Zapadores y uno de los pioneros de los campos de exterminio. No era moco de pavo. El consul estaba contento por dos motivos: porque veia posible, cerca, su salvacion y porque no hubo necesidad de envenenar a sus perros. Sus ayudantes cuidarian de ellos.
– Los perros llegan a quererse como seres humanos. En Alemania los utilizabamos mucho… Los habia formidablemente adiestrados.
– Yo quiero mucho al mio -apunto el doctor Chaos-. Aunque ahora corre peligro: se llama Goering.
– Ja, ja!
Ratos de buen humor, ratos de miedo, ratos de cansancio. El paisaje, a trechos, era siniestro. El agua no aparecia por ninguna parte. 'En Alemania, los rios…' Casuchas de barro. 'En Alemania, los castillos…' Paul Gunther idealizaba su patria. Era un microcosmos ideal, que se precipito a declarar la guerra. Hitler debio de haber esperado a tener las V-I y las V-II. Entonces toda resistencia hubiera sido inutil.
– En Espana tienen ustedes mucho trabajo… Claro que Franco, si todo se le pone de cara, puede darles un empujon.
Llegaron a la frontera de Portugal. En efecto, ninguna traba. Consul aleman… adelante!
– Quiere usted pasar? -le preguntaron al doctor Chaos.
– No, no… Yo me vuelvo a Madrid.
Los dos hombres se despidieron efusivamente, dandose un abrazo.
– Nunca podre pagarle lo que ha hecho por mi… -y el consul le abrazo de nuevo.
El doctor Chaos le vio partir. Habia pasado un miedo atroz! Y les pregunto a los aduaneros donde estaban los urinarios…
Mateo aprobo el tercero de derecho, con solo una asignatura pendiente: el civil. Se presentaria en septiembre. Manuel Alvear, por su parte, aprobo, con dos sobresalientes, el segundo del seminario. La gramatica y el latin se le daban bien. Habia pegado un buen estiron, por lo que su facha, pelado al rape, era todavia mas pintoresca. Cada dia se parecia mas a Paz. 'Pero en feo', matizaba esta. En la fotografia de fin de curso se le veia dos centimetros mas alto que los demas. Cara a las vacaciones, no podia quejarse. Tenia tres puertas abiertas. La del piso de la Rambla, donde podia jugar con Eloy, la de Paz y la Torre de Babel e incluso la del chalet modesto que Ignacio y Ana Maria habian alquilado en San Feliu de Guixols, para pasar las vacaciones y los fines de semana.
Y es que, todo el mundo queria a Manuel Alvear. Era un muchacho un tanto timido, que acababa de cumplir los doce anos y servicial como el que mas. A raiz de un incendio -tal vez, provocado- en la ermita de los Angeles, fue de los primeros en llegar y su actividad y eficacia llamaron la atencion de la Voz de Alerta y, naturalmente, la de mosen Alberto.
Este le habia nombrado su 'secretario particular', por las horas que se pasaba en el museo. Pero el chico se habia fijado, al parecer, otro objetivo: las misiones. Paso por el seminario un misionero, el padre Travessa, que llevaba veinte anos en la India y lo que les conto le esponjo el corazon. Ignacio le presto un mapamundi y Manuel localizo el lugar exacto donde desarrollaba el misionero su labor: Surat, al norte de Bombay, habitado por una colonia de leprosos. 'Esto es lo que hacia Cristo: curar leprosos'. El padre Forteza le estimulo. 'Como bien sabes, yo tengo un hermano misionero en el Japon, en Nagasaki. Claro que no se nada de el desde que alli estallo la guerra. Pero antes, era el hombre mas feliz que yo habia conocido'. Nagasaki… El nombre le gusto a Manuel. Casi mas que el de Surat, al norte de Bombay.
Por cierto, que el padre Travessa les habia dicho, en el seminario, que en la India tuvo ocasion de informarse a fondo 'sobre las otras religiones' y habia llegado a la conclusion de que todas procedian del mismo Dios, pero que el cristianismo era la mas adecuada para tener de El un conocimiento mas aproximado. 'Eh, que dices a esto? -le pregunto el chico a Ignacio-. Tu siempre hablando del budismo, del hinduismo y demas'. Ignacio se rio. 'Lo que debes hacer es terminar la carrera, irte donde el padre Travessa y comprobarlo tu mismo, a lo vivo. Un misionero que llega de alla que os va a decir? Que adoreis a Gandhi?'. Manuel quedo algo turbado, como siempre que la dialectica andaba de por medio.
Mosen Alberto le alento. 'Pero no te precipites. Todos, un dia u otro, hemos sentido ganas de irnos a misiones. La atraccion de lo exotico influye en esa direccion… De momento, a estudiar latin, el tercer curso y tiempo tendras para darte cuenta de si lo tuyo va en serio o es un sarampion pasajero'. Manuel le escucho, pero estaba seguro de que no era un sarampion. Tanto era asi, que habia cogido al vuelo una frase del padre Travessa: 'Para ir a misiones es muy util saber algo de medicina'. A raiz de esto, hablo con Moncho. El chaval, con toda ingenuidad, le conto lo que le ocurria. 'Dime lo que tengo que hacer. Y dejame mirar por el microscopio. Y ensename a poner inyecciones'. Moncho le atendio lo mejor que pudo y le dijo que Jaime, el librero, vendia unas laminas de anatomia a todo color, que podian serle muy utiles.
Manuel se presento en la libreria, con veinte duros que le habia regalado Ignacio. 'Quiero laminas de anatomia, a todo color'. Jaime puso cara de asombro y le acaricio la cabeza al rape. Y tuvo una mala idea: le vendio laminas del ojo, del higado y de los aparatos genitales masculino y femenino. Creyo que con ello trastocaria el espiritu de Manuel. Y no hubo tal. Excepto Eloy, que quedo hipnotizado ante el aparato genital femenino -el muchacho, en el estadio de Vista Alegre, se habia rnasturbado mas de una vez con sus companeros-, Manuel reacciono alabando la 'perfeccion del cuerpo humano', creado por Dios. 'Hay que ver -le dijo a Moncho- como funciona el ojo. Que maravilla. Y el higado… Y el acoplamiento del hombre y la mujer. Se necesita ser Dios para crear estos prodigios'.
Jaime, el librero, se hubiera llevado el gran chasco. Moncho, no. El tambien admiraba 'la maravilla del cuerpo humano', puesto que era capaz de buscar al microscopio sus reconditeces y sus sistemas de ordenacion y engarce. 'Anda, hoy podras poner un par de inyecciones… Y te dejare ver unas celulas enfermas, una gota de sangre atacada de leucemia'. 'Leucemia? Y esto que es?'. 'Una enfermedad mortal'.
Manuel, en casa de los Alvear, jugaba con Eloy. Al futbolin, al parchis, al ajedrez… Y le acompanaba a Vista Alegre, admirado de la elasticidad del 'renacuajo'. Y los dos crios acompanaban a Matias a pescar al rio Ter, aunque Matias se cansaba mas que antes. Y al regreso Carmen Elgazu les preparaba a los tres unos tazones de chocolate.
En casa de su hermana, Paz, era un cascabel. Le dolia la aversion que esta sentia por todo lo religioso -'eres una comecuras'-, pero Paz le replicaba con las mismas: 'Y a mi me duele que te hayan cogido por el pescuezo'. Las misiones! Seguramente lo que hacian era pegarse la vida padre… 'Estos frutos para mi, para vosotros la absolucion'. Manuel se enfurrunaba. 'Si hubieras oido al padre Travessa! Es un santo'. 'Hala, pimpollo. El santo es mi marido, la Torre de Babel, que trabaja como un bendito y me satisface todos los caprichos'. A Paz la compensaba un poco el saber que Eloy, en materia religiosa, era la mismisima frigidez. Iba a misa para contentar a 'tia Carmen'. Pero todo aquello de los obispos, los canonigos, las congregaciones y las monjas de clausura le parecia un mundo oscuro e inabordable.
La Torre de Babel queria mucho a Manuel. Tambien le regalo veinte duros: mas laminas en color. Se lo llevaba a Agencia Gerunda y, una vez, en casa de Padrosa, Silvia le hizo la manicura. 'Nunca me habian hecho esto'. 'Pues claro… Porque los seminaristas solo sois medio hombres'. Aquella frase se le clavo como un dardo. 'Por que dices eso?'. 'Por nada, chiquillo. Era una broma…'
Por ultimo, la casa de San Feliu, con Ignacio y Ana Maria. Ignacio, vacaciones salteadas, pues ahora era 'socio' de Manolo. No podian permitirse el lujo de dejar abandonado el despacho ni siquiera los sabados, que eran dia de mercado en Gerona y bajaban los clientes de los pueblos. Pero los dias que Ignacio libraba, y sobre todo los domingos, se resarcian.
Ignacio y Ana Maria se habian comprado una barca de remos, bautizada con el nombre de la muchacha. No les importaba ver, amarrado, el yate que antes fue de la familia Sarro y que ahora decia pomposamente: 'Roser y Marina', que eran los nombres de las esposas de los hermanos Costa. Tampoco les importaba ver el antiguo chalet. Mas bien se sentian moralmente libres, menos hipotecados. La barca Ana Maria se deslizaba suave por las tranquilas aguas del puerto, a poco que la impulsaran. Manuel era forzudo. Mas de lo que su presencia podia dar a entender. Remaba con vigor y ritmo innatos y saludaba a los demas barqueros y veleros que pasaban a su vera.
– Lo que voy a hacer -le dijo Ignacio-, es que una barca de pescadores te haga un huequecito y salgas con ellos a pescar una noche… Yo fui una vez y nunca lo olvidare.
