gente extrana por la casa, a veces un enano con aires de superioridad que al parecer se habia hecho amigo de Corrons y que se llamaba Torpedo Miera. Sebastian Hidalgo apenas iba por alli. Se habian llevado los libros de los que sacaba laminas, viruta de oro, y aunque tampoco trabajaba ya en el periodico aquel para el que desfiguraba gente, solo aparecia de tarde en tarde por la casa, para hacer algun trabajo, alguna falsificacion, con las herramientas que todavia tenia alli.
Corrons llego al final de la tarde. No se sorprendio al ver al sargento y a sus hombres. No pregunto por Ansaura. El cura y los demas salieron de la sala y al pasar junto a Sintora, Corrons le parecio mas bajo, o quiza, penso, era que iba encorvado, moviendose con mas lentitud. Los labios le parecieron mas gruesos y los ojos le colgaban igual que siempre, los parpados con un charco de sangre rosa en su orilla y la mirada muerta. El pelo ondulado, detenido en un extrano oleaje sobre el craneo. Comento que habian entregado al fascista Pavero y que ademas de aquel tipo se habian deshecho de algunas cosas. Todo estaba en orden, ahora le ayudaba tambien el enano Miera.
El sargento le pregunto si habia alguna entrega pendiente, y Corrons, mirando a sus hombres, la puerta por donde el Marques y los demas habian salido, dijo que tal vez, que seguramente el propio Marques, despues de tanto tiempo, aunque tal como estaban las cosas, sin querer ser derrotista pero con todo el mundo esperando que la guerra acabase de un dia para otro, quiza hubiera dificultades, habia amenazado con matar al viejo, les habia dado una fecha ultima, por ver si reaccionaban. Hizo un gesto afirmativo el sargento y todavia moviendo la cabeza le dijo que en el Centro Mecanizado les iban a dar en un par de dias un nuevo vehiculo con el que hacer la entrega.
– El enano Miera tiene un amigo con coche, y en el partido me dejan otro. Al Pavero lo llevamos en el. Lo malo es el combustible, coches ahora hay mas que antes.
– Nosotros tenemos nuestros medios y nosotros hacemos la entrega. Es por lo que cobramos, y por estar callados. Fue el trato. Vamos a seguir cumpliendolo, ?no? -el sargento habia dejado de afirmar con la cabeza, miraba fijo a Corrons, que se quedo inmovil, sin contestar, tranquilo.
Cuando esa noche llegaron a la Casona todavia llevaba Sintora la imagen de Corrons grabada en la retina. Se asomo al edificio de los talleres, que estaba cerrado y a oscuras. En la Casona volvieron a encontrarse al mago Perez Estrada, que esta vez habia empleado su magia en sacar de la nada una fuente de patatas cocidas. Las palomas volaron ya todas hacia nuestros desconsolados estomagos, tristes mensajeras del hambre, mis palomas blancas, decia mientras le quitaba la piel a una de las patatas, sonriendo a los soldados del antiguo destacamento y al faquir Ramirez, que a pesar del encuentro con sus antiguos amigos andaba taciturno, con la boca rodeada de puntos oscuros, cicatrices del alambre, que en la parte superior le dibujaban un extrano y discontinuo bigote y en la inferior le sacaban el labio, tintandole de idiotez la tristeza al faquir, que comia papas con desgana, masticando aquella blandura con mucho trabajo, el que estaba acostumbrado a comerse los hierros y aceros mas duros y que ahora habia jurado no acercarse a los dientes nada que se pareciera a un metal, siempre masticando cosas blandas que, segun el mago, al principio se le escapaban por los boquetes mal cicatrizados de la boca.
A la manana siguiente, el sargento Sole Vera y Doblas se fueron al Centro Mecanizado. Montoya y Sintora se quedaron en la Casona. Y aunque dispar y extrano, podria decirse que el dia fue simetrico para los hombres del antiguo destacamento, sobre todo para Enrique Montoya y Gustavo Sintora. Porque, mientras el sargento y Doblas llegaban a los hangares del Centro Mecanizado y, saludando con buen humor y despreocupacion a los conocidos, buscaban algun camion, Sintora salio de la Casona y, merodeando por el jardin, se fue acercando al taller de costura. Por la puerta salia el antiguo rumor de tren, solo que el tren parecia mas debil y que viajaba por detras de unas montanas demasiado lejanas. Rodeo el edificio, y a traves de las viejas vidrieras, que ya tenian mas de la mitad de los cristales sustituidos por cartones y trapos, vio primero al enano Visente volcado en su maquina de coser, pedaleando de pie, mas bajo que la propia maquina, y al fondo, inclinada sobre la suya, pasando la mano por una tela oscura, vio a Serena Vergara a la par que Enrique Montoya, asomado a la ventana de aquella habitacion que durante tanto tiempo habia compartido con Ansaura y Sintora, veia a la Ferrallista, alta y pelirroja, cruzar el jardin en direccion a la calle.
Intento Sintora entrar en el taller, pero la presencia del enano Visente y las demas costureras, cinco o seis, acabaron por disuadirlo y volvio andando a la Casona mientras Montoya, que habia bajado corriendo las escaleras y habia cruzado la verja de la calle sin alcanzar a la Ferrallista, desaparecida en no se sabia que direccion, tambien regresaba al edificio y se encontraba con su companero en la escalinata, sin decirse ninguno de donde venia, comentando, cada cual perdido en su laberinto, como les iria al sargento y a Doblas.
Y asi, mientras el sargento Sole Vera y Doblas, deambulando por los hangares medio vacios encontraban en el descampado que habia detras de las naves un camion abandonado por averia y el mecanico calibraba el tiempo y las dificultades de la reparacion, Montoya y Sintora pasaron las horas en la Casona, se encontraron con el enano Visente, que los envolvio con sus brazos cortos y, santiguandose y besando el Sagrado Corazon de su detente con los dedos, les preguntaba por el resto del destacamento. Y mientras hablaban con el, ambos vieron a traves de la ventana de la cantina pasar, primero, en direccion a la calle, a Serena Vergara, con su abrigo color remolacha, andando al lado de una companera entre los arboles, y poco despues, entrando en el edificio, a la Ferrallista, la nariz afilada y la piel livida.
Por la tarde continuo la simetria, y ademas los cuatro hombres tuvieron un mismo testigo de sus actividades. Y asi, mientras el sargento Sole Vera ayudaba a Doblas a desmontar el motor del camion averiado y un teniente lejanamente conocido se les acerco para preguntarles que estaban haciendo, el enano Torpedo Miera aparecio por el descampado y los saludo, con su sonrisa blanda y su cara palida. Se quedo con ellos el enano mientras le decian al teniente que cumplian ordenes del capitan Villegas y el teniente les preguntaba si el capitan habia vuelto y ellos afirmaban sin hacerle mucho caso, continuando el trabajo a la vez que hablaban y le prometian al teniente llevarle orden firmada por el capitan para seguir reparando aquel camion.
Y todavia estuvo con ellos el enano unos minutos despues de que el teniente se hubiera ido, observandolos, preguntandoles, con las manos en los bolsillos, por el Ebro, por Ansaura, mientras en la Casona, despues de hablar con el mago Perez Estrada, del final de la guerra, del futuro incierto que les aguardaba a todos, Sintora salio de nuevo al jardin y de nuevo se acerco a los talleres, acariciando la costra fria de los arboles, aranandose la mano con su piel aspera. Y mientras el, desde el umbral del taller, miraba la sala vacia, las maquinas solitarias, las bombillas que colgaban apagadas del techo, y avanzaba hacia el fondo de la nave, alli donde estaba la huella de una cruz perdida, en la Casona, Enrique Montoya subia hacia las habitaciones y en el rellano de la escalera se encontraba a la Ferrallista, que se detuvo, y con la respiracion, sin voz, decia, Montoya, mi Montoya, a la vez que en el taller de costura resonaban unos pasos, Sintora se giraba y en la entrada veia la silueta, la cara de Serena Vergara, iluminada ahora por la luz de la tarde en el ventanal, avanzando despacio primero, con pasos largos luego, para abrazarse a el como la Ferrallista se abrazaba a Montoya y seguia diciendole, Mi Montoya, Montoya, te llevo esperando mucho tiempo, abrazame, aprietame, Montoya.
Y mientras Doblas seguia desmontando el motor del camion y el sargento iba ordenando en el suelo las piezas como el mecanico le indicaba, el enano Torpedo Miera caminaba hacia la Casona y Gustavo Sintora volvia a reconocer el olor, la cara, los ojos y la sonrisa de Serena Vergara a la par que la Ferrallista, sin dejar de abrazarse a el conducia a Montoya a su habitacion y abriendo la puerta con la espalda, dejandola abierta, lo tumbaba sobre la cama, besandose los dos amantes como se besaban Sintora y Serena, diciendole ella, Serena, que ya no volveria a separarse de el, que su marido estaba preparandolo todo para irse a Valencia y que habia tenido miedo de que el, Sintora, no regresara, de que lo hubieran matado o herido o hecho prisionero en esa batalla de la que en Madrid contaban que habia sido como el infierno. Mi pobre nino, le acariciaba Serena la