ningun secreto. Es La vista de Delft, de Vermeer. Mi padre tiene localizados todos los lienzos del maestro holandes que hay dispersos por el mundo, asi como tambien ha acumulado un monton de datos relativos a las telas que se han perdido. Mantiene un catalogo razonado de las atribuciones falsas y las dudosas. Ha ido a ver todos los vermeers de que se tiene noticia, sin excepcion. Ha conseguido que le abran las puertas los propietarios de los mas inaccesibles. Hasta la Casa Real de Inglaterra le ha concedido permiso para estudiar los vermeers de su propiedad. Cuando mi padre me viene a ver a Nueva York, hace obligatoriamente un alto en el palacete de la Frick Collection, en la Quinta Avenida. Alli hay tres vermeers que, como el resto de las pinturas de la coleccion, no pueden salir del museo bajo ningun concepto. La sensacion que tengo cuando Bruno me habla de sus visitas a la Frick es que ha ido a ver a unos amigos que padecen arresto domiciliario por motivos politicos. Es algo extrano y maravilloso a la vez. Y no crea, sigue haciendo expediciones de ese tipo, bien para ver cuadros que arde en deseos de conocer, bien porque necesita volver a estar delante de alguno que echa de menos: Kandinski, Fragonard… la lista es larguisima y abarca todas las epocas. El ultimo caso, como sabe usted, es el de Ensor. Si le digo la verdad, me encanta que mi padre sea asi. De hecho, si me resulta posible, cuando hace un viaje de ese tipo, voy con el, como haciamos antes de la muerte de mi madre.

No se lo tome a mal, pero me entra la risa cuando recuerdo la cara que puso hace un rato al oir mi nombre. Tendria que haberse visto. Tengo un nombre bastante peculiar, lo reconozco. Todo el mundo reacciona con sorpresa al oirlo, aunque usted tiene razones de sobra para hacerlo. ?Entiende ahora por que no se lo queria decir? No era por crear un efecto dramatico, sino porque todo va junto, y si le daba un dato aislado, poco a poco tendria que ir anadiendo lo demas, como una bola de nieve. Por eso me resistia tambien a entregarle los documentos antes de tiempo. De todos modos, no soy un caso unico. A lo largo de los anos me he tropezado con dos personas que se llaman como yo, una periodista neozelandesa con quien coincidi en una recepcion, en Londres, hace mucho, y mas recientemente un arquitecto que vino a dar una conferencia a Cooper Union, holandes, curiosamente. Raro o no, me encanta mi nombre. Es un vocablo enigmatico, musical, ni masculino ni femenino, un nombre de lugar, lleno de resonancias ocultas. Nadia decia que le hacia pensar en un corredor lleno de puertas que al abrirlas llenaban el espacio de melodias diferentes. Recuerdo que en el colegio, cuando tenia nueve o diez anos, o sea que todavia viviamos en Londres, a una de las chicas de mi clase se le ocurrio la idea de jugar a cambiarnos de nombre, porque el que teniamos no lo habiamos escogido nosotras sino nuestros padres. Un caso de rebeldia infantil bastante frecuente, todo el mundo ha jugado alguna vez a eso de pequeno. ?Usted no? Mis amigas se pusieron a elegir nombres como quien escoge un vestido nuevo. Cuando me toco a mi, sali con que el mio me encantaba y no lo pensaba cambiar por nada del mundo. Chiquilladas, por supuesto, hace bien en reirse, ahora le toca a usted. Lo cierto es que el juego me dejo un poco pensativa. Por la tarde, al llegar a casa, les pregunte a mis padres como es que se les habia ocurrido ponerme Brooklyn. Me dijeron que en parte era un homenaje al pasado de mi madre, pero mas que nada, aclaro ella, lo habia elegido simplemente porque le encantaba. Mi padre me sento en sus rodillas y me pregunto a que venia todo aquello y yo les conte a los dos lo que habia pasado en el colegio. No ahonde nunca mas en ello, entre otras cosas porque no pensaba que hubiera nada en que ahondar. Fue Bruno quien saco el tema a colacion cuando mi madre murio de cancer hace dos anos.

Otra razon por la que no queria contarle las cosas por e-mail. Solo aludir a la muerte de Nadia me hace un dano que no se puede usted ni imaginar. Fue un golpe brutal, no creo que nunca me llegue a recuperar del todo de el. Ocurrio en pleno verano. Bruno ya estaba destinado en Tokio. Por suerte, fue un proceso relativamente rapido. Mi tio Sasha, que siempre habia estado muy unido a ella, paso con su hermana sus ultimos dias. Tambien vinieron desde Belgica algunos familiares de Bruno. Tras la cremacion, nos quedamos los dos atrapados en un estado de soledad alucinada. Viviamos mas alejados que nunca de la realidad exterior. No recuerdo bien el resto del verano. Bruno y yo nos buscabamos y nos ofreciamos consuelo, sobre todo el a mi, sin preocuparse demasiado de si mismo, como es el. Creo que al cabo de un par de semanas consiguio volver cada dia a la embajada para cumplir con sus obligaciones. A finales de verano tuvimos que separarnos. No quiso ni oir hablar de la posibilidad de interrumpir mis estudios de arquitectura. Por mas que me costara, tenia que volver a Cooper Union. La distancia entre Tokio y Nueva York hacia impensable que nos vieramos mas de una vez por semestre. Bruno siempre habia sido reacio a hablar por telefono, pero ahora era nuestro unico consuelo, para el tambien. Me llamaba dos o tres veces por semana. Transcurrieron asi un par de meses. En una conversacion a mediados de octubre, me dijo que cuando nos volvieramos a ver me contaria algo relacionado con mi madre. Yo me puse nerviosisima. Mi padre no sacaria a reducir una cosa asi, a menos que se tratara de algo realmente importante. Me calmo como el sabia hacerlo, diciendo que no habia motivo para alarmarse. No dijo nada mas y yo tampoco me atrevi a insistir. Sabiendo lo dificil que es para el hablar de intimidades, me falto valor para apremiarle.

Cuando tu madre desaparecio, Gal se refugio en la escritura como no lo habia hecho nunca. Escribir un libro para que lo leyera ella se convirtio en una obsesion. Gal Ackerman tenia una mente fragmentaria. Escribia constantemente, pero no era capaz de imprimirle un sentido de totalidad a lo que hacia. Lo del pacto, como llamo yo a lo que sucedio entre nosotros, fue algo que descubri de manera gradual. Mirando atras comprobe que Gal me habia ido revelando de manera muy sutil como debia ser el libro que esperaba que algun dia llegara hasta tu madre. Murio sin conseguirlo. Yo estaba en Taos, en Nuevo Mexico, haciendo un reportaje. Una noche, al llegar al hotel, me aguardaba una nota diciendome que llamara al Oakland por telefono. Cuando Frank me dio la noticia, comprendi que no habia vuelta de hoja. Tenia que cumplir con lo pactado. Frank Otero desempeno un papel crucial a lo largo de todo el proceso. De no ser por el el libro no habria llegado a existir. Le profesaba un afecto indecible a Gal Ackerman, y queria ver cumplido el deseo de su amigo, un deseo ferviente, que daba sentido a su existencia. Gal le habia hablado mucho de la novela y el le habia visto escribirla en su local, sentado en su mesa, la Mesa del Capitan, ano tras ano. Ademas, y eso es importante, vivio de cerca el final de su historia de amor con Nadia. Aparte de que la llego a tratar personalmente. Tu madre paso en el motel bastantes noches, incluso llego a vivir alli una temporada, breve eso si. Hubo un detalle, antes de empezar, que me hizo ver que todo estaba decidido de antemano. Antes de morir, Gal me habia dado la llave de su cuarto. De manera completamente independiente, despues de su muerte, Frank, puso a mi disposicion el estudio. Fue asi como me di cuenta de que me habia convertido en el puente no solo entre tu madre y el, sino tambien entre ellos dos, entre Gal Ackerman y Frank Otero. No podia permitirme el lujo de decir que no. Era simplemente impensable. Lo asumi y me puse manos a la obra. Decidi trabajar arriba, entre otras cosas porque el material estaba alli. Era un sitio ideal para escribir, nunca he acabado de entender por que Gal se empenaba en bajar al Oakland. En eso eramos totalmente diferentes. Empece dedicandole unas horas al dia, por las tardes. En seguida empece a ver las verdaderas dimensiones del proyecto, todo lo que tendria que revisar, clasificar, conservar, destruir. Pronto comprendi que unas horas al dia no serian suficientes. Si queria acabar la novela, lo mejor era que me instalara en el motel y eso fue lo que hice. Me levantaba a las cuatro y media de la madrugada, a fin de poder escribir un par de horas largas antes de irme a la redaccion, y continuaba al final del dia, como si la jornada de trabajo hubiera sido un parentesis innecesario. Y seguia asi durante los fines de semana y los dias libres. Investigaba, hablaba con gente que habia tenido trato con el, procurando rellenar los huecos de todas las historias que me iban saliendo al paso. Me gustaria recalcar lo de todas las historias, porque la de Nadia era una mas entre muchas, aunque el siempre la tenia en mente a ella como lectora. Pero todavia faltaba mucho para que me fijara en esa cuestion. En el aspecto material, era una labor improba, cada vez mas absorbente, hasta tal punto que en cierto modo me hacia sentir que estaba asomado al abismo de la locura. Llego un momento en que todo me distraia de mi compromiso de llevar a buen termino el proyecto. El estorbo mayor era mi trabajo como periodista. Por aquel entonces, empece a hacer colaboraciones para Travel Magazine. No podia interrumpir mi dedicacion a la novela para irme a hacer un reportaje a la otra punta del pais. Negocie esto con Dylan Taylor y lo acepto, pero incluso sin salir de Nueva York, el proyecto me consumia por entero. No podia trabajar como reportero y sumergirme luego en el mundo de la novela de Gal. Era sencillamente imposible. Fue entonces cuando Frank se ofrecio a ser mi sponsor, esa fue la palabra que empleo. Cuando se lo oi decir me rei, pero hablaba completamente en serio. Estaba empenado en pagarme un sueldo hasta que terminara. No supe que decir, pero el erre que erre. ?Cuanto queria cobrar por terminar Brooklyn? ?Que tal si me pagaba exactamente lo mismo que ganaba como periodista? Me negue en redondo, pero era como hablar con la pared. Por toda respuesta me decia que le parecia un arreglo perfecto. Lo mas que consegui fue convencerle de que me diera solo la mitad. Las pagas extra las decido yo, dijo, sin entender mis motivos, y me dio la mano como senal de que acababamos de cerrar un trato.

Mis jefes fueron comprensivos. Me dijeron que no me preocupara, que aunque

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