que aprendieron a amar, porque les proporcionaban unas cantidades delirantes de dinero. Les pondras nerviosos cuando llegue el momento de firmar. Firma, viejo idiota. Te veo babeando, mientras retiran los lienzos, las cuentas numeradas en Suiza, todo muy despacio, porque solo de pensar en lo que van a ganar se corren. ?Lo ves? Por haber vivido tanto. Yo seguire el consejo de Nietzsche. Me quitare de en medio antes de que sea demasiado tarde.
Una cucaracha asoma por detras del cenicero, se encarama al borde de cristal, inclina las antenas sobre las dunas de ceniza y continua en direccion al libro que hay junto a la lampara, atraviesa por entre el nombre y el apellido del autor, William Gibson, y desaparece por detras del cable de la lampara. Rothko apaga la luz. Un resplandor difuso flota en el estudio. Horas despues, la sirena de un coche patrulla lo saca de su estupor. Se levanta, entumecido. Da varias vueltas por el estudio. Ve el paquete de Chesterfield, pero no le apetece fumar. Lanza una ojeada en direccion a la cocina y va alli. Abre y cierra el grifo del fregadero y sigue hasta el bano. Se ve en el espejo, gordo, viejo, calvo, los pelos se agitan como patas de insecto alrededor de la epidermis craneal. Tras los cristales gruesos de las gafas, los parpados hinchados, los ojos de miope.
No puedo soportar mi cuerpo. El tuyo es tan hermoso y joven, ?por que me lo das, Rita? Despues del aneurisma, apenas soy capaz de hacerte el amor. Estoy podrido por dentro, empiezo a oler a viejo. Ese olor nauseabundo que se pega a las sabanas, a las paredes, una vaharada que alcanza las pituitarias de la gente en cuanto les abres la puerta, es el olor de la muerte.
Gracias al sinequan cuando llegue el momento de la verdad estara bastante sedado. No sentira el dolor. Navaja de barbero, completamente nueva, de hoja muy brillante y doble filo. Envuelve una contera con un Kleenex para poder sujetarla con firmeza. Con la mano derecha, efectua un corte de prueba, ve surgir un surco blanquecino en la dermis, que en seguida se va empapando de liquido rojo. Aprieta la hoja con fuerza, efectuando un corte profundo en el pliegue inguinal del antebrazo derecho. La sangre brota abundante, pero no siente nada. Ha transcurrido un segundo cuando, como un espadachin que hace saltar el florete de una mano a otra, coge la navaja con la izquierda y efectua un segundo corte usandola fuerza que le queda, que aun es mucha. La sangre mana simetricamente, cayendo en chorros gruesos en el cuenco del lavabo. Con la vista aun sin nublar, se tiende en el suelo boca arriba y extiende los brazos.
Siento que me acerco a mi madre. En el transatlantico, camino del Nuevo Mundo, cuando el oleaje mecia tan violentamente el barco que yo creia que nos ibamos a hundir, ella me ponia la mano en la cabeza y cantaba. No sabia que seria asi, pero quien entiende la muerte. De pronto la empece a echar tanto de menos que empece a pensar que en la muerte seria como una flecha negra capaz de volver a entrar en el utero. En algun lugar me espera, y cuando penetre en su vientre y vuelva a oir el latido de su corazon, entre el cordaje de las venas, en el espacio interestelar que flota dentro de ella, podre mirar al mundo a traves de sus parpados transparentes, y lo vere a el, al farmaceutico que nos abandono, al esposo de mi madre. ?Quien entonara el Kaddish por el, por ti, madre, por mi, por todos nosotros? Yisborach, v'yistabach, v'yispoar, v'yisroman, v'yisnaseh, v'yishador, v'yishalleh, v'yisshallol, sh'meh, d'kudsho, b'rich, hu. Me gustaba escucharte, Rita, me quedaba entumecido cuando me hablabas de tu madre, tu padre, tu hermana pequena, muertos en los campos de exterminio. A veces los llamabas en suenos. Yo me quedaba mirando tu piel tan blanca, la luz lechosa que irradiaba tu cuerpo. Para arrancarte de tu angustia, te buscaba para hacer el amor. Tus jadeos traian ecos de otros tiempos, de otros hombres, tus labios llenos de mi espuma, y los pajaros, de un junio muy tardio, extranamente sin calor, anunciando la manana.
A las 9:02 el ayudante del pintor, Oliver Steindecker, entra en el estudio. Buen chico Oliver, un poco timido. Abre con llave la primera puerta, le sorprende que este echado el cerrojo de la segunda. No se oye nada dentro. Da una voz. No responde nadie. Duda antes de decidirse a entrar. Ve a lo lejos la cama deshecha. Al llegar al espacio que es a la vez bano y cocina, descubre el cuerpo de Mark Rothko boca arriba. Una corriente de hielo azul le congela las venas. Corre al estudio de Lidov y se dirige con voz entrecortada a su ayudante, Frank Ventgen. Efectuan dos llamadas telefonicas, una a la policia y otra para pedir una ambulancia. La segunda sobra. Un medico residente que esta haciendo las practicas en el vecino hospital de Lenox Hill certifica que el anciano esta muerto. El primero en llegar es Theodoros Stamos, un pintor joven que le profesa una admiracion sin medida al maestro. Stamos esta temblando. Su columna vertebral registra resonancias magneticas que llegan desde el cuerpo del amigo muerto. Le pide la camara fotografica a Lidov. No te creas, el tipo tenia un equipo bastante sofisticado. Era el momento adecuado, antes de que llegara la policia. Habria sido una foto inolvidable. Un fiambre ilustre para la eternidad. Pero Lidov se nego. Anne Marie y Steindecker avisan a su esposa Mell y la traen en taxi al estudio. Los detectives tienen poco que indagar. Son gente normal, que cree en su trabajo. Irlandeses, chicos de barrio que aprendieron lo que hay que aprender de la vida en las calles de Brooklyn. Estan de mas, como el ambulanciero. Para ellos el dia no ha hecho mas que empezar. Estos dias les acompana en sus rondas un tal Paul Wilkes, que esta escribiendo un reportaje para el dominical del New York Times. Cuando se publique, el 19 de abril, el periodista presentara los hechos acaecidos a lo largo de tres semanas, como si todo hubiera ocurrido en un solo dia. La casualidad ha querido que precisamente no estuviera con ellos la manana del suicidio de Rothko. Mala suerte, con lo que tiene de literario un acontecimiento de ese calibre. A Lappin le gusta leer, detalle que a Wilkes le parece interesante. En su reportaje cuenta que esos dias el detective esta leyendo El padrino. Hace poco se leyo House Made of Dawn, de N. Scott Momaday, el ultimo Pulitzer, y La Ascensiony Caida del Tercer Reich. Lappin echa un vistazo a los titulos que hay desperdigados por las mesas. Encima de la mesilla de noche ve Misa de difuntos, de William Gibson. El titulo le llama la atencion, y lo abre. Los capitulos estan estructurados conforme a las partes de la misa. Introito. Ofertorio. Oficio de tinieblas. Un libro extrano, una meditacion sobre la muerte, mezclada con recuerdos personales y composiciones poeticas. Empieza a leer un poema, pero lo abandona a las pocas lineas. En el living hay un libro de gran formato, la biografia de Arshile Gorky. Lo hojea, contemplando las laminas en color. Observa con detenimiento la reproduccion de un cuadro en el que se ve al artista adolescente con su madre. En una frase cogida al vuelo, lee que el pintor era de origen armenio. Sus cuadros le parecen extranos, no le gustan, y cierra el libro. En una mesa baja ve una novela titulada Melmoth el errabundo, de Bernard Malamud. Le suena el nombre del autor. En una estanteria, La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth. El nombre no le dice nada.
Los dos libros que me lleve conmigo el dia que me fui a vivir al estudio eran El miedo y el temblor y El origen de la tragedia. Theo se rio cuando los vio juntos. Kierkegard y Nietzsche son pensadores antiteticos. Un pensador cristiano, y un pensador pagano. Al reves, son complementarios. Hay una afinidad secreta entre uno y otro, pense, pero no le dije nada. Hace unos dias, en una libreria de viejo cayo en mis manos un librito cuyo titulo me llamo la atencion. La leyenda del santo bebedor. Me costo cincuenta centavos. Lo lei de un tiron, como un poema, y me dejo un poso de dulzura y de tristeza. Me senti el clochard que de repente tiene tanto dinero, y se lo gasta en beber, para llegar antes junto a Dios, que tiene forma de muchachita, Therese, una santa, como el. Llore al terminarlo. Los muelles del Sena, las tabernas y burdeles de Paris. Gente elegante que necesita darle a alguien su dinero. Milagros que no necesitan de angeles. Fue lo ultimo que escribiste, Joseph Roth. Lo publicaste el ano de tu muerte, 1939. Te ahorraste vivir todo lo que venia despues. La fecha me hizo pensar en los cuadros de Bob Motherwell. Nunca se lo dije, me extrano, porque yo no tenia ninguna conexion particular con todo aquello. Vivi la guerra de Espana con la misma ansiedad que los demas, como un eco anticipado de los horrores que nos aguardaban, con un escalofrio, aunque entonces nadie sospechaba lo que iba a pasar. Me fui a casa lleno de una tristeza muy profunda, despues de ver la serie que titulo Elegia por la Republica espanola. Aun escucho alguno de los gritos enterrados en los lienzos.
El cuerpo de Mark Rothko yace boca arriba en el suelo de la cocina, con los brazos en cruz, en medio de un charco de sangre coagulada de 1,80 metros de ancho por 2,20 de alto. El grifo del fregadero lleva horas abierto. Lappin lanza una rapida ojeada en torno y ve que uno de los dos filos de la navaja de afeitar esta protegido con un Kleenex. Estos suicidas son sumamente cuidadosos con no cortarse los dedos mientras se hacen un tajo en el antebrazo, le hace decir Wilkes, a pesar de que en aquel momento el no estaba con los detectives. Hizo correr el agua del grifo porque no queria dejarle un marron asi a nadie. Se abrio las venas en la pila del fregadero despues de practicar un par de cortes dubitativos en los antebrazos. Cortes dubitativos. Pequenas incisiones para probar el filo de la navaja. Un suicidio de apertura y cierre, dice Lappin en voz alta. La sintaxis otra vez. A Wilkes le fascina la expresion. Todos los que escriban sobre el suicido la van a reproducir. La billetera intacta. Ningun indicio de que haya entrado nadie en el estudio, que