El acoplamiento fue feliz, sin traumas, hombre y mujer, y Ana Maria se sintio importante. Ya no le chocaria que los botones de los hoteles le llamaran senora. Era la senora de Alvear. Mientras desayunaban en el hotel, de prisa para no perder el tren que les llevaria a Madrid, leyeron en los titulares de La Vanguardia que el mando aliado habia decidido, en efecto, la toma de Sicilia y que Mussolini habia declarado: 'Si el enemigo desembarca en Italia, sera exterminado hasta el ultimo hombre en la linea de arena donde acaba el agua y empieza la tierra. Si ocupa un jiron de la patria, sera en posicion horizontal y para siempre!'.
Ignacio comento:
– A fuerza de amenazas al adversario, Hitler y Mussolini conseguiran que los aliados lleguen a Roma y a Berlin…
Ana Maria no contesto. Estaba ocupada pensando en su amor.
Por lo visto se les notaba que eran novios porque el revisor del tren, despues de taladrar los billetes les dijo sonriendo: 'Felicidades…' Ignacio se sintio generoso y le dio un cigarro habano de los que habian sobrado la vispera. El revisor, ante aquella 'pieza', no supo que hacer. Llevaba un ano con la picadura que le suministraban las mujeres que en los andenes repartian: 'Tabaco negro con peligro de muerte…' El revisor dijo: 'Si en algo puedo servirles, mi turno termina en Zaragoza'.
El tren andaba repleto hasta los topes y el dia se presentaba bochornoso. Ana Maria habia tenido la precaucion de llevar consigo un termo de agua fresca. Iban en primera clase; luego habia segunda y tercera. En su mismo vagon, solo una senora de aspecto sudamericano. A juzgar por las joyas que llevaba hubierase dicho que llegaba de un banquete oficial o de una boda de postin.
Ana Maria hubiera pagado billete doble para que nadie les molestase. Pero la senora estaba alli, leyendo una revista. El tren se paraba en cada estacion y subia mas gente, y mas y mas. Posiblemente ocupaban incluso los estribos. Ignacio, por la ventanilla, advirtio este detalle. 'Somos unos privilegiados, te das cuenta?'. 'Si, claro, es verdad…' Y Ana Maria reclino la cabeza en el hombro de Ignacio.
Este resistio hasta Massanet-Massanas, estacion de cruce. Alli la aglomeracion fue tal que el muchacho le dijo a Ana Maria:
– Perdoname un momento… No quiero perderme este espectaculo.
Ana Maria, aunque sorprendida y a reganadientes, asintio y se quedo contemplando el paisaje a su derecha. El tren arranco de nuevo e Ignacio, avanzando por los pasillos y diciendo sin cesar 'perdon' alcanzo los coches de tercera clase. Dios santo! Hubierase dicho que habian elegido al personal para que el muchacho meditara sobre las declaraciones optimistas del camarada Montaraz. Daba grima. Bultos negros, cuerpos esqueleticos, hombres sudando y tantos crios como pudiera acoger el profesor Civil. Llevaban sacos y paquetes de todas clases y poco antes de las estaciones importantes los tiraban por las ventanillas, donde eran recogidos por compinches que aguardaban la mercancia. Era el estraperto de 'a peseta el kilo', como lo llamaba el comisario Dieguez. Ninos de pecho amamantandose con fruicion. Gitanos. Muchos vagones diciendo: 'Reservado': las autoridades. En todas partes las autoridades tenian derecho de pernada. Ignacio sintio ganas de orinar, pero habia cola para ir al retrete. Cuando le toco el turno casi vomito. Vision excremental. Apreto el pedal del agua y el pedal estaba atascado. Del grifo no manaba una sola gota y el hedor era insoportable.
Ignacio logro salir del retrete y se detuvo ante un vagon en el que los pasajeros dormitaban, pese a los sobresaltos del tren. Las manos en el vientre, eran seres amorfos, indefensos. La cabeza les bamboleaba a derecha y a izquierda. Por la ventana entraba carbonilla, alguna mosca y ellos ni se enteraban. Uno de dichos pasajeros saco de un maletin una bolsa que contenia churros. Todo el mundo se desperto. Miraron aquellos churros, que apestaban, como si fueran la gloria. El hombre se los trago sin prisa, regodeandose y luego se puso en la lengua una pastilla de menta. El revisor paso: 'billetes, billetes' y no reconocio a Ignacio. Este pudo leer en la revista Fotos que el hombre de los churros desplego: 'Ni un hogar sin lumbre, ni un espanol sin pan'.
Ignacio dio por terminada su jira. Abriendose paso a codazos regreso a los coches de primera y por fin se reunio con Ana Maria, quien empezaba a estar impaciente.
– Perdona, pequena… Pero la excursion valia la pena.
Le conto lo que habia visto. Ana Maria le escucho con los ojos abiertos de par en par.
– Exactamente igual que un documental italiano que vi sobre la India -termino Ignacio-. Pero, claro, quienes practican el hinduismo creen en la reencarnacion. A partir de ahi, todo cambia. Si aceptan con resignacion su estado se reencarnaran en una casta superior. Los pasajeros de esos vagones de tercera no pueden esperar mas que la muerte.
La pareja se sintio incomoda. Recordaron la fiesta del dia anterior. Pensaron en la luna de miel que les esperaba y en el piso de la avenida Padre Claret. 'Hubieramos podido ir en avion', comento Ana Maria. 'No, no, tenemos que ahorrar. Ademas, a mi me gusta palpar las realidades'. La realidad era que una pareja de la guardia civil detuvo a dos muchachos jovenes, que los esposo y a empellones les obligo a bajar en Zaragoza.
Llegaron a Madrid a la caida del sol, sin comer apenas y sin que las teorias de Ignacio sobre el autodominio y el Yin y el Yang les sirvieran para nada. En Madrid, gran tumulto. Al asalto de los taxis -con gasogeno- y de los faetones a traccion animal. Consiguieron un faeton. Albricias! Les cupo todo el equipaje y respiraron aire libre. Sentado en el pescante, un ciudadano charlatan, con el latigo en la mano. 'Conocen ustedes Madrid?'. 'No, es la primera vez', improviso Ignacio. 'Pues abran bien los ojos y no se pierdan detalle'.
Durmieron en el hotel Bristol, en la Gran Via -avenida Jose Antonio Primo de Rivera-, donde tambien tenian habitacion reservada. Y a la salida se fueron raudos al Museo del Prado. 'Madrid es una ciudad habitada por un millon de cadaveres', habia dicho el poeta Damaso Alonso. No andaba descaminado. Era una prolongacion de la barabunda del tren, incluso en la zona del Palacio de Oriente. Podian contarse por centenares los vendedores ambulantes y los mendigos. Uno de esos vendedores tenia en el suelo una rata gris, articulada, que dandole cuerda avanzaba de prisa moviendo la cola. Ignacio compro un ejemplar. 'Eso le gustara a mi padre. Y daremos varios sustos a las gentes de pro'.
El Museo del Prado estaba muy concurrido, con muchos extranjeros. Sin duda se trataba de refugiados politicos, fugitivos de la guerra, que estaban de transito para Portugal o Africa del Norte. Tambien se veian uniformes alemanes, con su taconeo peculiar.
A Ana Maria le fascino el Greco, a Ignacio, Goya. Eran dos concepciones del mundo. El primero rezaba, el segundo blasfemo. Podia pintarse con arrobo o con furia iconoclasta. El Greco debia de ser tisico, Gbya, un chorro de humanidad, tal vez a causa de la sordera. 'A Goya le hubiera gustado pintar el espectaculo de los retretes del tren'.
No valia la pena mencionar nombres. Era tanto el arte acumulado en aquellas salas que bastaba con sentirse un enanito. Nada mas. Sin embargo, recordaron el contento de mosen Alberto porque muchas de las obras que durante la guerra civil fueron evacuadas a Suiza habian sido ya devueltas al museo. 'Tambien me dijo mosen Alberto -informo Ignacio- que las obras de la Galeria Nacional de Arte de Londres se encontraban a cien metros bajo el suelo, en precaucion de los bombardeos. Entre tales obras, la Venus del espejo, de Velazquez, que algunos comparaban a las Meninas'.
Les impresiono mucho Alberto Durero. Adan y Eva, desnudos, con un aura poetica, de mundo recien creado, dificil de igualar. Muchas crucifixiones y muchos frailes con capucha.
– Que tal andas de religion? -le pregunto Ana Maria.
– De religiones, querras decir… -Se acaricio el bigotito-. El cristianismo ha inspirado casi todo lo que vemos aqui, y mucho mas, de modo que es tan reverenciable como cualquier otra.
Ana Maria se quedo desconcertada, pero no era aquel el momento para polemizar. Ella tenia una fe firme y sabia que seria uno de los toros que con Ignacio tendria que lidiar. Pero estaban cansados. Tanta pintura destrozaba los nervios, era mareante. Decidieron salir al sol, que caia a plomo sobre Madrid. 'En todo caso, regresaremos'. Compraron las postales de rigor. Ademas, querian una reproduccion de tamano discreto de la Maja desnuda de Goya, pero les dijeron: 'Estan agotadas'. Ignacio comprendio que el mosen Falco de turno habia intervenido en la operacion.
