no podian prometerme nada, raro seria que a la vuelta no hubiera trabajo para mi. A partir de entonces, pasaron dos anos durante los cuales no puedo decir que vivi, dos anos durante los cuales existi sin ser yo, metido en la piel de Gal, prisionero en un mundo que habia creado el, leyendo cartas, diarios, cuadernos, borradores de cuentos, seleccionando papeles, destruyendolos. La realidad dejo de existir para mi. El segundo ano apenas sali de la habitacion. Era la unica manera de terminar el libro, un libro que en este caso era de otro, y que sin dejar de serlo fue pasando poco a poco a ser tambien mio. Lo ultimo que revise fue una carpeta con numerosos fragmentos que, aunque pertenecian a epocas muy distintas, Gal habia estado corrigiendo concienzudamente los meses anteriores a su muerte. Su intencion era que figuraran al final de la novela. El manuscrito terminaba de forma abierta, con un encuentro entre Nadia y el que estaba destinado a ser el ultimo, en Bryant Park, a dos manzanas de Port Authority, donde habia empezado todo. Nadia tenia que coger el autobus de Boston en la terminal de la calle 42, pero Gal prefirio no acompanarla. Termine la novela con aquel fragmento, porque era evidente que aquella era la intencion de Gal. Tuve que escribir contra reloj, porque queria llevarle la novela el dia que se cumplia el segundo aniversario de su muerte. Estuve a punto de no lograrlo, pero consegui terminar a tiempo. En abril de 1992 teclee la ultima palabra. Los dias finales fueron de un frenesi enloquecedor.
No sabia que iba a ser asi, pero entonces vino lo peor. Las semanas siguientes se apodero de mi un sentimiento muy extrano. Fue el principio de una crisis muy profunda. No hablo del vacio en que se hunde uno al final de un proceso creativo largo e intenso, aunque por supuesto eso era una parte importante. Terminar la novela de Gal Ackerman fue una maldicion que asumi de buen grado. Lo extrano era que, tras haber cumplido con mi parte del pacto, la sombra de su autor continuaba cerniendose sobre mi. Me sentia misteriosamente encadenado a su destino. Comprendi que habia caido en una trampa de la que no me iba a resultar facil salir, una trampa que no era solo la novela, sino tambien el Oakland, Brooklyn, los Estados Unidos. Tenia que escaparme, viajar a otros lugares, hacer otras cosas, poner distancia entre mi y la novela de Gal, vivir mi propia vida. El Oakland tenia algo de peligroso. Atrapaba para siempre a los personajes a quienes daba acogida.
Frank insistio en que podia quedarme en el motel indefinidamente. La idea me aterro. Me daba miedo que me ocurriera lo que a Gal y a otros antes que a el. A Niels Claussen, sin ir mas lejos. Una de las cosas que aprendi escribiendo la novela, y aprendi muchas, es lo dificil que resulta sortear la falsa impresion de verdad que transmite la pagina escrita. La historia de Niels no estaba en el libro solo porque le hubiera sugerido a Gal la idea del
Las cosas no podian volver a ser como antes. Acabar el libro de Gal removio los cimientos de mi personalidad. Me obligo a repasar toda mi historia. Muchas cosas saltaron en pedazos. Decidi ir mas lejos, romper con todo, hacer trizas el pasado, reinventarme, un concepto muy norteamericano del que, ironicamente, me servi para cortar mis lazos con aquel pais. Revente mi carrera como periodista, que todo el mundo me auguraba tan brillante. Le dije adios a Brooklyn, a Nueva York, a Estados Unidos, a toda la gente que habia conocido, a los paisajes que habia descubierto, a los libros que habia leido alli. Le dije adios a cosas que me habian cambiado para siempre. Me despedi de Frank, de Gal, de Nadia, de Alida, de Niels Claussen, de Victor Baez, de Abe Lewis, de Umberto Pietri, de Teresa Quintana, de Felipe Alfau, de Jesus Colon, de Mister T; de todos los personajes que habian desfilado ante mis ojos y que ahora estaban atrapados para siempre en las paginas de la novela. Tenia que hacerlo para poder ser yo. Tome la resolucion con una firmeza sin resquicios, y cuando lo hice comprendi que habia ganado una recompensa de un valor incalculable. La reflexion se formo en mi cabeza con la misma nitidez con que un rayo de sol se cuela por la rendija de una ventana sellada que da a un sotano. Lo dejaba todo atras, pero no me iba con las manos vacias. Gracias a aquella experiencia me habia hecho escritor.
A primeros de noviembre Bruno tenia que ir a Paris y como coincidia con mi cumpleanos, me invito a pasar una semana en mi ciudad natal. Dariamos paseos, veriamos todo el arte que pudieramos, iriamos a conciertos, saldriamos a cenar. El dia de mi cumpleanos, iriamos a Dominique, el restaurante favorito de Nadia. Queda en Montparnasse y es un sitio con historia, fundado por un refugiado de Rusia Blanca, alla por los anos veinte. Adelantandose a mi reaccion, Bruno me dijo que para el tambien era dificil, pero teniamos que hacer un esfuerzo, porque a Nadia le habria gustado asi. Sabia que mi padre tenia razon y accedi. Cuando llego el momento de la verdad, aunque me habia preparado para ello, senti que no podia con el peso de los recuerdos. Justo antes de entrar, se me nublo la vista y me fallaron las piernas. Bruno tuvo que sujetarme por los hombros y reconfortarme. Repitio lo que me habia dicho por telefono que, dondequiera que estuviese, Nadia se alegraria de que celebraramos alli mi cumpleanos. Me resolvi a entrar, contagiada a medias de la seguridad que parecia sentir el. El maitre nos reconocio y nos acompano obsequioso a nuestra mesa. La costumbre entre nosotros tres era hacernos los regalos a los postres. Una vez nos los sirvieron, Bruno saco a colacion la conversacion telefonica durante la cual me dijo que queria contarme algo de Nadia. Desconcertada, le vi poner una caja de metal encima de la mesa. Le pregunte si era mi regalo y me dijo que si. Antes de contarme como dio con ella, me pidio encarecidamente que no la abriera hasta que estuviera sola en la habitacion del hotel.
Se habia tropezado con la caja una manana en que, sintiendose con la fortaleza y serenidad necesarias para ello, se decidio a revisar los papeles que guardaba Nadia en su buro. Fue lo primero que vio al descorrer la persiana curva del escritorio. Levanto la tapa con la misma zozobra con que habia abierto las comodas, los armarios, los joyeros, las cajitas de musica. Vio un collar y unos pendientes de plata antigua, encima de unos papeles. Hizo a un lado las joyas, y le echo un vistazo fugaz a los papeles. Entre ellos habia un diario. Dudo antes de abrirlo. Un par de fragmentos leidos al azar le bastaron para saber de que se trataba. Volvio a tapar la caja como si hubiera sorprendido dentro a una cobra, eso fue lo que dijo. Las frases que habia leido al azar le hicieron recordar cosas que mi madre le habia contado de pasada. Lo que habia alli era parte de algo que el no tenia derecho a saber. Pero yo era su hija, y mi caso era distinto. La perdida de mi madre era aun reciente. Aquello seguramente me acercaria a ella. Me ayudaria a conocerla mejor. Ademas yo me parecia a Nadia en tantas cosas. Me cogio las manos con fuerza y me urgio a terminar el postre, porque empezaba a hacerse tarde para ir a la opera.
Espere hasta la noche para abrir la caja. Los pendientes y el collar de que me habia hablado Bruno durante la cena eran muy hermosos, de plata labrada, con motivos aztecas. Los contemple, pensando con extraneza que se trataba de regalos que le habia hecho otro hombre a mi madre. El diario es distinto, pero los papeles no son ninguna novedad para usted. Estoy segura de que ahora entiende el por que de mi renuencia a enviarle la lista completa por correo electronico, aunque al final no supe resistirme ante su insistencia. Como le dije entonces, mi grado de interes variaba, segun de que se tratara. Los que hemos acabado por llamar papeles literarios los mire por encima, y no despertaron en exceso mi interes. Las cartas si, por supuesto, unas mas que otras, pero de lo que no pude apartar la vista ni un momento desde que comprendi de que se trataba, fue del diario. Era una libretita de tamano mediano, negra, como las que dice usted en la novela que usaba Gal para escribir. No tendria ni un centenar de hojas, y solo estaba escrita hasta la mitad. Me sumergi en su lectura con el alma en vilo. La escritura no era facil de seguir, no por la caligrafia, a la que estaba tan acostumbrada, sino por el lenguaje que empleaba mi madre, solipsista, casi criptico, de una sintaxis deshilvanada, el lenguaje adelgazado de alguien que escribe para si mismo. Mezclaba pensamientos hermeticos con evocaciones de sucesos tan despojadas de detalles que en ocasiones no se sabia bien a que podian referirse. Era como leer
