un tiempo que Jesus Aguirre utilizo para bajarse del taburete de la barra, ir al lavabo, sentarse a la primera mesa de la entrada» fumarse varios cigarrillos, tomarse otro biter Cinzano y simular que estaba leyendo muy interesado el diario
No obstante, paso una hora y no se presento ningun senor que le dirigiera una mirada que no fuera de asombro al ver a aquel joven con sotana en una cafeteria, un hecho extrano en aquella epoca. Jesus Aguirre se fue deprimiendo a medida que pasaba el tiempo, una vez que practicamente todos los clientes del establecimiento se habian renovado, incluso el turno de los camareros que atendian a las mesas. «?Desea usted alguna cosa mas? ?Esta esperando a alguien, padre?» Era una ironia que le llamaran padre, precisamente. Muy nervioso, pidio la cuenta y tuvo que abandonar el local para no perder el tren. En el camino a la estacion en el taxi, el locutor hablaba del gol que habia marcado Kubala a pase de Manchon contra el Sevilla de Campanal en el partido del domingo anterior, segun recordaba anos mas tarde, puesto que aquellos pormenores estaban grabados a fuego en el corazon humillado.
Lo intento por segunda vez, siendo ya editor, en una fiesta de Taurus en la terraza Martini de Barcelona, despues de haber pasado por el sotano de Gil de Biedma, tan negro como su reputacion, segun contaba el poeta en un verso. Eran los tiempos de la gauche divine. Estaba euforico y un poco pasado de alcohol. Antes de desembocar en Boccaccio para hacerse el malvado sobre los peluches de terciopelo rojo entre Carlos Barral, Jose Maria Castellet, Gil de Biedma, Oriol Bohigas, Teresa Gimpera y Terenci Moix, que actuaba de acarreador de chismes de mesa en mesa, Jesus Aguirre hizo una parada en el bareto Boadas, en una esquina de la Rambla, y excitado por el publico que abarrotaba el local marco el telefono que se sabia de memoria. El aparato no funciono. Los telefonos de Barcelona habian anadido una cifra, pero bastaba con marcar un prefijo determinado para solucionar el problema, segun le dijeron despues sus amigos en Boccaccio. Esta vez desde el santuario de la gauche divine entre la alegre algarabia de sus amigos, echo otra piedra en el estanque y al otro lado del hilo salto una voz de mujer muy amable, que permitio ser interrogada. El teniente coronel Prats habia sido trasladado a Madrid, a un cuartel de Campamento. Jesus Aguirre tomo nota de la nueva direccion.
Sucedio en la galeria de arte de Juana Mordo, en la calle Villanueva, durante una exposicion de los pintores de El Paso, en homenaje a Manolo Millares, muerto en agosto de 1972. Juana Mordo habia pedido a Jose Luis Aranguren que diera una pequena charla en la galeria para presentar su libro
Moviendo el hielo del whisky lentamente con la yema del indice en un piso de soltero de la plaza de Maria Guerrero, numero 2,varios anos despues de aquello, Jesus Aguirre aun recordaba el momento en que se presento en la galeria aquel caballero pulido y encorbatado, con un diseno exterior que a simple vista no se correspondia con el resto de la concurrencia, adornada con barbas y melenas, vaqueros, chamarras y zapatones. En las palabras de bienvenida Juana Mordo habia recordado la sorpresa que se llevo un dia ya muy lejano al saber que Aranguren existia de verdad y que no era un pseudonimo de Eugenio d'Ors y que precisamente en las tertulias de su casa en la calle Rodriguez Sampedro habia conocido tambien a Jesus Aguirre. Despues Jesus Aguirre hablo de su vieja amistad con el profesor desde sus anos de Comillas, de Munich y de la iglesia de la Universitaria. Al final de la charla, en la que Aranguren habia exaltado la figura de la mujer en la sociedad hasta limites orgiasticos, comenzo a sonar Boccherini en medio de un silencio ya tosido, y fue entonces cuando se abrio la puerta y entro aquel hombre en la galeria, se coloco de pie en la ultima fila, cruzo los brazos y fijo la mirada en Jesus Aguirre de forma obsesiva. «Sin conocerlo ni haberlo visto nunca, al primer golpe de vista supe que aquel hombre era mi padre»,confeso. Mientras el cuarteto de cuerda tocaba
Esta escena la recordaba Jesus Aguirre aquella tarde de 1977 mirando a traves de la ventana el ultimo sol que doraba los cipreses y acacias de la plaza de Maria Guerrero, en la colonia de El Viso de Madrid, cuando recibio la llamada de Pio Cabanillas, ministro de Cultura, su viejo companero del Colegio Mayor Cesar Carlos, en que de forma ambigua le insinuaba que la reina dona Sofia y el presidente Adolfo Suarez parecia que no pondrian ningun reparo a su decision de nombrarlo director general de Musica. Semejante noticia le hizo saltar de la butaca, pero Aguirre trato de disimular su euforia. No era elegante expresar tanta alegria y se sirvio del ardid de poner una condicion, por otra parte anodina. Solo aceptaria el cargo si lograba que Jose Maria Guelbenzu le sucediera como director de Taurus, algo que se consiguio sin ninguna dificultad, dado el talento y la ideologia del escritor.
La vida de Jesus Aguirre comenzo a tomar otra dimension a partir de ese dia. No es que la Direccion General de Musica fuera un puesto muy relevante, solo que le permitia entrar en politica y sobre todo conquistar el palco del Real y los proscenios del teatro de la Zarzuela, espacios donde solian posarse cisnes muy blancos, incluso alguno negro. Un jueves, despues del Consejo de Ministros, el telediario de la noche iba a dar la noticia y para ese minuto de gloria en que su nombre saltaria a las esferas celestes preparo una pequena fiesta en casa. Su amigo Pedrusco Diez cocino una inmensa tortilla de patatas y de ella dieron buena cuenta Javier Pradera, Andres Perez- Sierra y Alfredo Deano. Llegado el momento, Jesus Aguirre arrastro el televisor desde detras de la comoda de barco hasta la embocadura de la biblioteca y con un pincho de tortilla en el aire oyo que el locutor proclamaba su nombre. A continuacion alguien puso un disco de cuarenta y cinco revoluciones de Las Madres del Cordero, en el que se canta el cuple
