«?Tu eres partidaria de la pena de muerte?», le pregunte a la explosiva Solange. «No soy partidaria de la pena de muerte por la simple razon de que un dia me la podrian aplicar a mi», me contesto. En Madrid una de mis hazanas en ese tiempo habia consistido en beberme a medias con Solange una botella de ron que le habia regalado Sartre en Paris, al cual a su vez se la habia regalado Fidel Castro durante su visita con Simone de Beauvoir a La Habana. A la tercera copa le formule la pregunta existencialista de rigor: «?Te acostaste con Sartre?». Me conto algunos pormenores de la conquista. Su primera cita fue en el cafe de Flore, con la pipa interpuesta y los requiebros sinuosos a traves del humo con sabor a chocolate. Dado el cuerpo explosivo de la chica y la admiracion que sentia por el filosofo, apenas hubo preambulos. Solo una palmada en el trasero almendrado en la escalera de su apartamento en la Rue Bonaparte. «Fue en un sofa en la biblioteca, que parecia preparado como un altar del sacrificio. Nada que merezca la pena recordar, nada que se saliera de las palabras rituales, de las pautas previstas de un conquistador profesional. 'Je t'aime, ma petite mignone', ronroneaba en mi cuello, a mi, que le doblaba en envergadura; el, que era un pichoncito desplumado en mis brazos. Y yo le decia: 'O, meu pobrinho!'. Quiero ahorrarte detalles. En fin, una aventura para contarla el dia de manana a mis nietos. Alrededor de Sartre pululaban una docena de joven-citas que apacentaba la Beauvoir. Yo era demasiada mujer para un filosofo que en el ultimo momento solo estaba pendiente de quedar bien como galan maduro», me dijo Solange. «?Y no se te paso por la imaginacion rechazar su oferta?», le pregunte. «Imposible. Sartre era mi idolo y yo me habria considerado una infiel si no le hubiera rendido tributo.» Beber un ron de Fidel Castro, el libertador, pasado por el existencialismo de Sartre, compartido con una chica de singular belleza que llevaba dentro un caballo de fuego, me parecio una cumbre. Sucedio en un hostal del barrio de Arguelles, cerca de la casa de las Flores, donde en tiempos de la Republica Neruda y Garcia Lorca se disfrazaban de sultanas. Fue la primera vez que oia una bosanova con el titulo LachicadeIpanema.

Una vez cumplidas las practicas de alferez en el Inmemorial, sin oficio ni beneficio, segui obedeciendo el destino de mis zapatos por Madrid. Ellos me llevaban al cafe Gijon, a las Cuevas de Sesamo, a tomar patatas bravas en la plaza de Santa Ana, al bar de Cultura Hispanica donde acudian muchas chicas latinoamericanas, a los bailes de la Gasa do Brasil, hasta que un dia sin horizonte alguno me encontre en la cafeteria Yago, de la calle Princesa, con un cuaderno y un boligrafo escribiendo la forma absurda en que se mato en la vespa mi amigo Vicentico Bola, que pesaba mas de ciento cuarenta kilos.

Mientras esto sucedia, Jesus Aguirre comenzaba a triunfar en la iglesia de la Universitaria y en ciertos ambientes intelectuales se decia que habia un curita con el pico de oro que impulsaba por los aires a un tal Teilhard de Chardin, le disparaba con un dardo encendido y lo hacia caer desde las galaxias a los pies del altar abatido como una perdiz roja. Pancho Perez Gonzalez, fundador y propietario de Taurus en Santander, vendio la editorial al Banco Iberico y Jesus Aguirre comenzo a dirigir las publicaciones religiosas gracias a la admiracion que le tenia la mujer del banquero Fierro, su nuevo propietario, a la que habia confesado y absuelto de sus pecados, sin duda todos veniales.

1973

Sucedio en Madrid el milagro del copon de oro mientras Carrero Blanco volaba a los cielos.

La llamada generacion literaria del 36, compuesta entre otros por Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco, Camilo Jose Gela, Lain Entralgo, Torrente Ballester, Antonio Tovar y el mercantilista Rodrigo Uria, tenia la costumbre de reunirse una vez por semana a tomar cafe por rotacion en la casa de uno de ellos. Tambien asistia a esa tertulia el pintor Zabaleta cuando venia a Madrid desde Quesada, un pueblo de Jaen. Esta vez Torrente ejercia de anfitrion y Garcia Hortelano, amigo de Marise, una de sus hijas, aunque no pertenecia a esa generacion, era un invitado anadido, que enjugar de cafe tomaba gin tonic, segun su costumbre.

En esas tertulias caseras de media tarde se hablaba de todo y de nada, aunque cada uno de los contertulios estaba muy cargado de recuerdos. Sobre la muerte de Garcia Lorca podia hablar Luis Rosales, ya que el poeta habia sido detenido en su casa, en el numere 2 de la calle Angulo de Granada, donde se habia refugiado. Ridruejo podia dar detalles de su exilio interior en Mallorca y en Cataluna por haberse enfrentado al franquismo y del partido socialdemocrata que pensaba fundar. Cela pudo haber soltado cualquier animalada como un sargenton fascista con voz tonante, que dejaria apabullado al poeta Vivanco. Antonio Tovar ya habia repetido mil veces la escena de la entrevista de Franco con Hitler en aquel vagon de tren en la estacion de Hendaya en la que el intervino como interprete. Y tambien Torrente podia insistir en cualquier caso de monjas emparedadas en alguna sacristia de Santiago de Compostela, en algun crimen del dean y en otras milagrerias. A veces asistia a la reunion el fotografo hungaro Nicolas Muller y sacaba algunas placas.

Segun Garcia Hortelano, se estaba hablando en ese momento del libro que iba a sacar Lain Entralgo sobre el descargo de conciencia de aquella generacion que habia participado en la Falange, cuando la mujer de Torrente le llamo desde la puerta del pasillo. El escritor abandono el salon, circunstancia que aprovecho Garcia Hortelano para pedir otro gin tonic.

Al poco rato Torrente Ballester volvio desolado a la reunion. Traia una noticia extrana que al principio sus amigos creyeron que era una de sus historias de milagros. En la habitacion de su hijo Gonzalito habian aparecido debajo de la cama dos candelabros! de plata labrada y un copon de oro lleno de hostias. El escritor juro que no era una mas de sus ficciones magicas. Uno tras otro, todos los componentes de la generacion del 36 abandonaron las butacas y los sofas del salon para dirigirse al cuarto de la aparicion milagrosa. Ridruejo, el mas aventado, levanto las faldas del cubrecama y los demas doblaron el espinazo para ver lo que habia debajo piel lecho, y ninguno dejo de soltar una exclamacion de pasmo o de sorpresa. En efecto, entre los dos candelabros de plata antigua relumbraba el oro de un copon cargado de obleas? Nadie se atrevio a tocar aquel alijo prodigioso. Las hostias podian estar consagradas, en cuyo caso el hecho de tocarlas seria un sacrilegio.

Despues de algunas opiniones contradictorias y devaneos desesperados, en un acto de inspiracion exclamo Ridruejo: «Hay que llamar al padre Aguirre. Es el unico que tiene tablas para solventar este asunto». Camilo Jose Cela dio su parecer: «?Que cono, ese ya no es cura!». Otros protestaron. «?Como que no? Algun resabio le quedara.» Al final se pusieron de acuerdo y volvieron al salon. Lain Entralgo llamo a la editorial Taurus. Era pasada la media tarde y Aguirre ya no estaba en el despacho, pero la voz que contesto al telefono, un empleado llamado Sacarino, dijo que sabia donde encontrarlo. Lo mas seguro es que a esa hora el cura Aguirre estuviera en el pub de Santa Barbara. Alli fue a buscarlo un emisario, quien le dio el aviso de que le requerian para un caso de extrema gravedad en casa del escritor Torrente Ballester de la avenida de los Toreros.

Durante el camino Aguirre penso que le llamaban para dar la absolucion a algun escritor infartado de los alli reunidos, pero al llegar a la casa de Torrente Ballester no los encontro compungidos, sino a unos admirados, a otros preocupados, a alguno divertido y a Garcia Hortelano con un nuevo gin tonic en la mano. Explicado el caso de forma sucinta, el padre Aguirre pidio ver el alijo y fue acompanado por todos hasta la habitacion. Se arrodillo junto a la cama, alargo el brazo, cogio el copon y lo llevo hasta el salon y lo deposito sobre la mesa de centro, donde habia tazas de cafe y restaos de bolleria, Camilo Jose Cela habia cargado con los dos candelabros de plata, habia seguido al padre Aguirre y previendo la ceremonia que iba a tener lugar habia prendido las ocho velas con el mechero, y la mesa de centro se convirtio en un improvisado altar. Al amparo de la luz casi tenebrosa de los candelabros que echaba las sombras puntiagudas de los escritores contra las paredes de la estancia, como en la pelicula expresionista Nosferatu,el padre Aguirre reclamo la atencion de los presentes y con la voz debidamente engolada pronuncio con autoridad estas palabras: «La santa madre Iglesia, en un canon, que en este momento ya no recuerdo, dice que cuando se encuentren unas obleas fuera del sagrario, en caso de duda se considerara que estan consagradas, asi que procedamos como Dios manda». A continuacion pidio a todos los presentes que se arrodillaran porque iba a darles la comunion y todos consternados asi lo hicieron, pero dado que en el copon habia mas de trescientas hostias les advirtio que no iba a ofrecerselas una a una, sino en pequenos tacos para abreviar «porque el habia quedado con un amigo y no terminaria la ceremonia hasta la madrugada»; «Deberan ustedes sacar la lengua lo mas posible, disolver las formas en la boca, sin rozarlas con los dientes* y tragarselas sin masticar, ?de acuerdo?», advirtio.

Toda la generacion del 36 se arrodillo sobre las baldosas. Toda excepto Garcia Hortelano, que permanecia repantigado en un sofa con el gin tonic en la mano. El padre Aguirre, en medio del corro con el copon, les dio de

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