companeros de trabajo? Jesus Colon tomo la palabra para decir que no lo conocian mas que de verlo una vez al ano, tal dia como aquel, es decir, el 16 de marzo, para celebrar su cumpleanos.
Igual que yo, dijo el director del Hotel Chelsea. Aunque no sabia nada de lo de su cumpleanos. Hacia una reserva con mucha antelacion, mejor dicho, tenia una reserva fija a perpetuidad, y llamaba un par de meses antes para confirmarla. Se instalaba en uno de los cuartos mas baratos. Este ano hizo lo mismo. Le pidio al recepcionista que trajera el libro de registro. Efectivamente, aqui esta. Habitacion 305. Hizo la reserva el 16 de enero.
Siguio un silencio incomodo.
Bueno, no se quede ahi como un pasmarote. Digale que han venido a verlo sus amigos del Periscopio, dijo Alfau, perentorio.
Ante todo calma, amigo mio. Calma y buenos modos. Ya han oido al recepcionista. Su amigo no contesta el telefono, lo cual quiere decir que no esta en su habitacion.
?Que clase de razonamiento es ese? le increpo Alfau. Si le ha pasado algo no podra contestar por mas que se le llame. Aqui el amigo (al decir esto Alfau apunto con el dedo al recepcionista), ha corroborado que le ha visto entrar, pero no salir, aparte de que, antes de venir usted especifico que su llave no esta en el casillero.
Muchas veces los clientes se llevan la llave cuando se van, dijo el director del Hotel Chelsea, atusandose la guia derecha del bigote.
Usted sabe perfectamente que Mr. T. esta en su habitacion. Solo que no quiere cooperar, lo cual es muy peligroso.
?Por que es peligroso?
Tal vez le haya pasado algo y si tardamos en subir puede que ya no tenga remedio.
?Pero de que demonios esta hablando usted, hombre de Dios? dijo el director, lo mas probable es que este en la habitacion haciendo vete a saber que y no abre porque no le sale de las narices.
Tenemos razones fundadas para pensar que ha ocurrido algo muy grave. Lo mas probable es que su vida este en juego, y por eso hemos venido. Es mas, puede que sea demasiado tarde. ?Que trabajo le cuesta subir y llamar a la puerta? dijo Alfau, cada vez mas crispado.
Calmese, se lo ruego. Tiene que comprender que la intimidad de los huespedes es sagrada, sobre todo en un lugar como el Chelsea. Le supongo informado de nuestra reputacion. No se pueden abrir las habitaciones asi como asi, sobre todo si, como se empena en decir, hay constancia de que los ocupantes estan dentro. Cualquiera sabe lo que nos podemos encontrar. Lo lamento de veras, pero no puedo acceder a su peticion.
Colon se puso detras de Alfau por si este perdia los papeles y se hacia preciso sujetarlo. Con las mejillas encendidas de sangre, el catalan levanto la voz. Su vehemencia era tal, que la resolucion del gerente se empezo a resquebrajar.
?Cuantas veces quiere que le repita que cada segundo que pasa es crucial? ?Es que no le importa la vida de sus huespedes?
Colon juzgo prudente agarrar a su amigo por los codos. Fue este gesto lo que hizo ceder al director. Jose, dame el duplicado de la habitacion 305, dijo, dirigiendose al recepcionista.
Estuvo golpeando unos cinco minutos, cada vez con mas fuerza. Al final, tan inquieto como el que mas, introdujo la llave en la cerradura.
Ben me dijo que su padre jamas olvido la escena que vio al otro lado de la puerta. Era una habitacion pequena, con el suelo de marmol ajedrezado, y un ventanuco que daba a un patio interior. El mobiliario se reducia a un armario de un solo cuerpo, una mesa estrecha, una silla donde habia dejado la levita, la chistera, el reloj e, incongruentemente, una cama con un baldaquino de cortinas verdes, que estaban echadas. En el centro de la habitacion habia un taburete caido. Mr. T. colgaba de una pajarita de lunares, que habia atado a un gancho que sobresalia de una viga del techo. Tenia la lengua fuera y el rostro hinchado y amoratado. Alrededor de la bragueta se veia una enorme mancha de humedad, que corria por las perneras abajo, hasta los dobladillos del pantalon, que aun goteaban sobre un charco amarillento que se habia formado sobre las baldosas de marmol.
Por alguna razon, antes de quitarse la vida, Mr. T. se habia despojado de la ropa interior, que era toda de color negro, y se habia vuelto a vestir. Encima de la mesita de madera que habia junto al armario podian verse unos calcetines y una pieza que era a la vez camiseta y calzoncillo, con las mangas y las perneras largas.
[De un cuaderno datado en 1972. Texto revisado en enero de 1991.]
Moreau me explico que habia numerosas entradas por las que se podia acceder al fumadero, y que las cambiaban cada pocas horas.
Las hay cutres y lujosas, dijo, aunque no se bien de que depende cual te toque. Sospecho que hay toda una red de galerias que comunican las distintas casas entre si. La policia esta comprada, por supuesto, pero tambien tienen a sus propios infiltrados en la mafia china, de modo que es como un infinito juego de espejos. Para mayor seguridad, se emiten tarjetas nuevas constantemente.
En la parte de atras de la que me dio Moreau aparecia una banda de cinc. Al rasparla aparecieron una contrasena y la direccion de la entrada que me correspondia. Conforme me habia advertido el amigo de Louise, las dos se empezaron a borrar nada mas entrar en contacto con el aire, y en cuestion de minutos, se habian desvanecido por completo.
Ademas, siguio diciendo el frances, si no te presentas en el lugar indicado en un plazo de dos horas, la direccion puede haber cambiado.
?Y en ese caso que sucede?
Nada, que cuando llegues, te puedes topar con una floristeria o una tienda de ropa para ninos y lo mas que puedes hacer es comprarte un ramo de flores o un conjunto de algodon. O un kilo de gambas, si es una pescaderia, anadio soltando una carcajada y amagando un punetazo al estomago. En todo caso, las direcciones siempre estan en Chinatown.
No me dijo cuanto habia pagado por la tarjeta, aunque sabia por Louise que eran muy caras.
Van a ir unos cuantos amigos mios, dijo, no se si los conoceras. Entre ellos estaran Louise y Mussifiki. En fin, que lo disfrutes.
?Rasco la direccion ahora?
Como quieras, con tal de que te presentes alli en un par de horas. Yo la recogi a las doce. En fin, me voy.
Raspe la cobertura con una moneda de veinticinco centavos.
La direccion era el numero 120 de Mott Street. Debajo habia una frase que parecia sacada del
