Espera, me oigo decir, espera. En el bolsillo, la petaca de vodka. ?Quieres? El animal fuera de la madriguera, reblandecido, con los cartilagos palpitantes, como si tuviera una herida reciente. Nos ayudara a los dos, ?quieres? No contesta. ?Que hay en esos ojos tan verdes? Nada, un vasto silencio vegetal sin limites, un pasillo de luz, otra vez. Sin decir nada, alarga la mano, piel aspera, olor acre ?a mi semen? ?a sus flujos vaginales? Bebe un trago que la estremece. Otro, dale otro. Hace lo que le digo. Se le ilumina la mirada. Por la comisura de los labios le resbala un hilo de alcohol. Ahora yo. Nos miramos de cintura para abajo. Ella sin curiosidad, pero es para borrar esos detalles por lo que he sacado el vodka, asi que me bebo lo que falta, de un trago. Es como subir varios escalones de una vez. Arriba, el monte de Venus, cubierto por un triangulo de vello ensortijado, una rendija de carne viva, violentamente sonrosada, la piel gruesamente granulada. Ahora si. Nubes, no se donde, en el desierto. Se ha humedecido, entro facilmente. Empujando hacia arriba, clavando la cabeza en el fondo de la noche. Limo caliente. Por fin se empieza a mover. Se apiada de mi. Me ayuda. Me agarra con fuerza de la camisa, me empuja hacia si, me clava las unas en la espalda, en los gluteos, los dientes en el cuello, me frota los testiculos. Nuestros movimientos adquieren un ritmo mecanico. La nina se ha hecho hembra que aulla desde el fondo de un pozo, y me entiende mejor que yo a mi. Se hace cargo de mi cuerpo, subsana mi torpeza. Me adelanta, me arrastra tras de si, los musculos de su vagina me aprietan el tallo del pene, sus movimientos determinan los mios, me acerca y aleja sin permitirme salir de ella, me vuelve a arrastrar, ofreciendo un fondo al que no llego. No dice una sola palabra, espera a que desfallezca encima de sus pechos, crucificado, clavado en el vacio, hasta verme caer. Cuando me quedo sin fuerza, sin empuje en la sangre, vuelve a su pasividad inicial. Lejana, inmovil, esperando que la falta de tension muscular me expulse de su cuerpo. Su mirada esta vacia. Me ciega la luz verdosa del techo. Distingo el segundo condon, sin abrir, tirado en el lavabo. Ella se acerca al bidet y escupe, como lo habia hecho antes en la acera. Tiene los muslos brillantes de una espuma mezcla de sudor y semen. Se sienta a horcajadas sobre el potro de loza y se lava. Me pregunta si me quiero lavar yo y le digo que no. Los virus, heraldos de la muerte, ?estan ya dentro de mi? Pienso un momento en Marc. ?Estara follando con un mendigo? ?Donde? ?En un water colectivo, como acabo de hacer yo, en un descampado, en el aparcamiento del Green Snot, en su apartamento? ?Le estaria leyendo en voz alta sus poemas a un analfabeto, a un homeless, a un camionero, a un anciano desdentado, a un chapero joven, de cuerpo aguerrido, que se apresta a robarle la cartera y si es necesario a romperle la crisma?

A la salida, el recepcionista nos dirige una mirada de contrariedad. Se la hemos jugado. Nos detenemos un momento delante de la vitrina que hay a la derecha de la recepcion, un expositor con libros y objetos relacionados con la historia del hotel. En la portada azul de una novela de pulp fiction, se ven unas putas de lujo, de piel blanquisima, con el pelo tenido de rubio platino. Esmeralda lee el titulo en voz alta: Chelsea Girls. ?De que va? me pregunta. De asesinatos, le digo, ?te gusta leer?

?A mi?

En la calle, empezando a amanecer. El chulo, apostado en la vidriera de El Quijote. Detras de el se ve la armadura del hidalgo. Tiene la visera alzada, con una mano sujeta una lanza y con la otra el menu del dia. Me despido de Esmeralda, preguntandome si acaso me acaba de regalar mi muerte, una muerte que antes alguien le ha regalado a ella. O quiza la muerte me perdone, nos perdone a los dos, como perdona siempre a Marc. Tengo ganas de vomitar. Escucha, Ackerman, espera, esto es real, material de primera, habra que convertirlo en basura literaria. Armar un buen cuento, burdo, crudo, controlando los recursos, la estofa de la escritura, suenos de vertedero. ?No te parece? La luna se posa encima de una nube, como un alfanje de ceniza. El recepcionista sale a mirar. Cuatro figuras al filo de la madrugada. Marc: tus poetas, por favor. ?O mejor los mios? ?Un angel de Rilke o de Bukowski? No, no: esto es verdad, no es literatura. Por eso quiero que este aqui, que sea parte de Brooklyn. Entre otras cosas porque no se por que ha pasado. Pienso en el sexo de Esmeralda envolviendo el mio, dandole sentido. Y en la muerte, bien enfundada. Recuerdo sus ojos verdes, Esmeralda, mulata de Spanish Harlem, adolescente, adicta al crack o a la heroina. Una muchacha pobre que tiene que soportar a hijos de puta como yo, uno tras otro, noche tras noche. Hijos de puta. El lenguaje me delata. Tengo la boca seca. Se me ocurre pensar que aunque habitemos universos diferentes, quiza nos hayamos entendido, aunque solo fuera durante unos segundos, cuando me perdi en el cosmos, dentro de ella. ?Esmeralda! digo de repente. Se vuelven los dos a la vez, su guardian y ella, el chulo y la puta. Doy unos pasos hacia ellos. El tipo se lleva la mano al bolsillo, pero ella lo detiene. Busco su mirada, me doy cuenta de que nunca he existido para ella, y me callo. Nos vemos, dice, y se da la vuelta. Echan a andar juntos en direccion a la Octava Avenida. Al llegar a la esquina tuercen hacia la derecha, en direccion norte.

BRYANT PARK

(Mayo de 1991)

Han transcurrido casi cinco anos. Entonces no podia saberlo, pero nunca mas volveria a ver a Nadia. La fecha se me ha quedado grabada a fuego en la memoria: 1 de junio de 1986. Paso la noche conmigo en el Oakland, pero estaba rara. Nos desperto la luz, y nos fuimos temprano de Brooklyn aunque faltaba mucho tiempo para que saliera su autobus. Se iba a Boston, a despedirse de su hermano Sasha, antes de coger el vuelo Washington-Paris. No sabia cuando iba a volver, podia pasar tiempo. Le habian dado una beca para estudiar en el Conservatorio Nacional de Francia, con Bedier. En la salida del Flatiron me propuso que bajaramos, para ir dando un paseo por la Quinta Avenida, de la 23 a la 42. Le costaba trabajo despegarse de mi, quiza porque tenia la certeza, que a mi me faltaba, de que no nos volveriamos a ver nunca. En Bryant Park le dije que no iria con ella hasta la terminal. Me cogio la mano y asintio. Una anciana de aire eslavo nos observaba desde su minusculo puestecito.

?Que tal un te?, me pregunto, y sin esperar respuesta se acerco al puesto. La mujer no entendia una palabra de ingles. Nadia probo con el ruso. Tampoco. Por senas, le pidio dos tes. Valiendose del mismo procedimiento, la vendedora nos indico que nos sentaramos en una de las mesas del parque. Al cabo de unos minutos se acerco con unas tacitas de loza. El te desprendia un aroma reconfortante, perfumado. Cuando termino de beber, Nadia estudio el interior de su taza. Imitandola, incline la mia. La pared de loza estaba tenida de una sombra parda; unos restos vegetales se mecian sumergidos en el liquido del fondo. Parecian algas. La anciana se acerco.

?Sabra leer el futuro en los posos del te? me pregunto Nadia.

Si sabe, nos da igual, no hablamos el mismo idioma.

La mujer retiro las tazas, sonrio como si nos hubiera entendido y se alejo. En el aire, por encima de las copas de los arboles, percibimos un ligero estremecimiento, el revoloteo de unas manchas de color blanco. Alzamos la vista. La plaza quedaba entre rascacielos, intermitentemente sepultada por una tapadera de nubes que cambiaban de forma velozmente. Las sombras de los arboles temblaban en las losas de cemento y en la pared de marmol de la biblioteca. Las manchas blancas resultaron ser unos trozos de papel que alguien habia arrojado al vacio desde uno de los edificios que daban a la calle 42. Los papeles iban cayendo lentamente. Unos se posaron sobre el cesped, otros en las mesas de los alrededores, o en la acera de la calle, al otro lado de la balaustrada del parque. Una tira de papel, larga y rizada, fue a parar al regazo de Nadia. La cogio con cuidado, la aliso y leyo para si.

Parece una carta de amor, dijo, pasandome el trozo de papel.

En el aire seguian flotando manchas blancas. Cuando acabaron de caer, Nadia se levanto y fue recogiendo los papeles, uno a uno. Juntandolos encima de la mesa, logro recomponer dos cuartillas incompletas y arrugadas, pedazos sueltos de un rompecabezas. Silabeando en voz baja, reconstruyo unas cuantas frases. Es una carta de amor, confirmo, mirandome, y leyo en voz alta los fragmentos que habia reconstruido.

Extrajo del bolso un sobre alargado, de esos que tienen un recuadro transparente por donde se puede ver la direccion y guardo los papeles con cuidado.

Dejame un momento el cuaderno, me pidio cuando hubo terminado, y enterro el sobre entre sus paginas. Cerro la libreta de molesquin y miro al cielo, como si pudiera caer todavia algun papel. Tienes que hacer algo con esto, Gal.

?Algo como que?

Tienes que descubrir el resto, recomponer la historia de amor de la que esa carta forma parte y escribirla. ?Por que no la incluyes en el Cuaderno de Brooklyn?

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