ver las paginas de anuncios de servicios sexuales de todos los periodicos, los que se llamaban eufemisticamente 'masajes', y muchos mas debia de haber, muchos mas que yo ni conocia ni sospechaba siquiera. Las historias de prostitucion nunca me habian afectado, pasaba las paginas de los periodicos en las que figuraban sin curiosidad, como algo inevitable en lo que nunca habia tenido necesidad de profundizar. Tampoco la prostitucion de la calle me llamaba la atencion. Cuando volvia del cine por la noche, a veces muy tarde, no reparaba en las prostitutas, o me habia acostumbrado de tal modo a ellas que las veia como un elemento mas de la ciudad que aparece a ciertas horas, igual que se encendian las farolas cuando llegaba la noche. Tener una prostituta en mi casa, aunque fuera a media jornada o en sus horas libres, me hacia pensar en la prostitucion como forma de vida, como una manera de alargar los ingresos o tal vez de hacerse ver por los hombres, de hacerse desear. Esto es lo que me inquietaba y no, como habia firmado una vez en un manifiesto, las condiciones de vida que comportaban esos tipos de trabajo.
Asi que al dia siguiente me fui a Gerona sin haber decidido que estrategia seguir. Una niebla sofocante invadia la ciudad, niebla de calor, de bochorno, que segun la radio del coche no se habia visto por estas fechas desde 1916. La ciudad vieja estaba casi desierta, a pesar de que las calles estrechas de edificios de muros vetustos concitaban todo el frescor de aquella tarde sofocante. Me meti en un cafe que tras los cristales prometia un frio artificial. Pero tenia ganas de caminar y me quedaba aun un cuarto de hora. Sali, pues, atravese el rio y llegue hasta el paseo junto a el, que tantas veces habia visto al llegar en el coche.
Los sauces levantaban al cielo sus ramas que caian despues por el peso de las hojas hasta rozar el suelo, inmoviles casi, como las aguas es-a pesas por el calor que avanzaban con apatia, en silencio, sin el rumor ni el empuje ondulantes que otros dias las llevaba a chocar dulcemente contra las margenes cubiertas de hierba de la ribera.
Eran casi las cinco y media y yo seguia sofocada con ganas de desfogar mi inquietud, pero al mismo tiempo con esa sensacion de que mejor seria no moverme no fuera el bochorno a aduenarse de mis sentidos. Estaba tensa y no habia decidido todavia que hacer con la cita.
?Iria? ?No iria? Queria de todos modos saber mas, conocer detalles de estas horas extras con que Adelita habia llenado los dias y las semanas de mi ausencia. Tal vez lograra comprender esa compleja persona que parecia no acabar de sorprenderme. La curiosidad me corroia y las palabras que ella misma me habia dicho en el coche, al volver del juzgado, cuando yo creia, y tal vez ella tambien, en su arrepentimiento, en la apremiante urgencia que la habia llevado a robar y en la estafa de que habia sido objeto no solo yo sino tambien ella, volvian una y otra vez a mi memoria. Me sonaban ahora a premonicion, a un aviso que yo no supe comprender en su momento: 'Nuestro mundo es un mundo distinto que se rige por normas muy alejadas de su realidad. Yo pertenezco a este mundo y usted ha nacido en el de mas arriba…, y por mas que yo le contara, usted nunca sabria lo que nos ocurre ni por que actuamos como actuamos, ni por que nos queremos y nos odiamos, ni que nos lleva a transgredir las leyes que ustedes hacen…, ?ha pensado alguna vez de que vivimos los que no podemos vivir del dinero?' Solo a la luz de estas palabras cabia interpretar la extrana relacion de esta mujer con su marido, con su amante, con sus clientes. Era cierto, a mi se me hacia muy dificil comprenderlo porque en la educacion que yo habia recibido, en los amores que habia tenido, pobres amores de consenso y costumbre, no habia lugar para tantas fantasias.
Y de todos modos, que curioso me resultaba que la llamada del hombre preguntando por Dorotea, la que me habia desvelado la naturaleza de las muchas relaciones que habia podido tener durante meses, o anos, ?quien podia saberlo?, me causaba una sensacion de envidia y de coraje de otra indole, pero de la misma intensidad que la del dia que comprendi que el hombre del sombrero se habia acercado a nuestra mesa por ella, no por mi. Y no es que yo le envidiara las citas con hombres desconocidos, no, por supuesto que no, no habria sabido donde encontrar un trabajo asi ni como hacerlo. Lo que me admiraba era la capacidad de no asustarse ante ninguna complicacion, y me fascinaban tantos deseos ocultos que se sacaba de la manga como panuelos el prestigitador, la pericia en combinar tantas vidas, la vitalidad inacabable de esta mujer que no se arredraba ante nada ni ante nadie, que mentia y que fabulaba, que ensayaba una personalidad distinta para cada caso, que se movia como una anguila entre todos los laberintos que conformaban su vida y, con toda certeza, sus suenos y sus deseos que para ella serian tan ciertos como los atributos que arrastraba desde la cuna. En cualquier paraje se orientaba y al llegar a la encrucijada sabia tomar la decision mas rapida para ir haciendo su camino en el mas complicado y eficaz dia a dia que yo habia conocido jamas.
Pero aun asi, habia zonas de sombra que yo seguia sin comprender. ?Por que hacia lo que hacia?
?A quien queria seducir? ?Donde estaba el motor que la empujaba y la llevaba cada vez mas lejos en una carrera imparable a la que no se le veia el fin? Y, sobre todo, ?como habia podido cometer el fallo de robar una joya que un dia u otro se habria descubierto, cuyas consecuencias, pensaba yo, habian dado al traste, por bien que hubierae salido del trance, con el entramado que habia montado aprovechando mis ausencias?
Desde el exterior del bar de la estacion de ferrocarriles me dedique a buscar en las mesas ocupadas a un hombre solo. No me fue dificil localizarlo. Era un hombre de unos cincuenta anos, fuerte y de tez tostada y rojiza como si trabajara al aire libre, que efectivamente llevaba una gorra y una chaqueta de color gris y que miraba en derredor buscando a la mujer bajita de sus suenos. Un buen rato estuve mirandolo. Se habia tomado un cafe y ahora saboreaba una gran copa de conac. Fumaba un cigarrillo tras otro, pero no parecia nervioso, sino satisfecho, tranquilo, un hombre contento de ser quien era y que no dudaba del exito de su cita, un hombre sencillo, de rostro un poco abotargado y simple.
Eran las seis y cuarto cuando me decidi a entrar. Me acerque y el me miro pero no me vio, no siendo yo de la requerida altura de sus gustos, ni siquiera al detenerme junto a la mesa. Solo cuando comence a hablar hizo un gesto de fastidio, como si yo le asustara la caza o le impidiera descubrir la presa. Un gesto de fastidio que se transformo en sorpresa al oirme decir: 'Disculpe, usted es Ernesto, ?no?' No debia de llamarse Ernesto, Ernesto era su nombre de guerra, como Dorotea lo era de Adelita, un nombre tras el que se escondia el, de otro modo no habria sido tan evidente su asombro.
'?Quien es usted?', pregunto, inquieto. Era evidente que no era a mi a quien esperaba, ni a quien habia dado su nombre.
'No, no soy Dorotea', le dije, pero esto no le tranquilizo.
'?Puedo sentarme?' No espere respuesta y ocupe la silla que tenia enfrente.
'No soy Dorotea, ya lo ve.' Y sin dejarlo intervenir anadi: 'No se si usted tenia idea de queg Dorotea trabajaba en mi casa, de donde era guarda. Pero esto no tiene importancia. Creo que encontrarse con usted o con quien fuera pertenecia mas bien a un trabajo que hacia en sus horas libres, si he comprendido bien.' El hombre estaba profundamente desconcertado pero iba recobrando la sangre fria. Habia apagado un cigarrillo recien encendido y ya se habia puesto otro en la boca.
Con mucha logica, dijo: 'Si usted no es Dorotea, ?que hace aqui?' Pero casi en seguida cambio de talante, le pudo el sentido de honorabilidad que a tantos de nosotros nos han ensenado a salvaguardar: 'Oiga, no vaya usted a pensar…' No acabo de decir lo que yo no tenia que pensar. 'Yo soy un hombre casado y con familia, y no busco nada que no sea legal.
Quiero mucho a mi mujer, no crea, lo que pasa es que un rato de distraccion se agradece. No hay nada malo en ello. Por eso llame a Dorotea. No la habria citado en un bar de la estacion si fuera para otra cosa.' Con esta respuesta parecia sentirse mas satisfecho, pero era evidente que a su entender habia sido cogido en falta.
'Lo que usted haga con Dorotea o con quien sea no me incumbe, ni me interesa, ni sere yo quien lo censure. Lo unico que quiero saber es para quien trabaja Dorotea.' Se habia tranquilizado pero sus ojos no dejaban de otear el publico que iba y venia hasta mas alla de los cristales, como si aun tuviera la certeza de que, de todos modos, Dorotea habria de llegar. Luego se volvio hacia mi: 'Yo no tengo por que decirle nada', replico cerrandose en banda.
Comprendi que, con ese aire de pedir cuentas que habia adoptado, no lograria que hablara, asi que dulcifique la voz y el tono: 'Se que no tiene por que decirme nada, pero tampoco le perjudica darme la informacion que le pido.
Como usted ha dicho, no hay delito en estos encuentros, en cambio parai mi es importante saber lo que ha ocurrido en mi casa durante estos anos.' 'Pero si dice que esta chica ya no esta en su casa, ?que mas le da?' Lo mismo me decia Gerardo.
Habria sido lo sensato, ya lo se, pero insisti: 'Digame solo para quien prestaba sus servicios.' 'Para el que se los pedia, para quien va a ser.' 'Me refiero a la forma en que funcionaban los contactos. De que conocia usted a
