traves del mayordomo, la sorprendia con una llamada de telefono desde la habitacion de al lado para leerle un terceto de Dante, la asaltaba por un pasillo disfrazado de Pimpinela Escarlata con una mascara veneciana o entraba en su alcoba vestido de bombero. Tambien le dedicaba versos de propia cosecha. «Deshojare tus petalos con tino, / ?que guirnalda tan fresca en mis munecas!, / para que tu rocio vuelva a abrirlos / cuando el pulso enloquezca en mis sienes.» El libro de poemas Secreto a voces esta dedicado a la duquesa y fue urdido por Aguirre en diversas residencias y palacios, en Venecia, Ibiza, Liria, Monterrey, Las Duenas, Paris. «Tus pezones como granos de cafe…» En las cenas oficiales o reuniones de familias conocidas, donde por protocolo tenian que sentarse en mesas separadas, la duquesa no le perdia ojo, tal vez celosa al ver como triunfaba con su ingenio. Nunca dejaba de observarlo: «No se por que lo mira tanto. No se lo vamos a quitar», decian las amigas. Pese a las aguas de dulzura en que parecia navegar la pareja, no tardaron en surgir nuevos rumores malignos. Como de costumbre, no salio ningun desmentido de la Casa de Alba. Pero los chismes arreciaron. Entonces, por primera vez en su vida, Cayetana perdio los papeles e hizo unas declaraciones explosivas en las que aseguraba llevar con el duque una activisima vida intima. «Tengo un genio endiablado. Y cuando me pisan, salto.» La colera dio resultado y por un tiempo los dejaron en paz. «Nadie como yo la conoce cabreada, a veces la llamo Kommandantur», dijo el duque. Este enfado se debia a que corria la nueva maldad de que la duquesa habia sorprendido a su galante marido con un joven jardinero de palacio. El jardinero fue sulfatado como el pulgon del rosal y a Jesus su senora lo mando al exilio, un castigo que cumplio durante tres meses en el hotel Melia de Princesa, situado frente a Liria, desde cuya ventana veia la pradera de palacio, como en el suplicio de Tantalo, sin poderla alcanzar. Alli se bebio toda la melancolia hasta ser perdonado.

La tertulia de Parsifal de los sabados por la manana se habia trasladado a la pecera del restaurante Jose Luis y fueron Juan Benet, Javier Pradera y Clemente Auger los primeros en percibir que el deseo de tomar al asalto el palacio de Liria no habia sido mas que un sueno vano. Aguirre ni siquiera se ponia al telefono cuando llamaban sus viejos amigos. El proposito de convertir Liria en sala de conciertos para cuartetos de cuerda y en un lugar privilegiado de citas para intelectuales y artistas a la sombra de un Tiziano quedo en nada. En palacio solo tenia entrada franca Garcia Hortelano, al cual el duque le permitia que se fumara medio paquete de Ducados, echado en un sofa, mientras se nutrian mutuamente de maldades, unas bajadas de los altos salones, otras subidas desde el asfalto mas bajo.

Fuera de palacio la noche de Madrid, al iniciarse los anos ochenta, se habia convertido en la estampida de un bufalo ciego. El tiempo comenzo a trepidar bajo las pezunas de plata de aquel animal que venia huido del fondo de la posguerra y corria hacia el final de la historia. Empezaba la modernidad. En la trasera del cafe Gijon, sobre la boca de las alcantarillas, habia seres anfibios plantados con zapatos de charol, bata de saten, una raja a lo largo del muslo que dejaba ver las medias rojas hasta el liguero, con una gardenia en la sien y los senos de parafina palpitando en las tinieblas. Para llegar hasta estas flores nocturnas habia que aplastar un sembrado de jeringuillas.

Sucedio en un barrio maldito. El diario El Paisme habia encargado una cronica urbana de los nuevos seres que habian brotado en el asfalto en la noche de Madrid. Yo entonces trataba de ser un escritor comprometido con todas las catastrofes de la sicologia humana. Peleaba contra mi mismo por no sorprenderme de nada y como un buscador del cofre del pirata iba en compania de un fotografo por la ruta de sucios garitos, bares de ambiente, cuartos oscuros y trastiendas podridas levantando acta. Una de aquellas noches, apoyado en la pared de un callejon, un travestido agito el bolso como un lazo de vaquero para llamar mi atencion. A simple vista, a traves de los diversos estratos de cremas que llevaba en el rostro, parecia muy pasado de edad, frente a los jovenes donatelos semidesnudos que habia a su alrededor en cada esquina. Me acerque discretamente y me enfrente a su mirada ambigua. Aun en la oscuridad de la noche trate de reconocer aquellos ojos pintados con una plasta de rimel bajo las pestanas postizas. Llevaba alas de mariposa y algunas sedas llenas de vidrios. Vendia un amor fugaz en un portal por dos mil pesetas. En ese instante tuve aun el valor de preguntarle quien era, pese a que ya sin ninguna duda el me habia reconocido por la television y habia pronunciado mi nombre. Tarde un solo minuto en darme cuenta de que el rictus de su sonrisa me llevaba a un tiempo pasado. Era un companero de colegio, aquel condiscipulo tan listo que nunca queria acompanarnos a los guateques con las chicas del Loreto en Valencia, el que tenia siempre las replicas mas divertidas, el mas imaginativo en la primera rebeldia estudiantil, el mas guapo de la pandilla, al que las ninas adoraban inutilmente. Lo habia perdido de vista en segundo de Derecho. Despues de darme un abrazo, me dejo toda la camisa impregnada de un perfume gordo que me recordo al pachuli con que fumigaban con un aspersor los cines de barrio. Le pregunte que tal le iban las cosas. Me dijo que tenia clientes fijos, camioneros y aristocratas, politicos y jueces, de todo. No se podia quejar. Los sabados trabajaba en un cabare de la calle Atocha. Saco una tarjeta de su bolso de nacar. Comprobe que se hacia llamar Arturo, pero, me dijo: «Para ti sere siempre aquel Luis del colegio de curas, ?de acuerdo?». Un dia supe por el cerillero del Gijon que Luis habia venido a verme al cafe cuando ya estaba en las ultimas. Fue de los primeros en morir de SIDA.

La tarde del 23 de febrero de 1981, una banda borracha de guardias civiles, al mando de un teniente coronel con vi goton de zarzuela, asalto el Congreso de los Diputados y en aquella zarabanda patriotica, lejos de tirares al suelo, Suarez salto de su escano y se jugo la vida para salvar de las metralletas a su amigo, el teniente general Gutierrez Mellado, un gesto muy iberico por el que sera siempre recordado.

Ningun gesto de gallardia podra compararse al que este politico ofrecio a la historia al enfrentarse al golpista Tejero, y a su vez ningun militar, como Gutierrez Mellado, ha tenido la suerte de poder de mostrar su heroismo en un cuerpo a cuerpo frente al cuatrero con imagenes transmitidas en vivo y en directo a todo el mundo. El asalto del Congreso fue el ultimo capitulo de una pugna de la Espana negra por doblarle el codo a la democracia. Por fortuna, la historia se puso de parte de la libertad. Al general Gutierrez Mellado le pregunte que era lo que mas le habia molestado del golpe de Estado. Contesto: «Ver a unos oficiales con la guerrera desabrochada». El honor militar lo salvo este caballero.

El intento de golpe de Estado de Tejero purgo todos los fantasmas que la Transicion llevaba en el vientre bajo diversas formas de reptil. En realidad, Juan Carlos se proclamo a si mismo rey de los espanoles a la una de la madrugada del 24 de febrero de 1981 en el famoso mensaje por television. Corrian muchas anecdotas, ciertas o falsas, en aquellas horas de hierro. A las ocho de la tarde, mientras Tejero y sus secuaces tenian encanonados a los diputados en la Carrera de San Jeronimo, un equipo de Television Espanola, sorteando toda clase de controles militares, logro llegar al palacio de la Zarzuela para grabar el mensaje real. Juan Carlos se vistio con el uniforme de capitan general y quiso tener cerca a su hijo Felipe, que entonces no era mas que un nino. Los tecnicos de television preparaban muy nerviosos aquella operacion pilotada por el jefe de los servicios informativos, Jesus Picatoste, y en medio del salon lleno de cables el Rey lo presento a su hijo. «Felipe, a ver si adivinas como se llama este senor.» «No se», contesto el futuro Principe de Asturias. «Vamos a ver. ?Con que te gusta mojar el chocolate en el desayuno?», pregunto el monarca. «No se.» «Piensa, piensa un poco.» «No se.» «?Con un picatoste, con un picatoste! Asi se llama este senor tan importante.»

Al parecer, la devocion por el chocolate es una caracteristica de los Borbones, porque esa madrugada aciaga del golpe de Tejero, despues de una noche de zozobra, cuando a la salida del sol nadie sabia todavia si los carros de combate de la Acorazada enfilarian el camino de la Zarzuela, la hermana del Rey, la infanta dona Margarita, dijo a toda la familia alli reunida con gran desparpajo: «Puede que nos tengamos que ir otra vez al exilio, pero yo no me voy de Espana sin tomarme antes un chocolate con churros».

Un ano despues del golpe me contaba Juana Mordo en su despacho: «El 23 de febrero de 1981, a las seis de la tarde, tuve un infarto. Algunos creyeron que se debia al susto de Tejero; pero fue el resultado de una amarga aventura, cuando Jacqueline Picasso, que se habia pasado la vida diciendome 'Juana je t'aime, Juana je t'aime', porque habia educado en mi galeria a su hija Catherine, despues de estar todo apalabrado, el seguro pagado y el catalogo hecho, en el ultimo momento, por un simple ataque de histeria, se nego a entregarme los cuadros de Picasso para una exposicion que ya estaba en marcha».

La pregunta que en ese tiempo se formulaba la gente en television, en los bares, en las fiestas, en la radio y en cualquier parte y por cualquier motivo era ?donde te pillo el 23-F? Todos lo recordaban. Unos estaban enterrando a un muerto, otros se habian encerrado con su amante a cometer adulterio en un motel, otros se hallaban en el hospital recien operados, otros recogiendo a los ninos del colegio o fabricando una mesa, haciendo pan, esperando el autobus para volver a casa. La brutal astracanada de Tejero seguido por una banda borracha rompio la vida cotidiana, anonima, feliz o desgraciada de la gente. El duque de Alba dijo que esa tarde, al enterarse del asalto al Congreso, se puso el mono de proletario que heredo de su suegro y se paseo por los salones de palacio leyendo en latin las Metamorfosis de Ovidio.

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