aun agachada. Los dientes le destellan a la luz del farol. Yo no me dedico a esto.

?A que?

Se levanta agilmente.

No soy ninguna puta. ?Esta claro?

Ahora que sus ojos estan a la altura de los mios reparo en que es ligeramente bizca. El semaforo cambia a verde. Lo miramos como si estuviera en la orilla opuesta de un rio que no tenemos manera de cruzar. El puertorriqueno esqueletico nos observa apoyado en un arbol, siempre a la misma distancia. Esmeralda echa a andar con el disco en rojo. Un coche pasa a gran velocidad, muy cerca de ella. Se escucha el jiron de un grito, seguido de un largo pitido que se desvanece en la noche. Pienso que se ha olvidado de mi existencia, y que se va sola a alguna esquina de la Avenida Once, pero cuando llega al otro lado me hace senas, apremiandome a cruzar.

Recorremos varias manzanas en silencio. De vez en cuando su mano roza la mia. En la esquina de la 23 nos volvemos a parar. A lo lejos reconozco el letrero rojo del Hotel Chelsea. Tuerzo hacia alli y me sigue sin decir nada. Pasamos por delante del restaurante El Quijote y al llegar junto al toldo rayado del hotel nos detenemos.

?Entramos? pregunto. Una chispa de miedo le aletea en la mirada.

?Tu crees que nos dejaran pasar?

No te preocupes, me conocen, digo, cogiendole la mano.

Las lamparas, los espejos, el suelo de marmol, los cuadros y esculturas parecen intimidarla. Del techo cuelga una figura de papier mache pintada de verde, un coyote a punto de saltar. Esmeralda se rie y me aprieta la mano con fuerza. El recepcionista me reconoce. Le doy las buenas noches, pero no contesta. Entramos en el ascensor. Durante todo el trayecto Esmeralda mantiene la mirada clavada en la botonadura luminosa. Los numeros de los pisos van saltando espaciadamente. Al encenderse el 10 se oye un sonido metalico y salimos. No tengo ni idea de lo que voy a hacer. Hasta ahora he actuado como si fuera a la suite de Sylvie, pero a partir de aqui el guion no sirve. Empujo las puertas batientes del rellano, y contemplo el largo pasillo, sepultado en la penumbra. A mi izquierda, de repente, veo el lavabo comun. Siempre ha estado ahi, pero es la primera vez que reparo en su existencia. Abro. Esmeralda entra primero. Una vez dentro, me apoyo en la puerta hasta oir que queda encajada. Me quedo mirandola a los ojos. Esta inerme, desarmada. Me pregunto que ve en mi.

Primero el dinero, dice.

Meto la mano en el bolsillo. Por la manana he cogido cien dolares del cajon de la cocina. Vislumbro denominaciones de veinte, de cinco, de diez, algun billete de un dolar. No se cuanto habra. Le doy el dinero sin contarlo. Me extrana que ella tampoco lo haga. Abre el bolso, minusculo, de lentejuelas rojas, echa el fajo dentro y saca dos condones pegados. La luz del techo emite un resplandor levemente verdoso. Sobre el esmalte de loza de la banera hay un reguero de oxido que va desde el lateral donde golpea el chorro del grifo hasta el desague. ?Cuantos anos tienes? Le molesta que le haga la pregunta. Diecinueve, dice a reganadientes, y se recuesta contra las baldosas de la pared. Forcejeando con las caderas, empieza a bajarse los vaqueros, luego las bragas, hasta quedar desnuda de cintura para abajo. Se abre de piernas y espera. Un vello ligero le cubre los muslos. Separa los condones con las manos. Tira uno al lavabo, abre el otro de una dentellada y me lo da. Me ayuda a ajustarmelo y me acaricia el escroto. El mismo gesto que en la barra, ahora sin ropa, epidermis contra epidermis. Tiene la mano caliente y aspera y en seguida la retira. Esta seca por dentro. Siento la dureza de su sexo al penetrarla. Hace una mueca de dolor y me detengo. Sigue, dice, pero no se mueve. No se que ve, donde esta su pensamiento. Una sombra en el pasillo de un quirofano, un crater de la luna, la nieve de un canal de television despues del ultimo programa. Se oye gotear el agua del bidet. Busco sus pechos, enterrados bajo varias capas de ropa y se deja hacer. Aprieta las palmas de las manos contra los azulejos y me empuja con la pelvis. Una caverna de carne. El roce de un animal ciego contra el techo de una gruta. Un grunido, no se si de ella o mio. El roce es doloroso, como si me restregara los ojos con los dedos rebozados de arena. Palpitos de sangre irrigandome la verga. Por aqui entrara la enfermedad, ojala se desgarre el condon. La imagen de Esmeralda escupiendo en el bordillo. ?Que se habia metido? ?Heroina? No tiene marcas en los brazos. Seguramente la quema en un papel de plata y aspira el humo. ?Quien es? ?Que historia tiene? ?Como es su madre, tiene hermanos, con quien hizo el amor por primera vez, a que edad? Ruidos de tala, un bosque que cae a golpes de sierra mecanica, pasos en la hojarasca, los ojos de un jabali, inyectados en sangre. La respiracion ?suya, mia? Jadeos de animal, ?mios? No puedo. Un camino abierto en una cantera de granito, polvo de marmol, cal viva.

Вы читаете Llamame Brooklyn
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату