Esos objetos andan dispersos por quien sabe donde. Quiza bajo tierra, perdidos para siempre, o expuestos a la chamba de los arqueologos; quizas en algun pequeno museo provinciano, en una vitrina con una cartela que ofrece datos erroneos sobre su origen; quizas en manos de algun millonario que a veces incluso puede dudar de su autenticidad como antigualla; tal vez en el almacen de algun chamarilero, entre un mazo de revistas apolilladas de los anos veinte y una cafetera de los anos sesenta. ?Quien puede sospechar siquiera el rumbo que toman los objetos, que de por si son errantes?» Le pregunte entonces cual podia ser el interes de los veromesianicos por aduenarse del contenido del relicario, al no estar alli sino los presuntos huesos de sus presuntas majestades, no los presuntos atributos, que es lo que se supone que les interesa. Su alteza imaginaria se quedo pensativa. «Pues tienes razon, Jacob. Eres igual que tu padre: un geometra de la realidad.» Y anadio con maneras fatalistas y templadas: «?Quien puede descifrar los designios de unos sectarios?», y en eso quedo la cosa, pues nada estaba mas lejos de mi animo que el atosigar a Simone con problemas logicos, teniendo el ya el suyo atiborrado de las confusiones logicas de la edad.
Tras aquel coloquio, tia Corina le propuso al Falso Principe que se viniera a cenar con nosotros al sitio que el eligiera, invitacion que acepto, y ambos se pasaron la velada subidos a la maquina del tiempo. «?Te acuerdas de Julio Escapachini, aquel detective nigromantico que resolvia los casos por via sobrenatural?», le preguntaba por ejemplo tia Corina, y entonces el Falso Principe metia la mano en la chistera ajada de su memoria y sacaba por las orejas a un tal Teo Hill, que, cuando no lograba resolver un enigma, se pasaba varios dias vagando por ahi, envenenandose de ginebra, de luna y de mujeres, hasta que alcanzaba un grado sumo de delirio y tenia de repente una iluminacion que le proporcionaba una clave decisiva para resolver el enigma esquivo, porque se ve que al duende que tenia dentro habia que despertarlo a la tremenda. «?Que edad de oro, Simone!»
Tras la cena, tia Corina, como era jueves, se empeno en arrastrarnos a un casino, y me eche a temblar, porque no es lo mismo jugar en casa que en campo ajeno, de modo que no tuve mas remedio que acompanarla. Y en aquello estuvimos hasta las tantisimas, ganando a veces y perdiendo otras, porque se ve que la suerte andaba aquella noche equilibrada, cosa tan rara en ella, y tia Corina y el Falso Principe parecian dos muchachos felices y juerguistas, divirtiendose a costa de lo imprevisible, mientras que yo tiraba a melancolico, por esa vocacion que tiene mi animo de hundirse en cuanto puede, ignoro yo por que.
A la manana siguiente llame al Penumbra, pero no me hice con el. Supuse que estaria durmiendo, con arreglo al regimen vampirico que se le atribuye. Lo intente por la tarde, pero tampoco.
Era nuestro ultimo dia en Paris, antes de viajar a Colonia, y a tia Corina le entraron ganas de callejear, de modo que empleamos varias horas en ese deporte, a pesar de que no tengo espiritu de
Llame de nuevo al Penumbra y hubo suerte, siempre y cuando se pueda considerar una suerte el hecho de mantener una conversacion con alguien precedido de famas tan sombrias. Estuvo muy locuaz. «No des mi telefono a nadie. Y menos que a nadie a Cristi, ?entiendes?» Despues de esa exigencia, me aseguro que sabia quien andaba detras del asunto del relicario real. «?Quien?», pero me dijo que si queria saberlo, que fuese a Londres y que llevase bastante dinero en la maleta. Yo, como es logico, di por hecho que el Penumbra habria elaborado alguna suposicion descabellada, aunque nunca se sabe: la verdad de un misterio puede estar en manos del geniecillo loco de la aldea, porque los misterios no suelen tener muchos escrupulos. Como la vida consiste, en buena parte, en hacer cosas incomprensibles para uno mismo, concerte una cita con el para el dia siguiente en Londres, lo que significaba que habia que cancelar los billetes de tren para Colonia, via Bruselas, y sacar otros para cuando yo volviese, y aquello resulto ser una gestion mas liosa de lo imaginable, porque las agencias de viajes son los santuarios camuflados del teatro del absurdo.
La verdad de fondo es que me parecio conveniente mantener una entrevista en persona con el Penumbra, siquiera fuese para ponderar hasta que punto tenia el pensamiento desviado, segun se decia, y poder abatirme del todo con conocimiento de causa, ya que, a esas alturas, andaba yo de sobra convencido de que el plan estaba abocado a ser nuestra quema de naves.
«Me voy contigo», se empeno tia Corina, pero la convenci de que se quedase en Paris hasta mi regreso, porque aquello no suponia mas que un despilfarro y un engorro. «De acuerdo. Llamare a Simone para que me lleve a cenar a la Closerie des Lilas y asi poder sentirme un poco como una
Se me olvidaba referir que, entre merodeo y merodeo, aquella tarde le compre a un
En Londres esta sepultada una parte de mi juventud, por decirlo de un modo blandengue. Durante la decada de los setenta, iba yo mucho alli con tia Corina y con mi padre, por los tratos frecuentes que se traian con la ya muy mencionada casa de subastas Putman, de donde han salido algunas de las falsificaciones mas prodigiosas de toda la historia del arte en general y de las artes decorativas en particular, en buena parte gracias al taller de artesanos del que disponia la empresa por aquel entonces: una decena de virtuosos del escoplo, del buril y del martillo, capaces de dar a un par de kilos de plata la forma incontestable de un candelabro que hubiese pertenecido al duque de Saint-Simon, pongamos por caso, o de transformar un metro cubico de caoba en el bargueno de Blasco Nunez de Vela, primer virrey del Peru.
Aquellos artesanos, por cierto, debian de ser de talante festivo, pues eligieron como patrono al taumaturgo Abaris, a quien algunos suponen hijo de Apolo. (Fuese hijo suyo o no, el caso es que Apolo le regalaba cada ano una flecha de oro que le permitia volar como un pajaro y trasladarse a capricho a los infiernos, no se bien para que.) Abaris fue uno de los pioneros de la falsificacion artistica: con los huesos malditos de Pelope, hijo de Tantalo, tallo una estatua de Atenea que logro vender a los troyanos como talisman infalible para mantener la ciudad en situacion de inexpugnable. (Se me olvidaba decirles que, en un mal dia familiar, Pelope fue descuartizado por su padre y servido asado en un banquete, aunque fue devuelto a la vida por mandato de Zeus.) (Y, por lo demas, ya saben ustedes como acabo Troya, a pesar del talisman.)
Llegue a Londres por la tarde. Deje mi bolsa en un hotelito de la plaza Norfolk y me fui paseando hasta la libreria anticuaria de Lorry Brodie, que queda por aquella zona. A principios de los setenta, cuando aun eramos veinteaneros, Lorry parecia el rey rubio de la psicodelia y del
Como el tiempo es como es, hoy Lorry esta casi calvo y tiene bigote, vive con su segunda mujer y con dos de sus cuatro hijos, lleva chaquetas de pana o de tweed y regenta el negocio que fundo su padre, muy amigo del mio, ya que ambos compartian la devocion por las meditaciones del senor de Montaigne y el entusiasmo fatalista -o tal vez el fatalismo entusiasta- por la viudedad prematura.
«?Como va eso, Jacob?», y estuvimos un rato desempolvando el pasado, recordando situaciones de las que defendiamos versiones contradictorias, porque se ve que la memoria tiene mucho de caleidoscopio particular, y dandonos informes superficiales, en fin, de nuestras derivas cotidianas.
Le comente a Lorry el asunto que me ocupaba en Londres, pues siempre ha sido persona de muy alta discrecion y de entendimiento inmejorable tanto para las cuestiones practicas como para los vericuetos de las abstracciones, a pesar de sus fantasias de juventud, o quiza gracias a ellas. Le pregunte por la secta de los veromesianicos de Catania, de la que me habia hablado el Falso Principe, ya que Lorry es un avido lector de extravagancias y no hay asunto insensato del que no tenga referencia. «?Los veromesianicos de Catania? Si, por supuesto que se quienes son, pero creo que estan inoperantes desde hace mucho. En los ochenta aun coleaban,
