El Rastro fue otro mundo. Ignacio estaba convencido de encontrar alli el busto de Ramon Gomez de la Serna. En vez de esto, la posguerra en miniatura, con muchas cornucopias, retratos de antepasados -no seria, alguno de ellos, del tronco Alvear, Elgazu o Sarro?-, y toda clase de cachivaches, desde palanganas hasta espantaviejas.
A Ana Maria se le encogio el corazon. Habia tenido pocas oportunidades de conectar con la miseria. Tal vez fuera bueno que Ignacio empezara por ahi su 'reeducacion'. En el Rastro estaban a la venta los residuos de centenares de familias que en sus tiempos se amaron, se odiaron e hicieron tambien su viaje de novios. El Rastro era un cementerio mostrado al publico antes de que se lo comieran los gusanos. Ignacio dijo que seguir el itinerario de aquellos objetos seria un viaje apasionante. Ellos mismos hubieran comprado muchas cosas, a no ser por el peso y que debian ahorrar. Un pajaro disecado!: Mateo. Dibujos al carbon, caricaturizando a Churchill y a Roosevelt!: ideales para el camarada Montaraz. Habia unas pesas para halterofilia. Y un paraguas sin varillas. Y cartas de amor… Un hombre, sentado en un taburete, las escribia para las chachas. Ana Maria se entusiasmo. Aguardo turno y le dicto al escribiente un 'Querido Ignacio', seguido de una retahila de frases cursis. Luego le dijo a Ignacio: 'Pagala tu, que yo no tengo suelto'. Aquella carta Ana Maria iba a guardarla 'hasta que la muerte los separase'.
En el Rastro, Ignacio se acordo por primera vez de que su padre era de Madrid. Tal vez fuera cierto que entre los retratos viejos hubiera un Alvear. Vio un juego de domino y lo compro sin comprobar si faltaba alguna ficha: faltaba la blanca doble, que era la preferida de Matias. Ana Maria se quedo con una extrana Dolorosa que llevaba una sola espada clavada en el pecho.
– Tambien volveremos por aqui…
– Si, claro. Imagino que de noche las ratas vienen a celebrar sus grandes festines.
Todo discurria sin sobresaltos, incluidos El Escorial y el intento frustrado de llegar al Valle de los Caidos. Se necesitaba un permiso especial e Ignacio no quiso acudir a Salazar, como Mateo le habia recomendado. 'No me gustan los consejeros nacionales'. Fue una lastima, porque Ignacio recordo que Alfonso Reyes le habia ayudado a el en el Banco Arus al comienzo de la guerra civil.
Fueron a Toledo, y alli tuvieron una suerte inmensa: coincidir con una visita del Caudillo a la ciudad. Apenas si pudieron alcanzar las proximidades de la catedral -Ignacio se sirvio de su carnet de ex combatiente-, pero esperaron de pie en una de las calles por donde Franco tenia que pasar. Se enteraron de las precauciones tomadas. En todas las azoteas, un soldado con un fusil. Y lo mismo en muchos balcones. Previamente habian sido encerrados en prision los sospechosos. Motoristas por todas partes, guardias civiles. Sonaban las bocinas. Ignacio comento:
– Debe de ser horrible llevar tanta escolta para salir de casa… Los jefes de Estado y los reyes estan hechos de otra pasta.
Por fin pudieron ver a Franco. De pie en un coche negro descapotado, en compania de su mujer y de Carmencita, su hija. La multitud fue un clamor, que una compania de legionarios se cuido de controlar. Querian darle la mano, estrecharsela, besarsela, pedirle Dios sabe que. 'Franco, danos pan!', se oyo una voz. 'Franco, danos agua!', se oyo otra voz. Pan y agua… Los franciscanos. Franco se llamaba Francisco. Era -lo comprobaron Ignacio y Ana Maria- bajito y tripudo, pero de aspecto sanisimo y autosatisfecho. Saludaba al gentio levantando el brazo un poco menos que el camarada Montaraz. Sonreia, pero se hubiera dicho que se dedicaba la sonrisa a si mismo. Alli estaba el amo de Espana, el hombre providencial, 'la mejor estilografica de Dios', segun Garcia Sanchiz. Ignacio repaso in mente las loanzas que mejor recordaba y que habian aparecido en Amanecer: 'Enviado de Dios hecho Caudillo'. 'Espada del Altisimo'. 'El Caudillo es el Sol'. 'Es el hijo del Padre Todopoderoso'. 'Semidios inasequible'. Millan Astray habia dicho: 'Franco es el enviado de Dios' y Pilar Primo de Rivera: 'Franco, nuestro Senor en la Tierra '.
Ana Maria se contagio del ambiente y grito tambien: 'Franco, Franco, Franco!'. Ignacio se dio cuenta, pero se callo. Tambien el habia combatido por aquel hombre, a las ordenes de aquel hombre que ahora consideraba que Espana era su feudo personal. Asi que, mutis y aguantarse. Lo que ocurria era que al verlo fisicamente, tan pequenito -seria verdad que de nino le llamaban Cerillita?-, Ignacio no acertaba a comprender que tantos millones de subditos le pertenecieran. A su ver, cada dia que pasaba era un milagro. 'Bastaria dispararle con un revolver un tiro en la sien!'. Y Franco, al Rastro definitivo, que no al Rastro de mentirijillas. Que estaba haciendo Jose Alvear, por las cercanias de la frontera y matando guardia civiles? Que hacian Cosme Vila y la Pasionaria en una emisora? Y Julio? Y David y Olga? Que poca cosa, que cosa mas endeble era una vida humana. Acaso fuera verdad que el Caudillo era un semidios inasequible.
Aquello duro cinco minutos, nada mas. Se fueron los motoristas, se fueron los legionarios, los automoviles negros. Ana Maria agarro del brazo a Ignacio. 'Ignacio… me he emocionado! He recordado que este hombre nos salvo cuando la guerra civil'. Ignacio le acaricio la cabeza. 'Es verdad, Ana Maria… Es verdad'. 'Que suerte hemos tenido!'. 'Si, es cierto, este numero no figuraba en el programa… Habiamos venido a Toledo para visitar la casa del Greco'.
– Podriamos ir ahora…
– No me apetece. Estoy sudando a mares. Y la barriga me duele desde que, en el tren Barcelona-Madrid, fui al retrete porque tenia ganas de orinar…
Regresaron a Madrid y permanecieron cuarenta y ocho horas en el hotel Bristol. Acudio el medico, le receto a Ignacio unas grageas y le ordeno que bebiera grandes cantidades de agua. 'Una diarrea estival… Sin importancia. No coma nada hasta pasado manana'.
Ignacio tuvo uno de sus raptos de colera. Se hubiera dado de cabeza contra la pared. Luna de miel, y diarrea estival… 'Franco, danos grandes cantidades de agua!'. Ana Maria le cuido como si fuera un crio, como si fuera su primer hijo. Ni siquiera quiso ir al teatro o al cine. Le trajo periodicos y revistas. Los periodicos decian, en grandes titulares: 'Franco en Toledo. Las campanas voltearon en su honor'. Ignacio no oyo las campanas. Seria que ya le dolia la barriga… Ana Maria le trajo ' La Codorniz' y aquello -sobre todo, don Venerando- fue un balsamo tan milagroso como el fungus.
Una vez repuesto se fueron a la Ciudad Universitaria, donde mas o menos Ignacio calculaba que, de la mano de Jose Alvear, se habia pasado a la 'Espana Nacional'. No dio con el lugar. Todo habia cambiado. Ya no habia trincheras, ni tuneles, ni morteros. La Ciudad Universitaria empezaba a florecer. 'Vamonos… Pero aqui me jugue el pellejo'.
Visitaron tambien Segovia y Avila y se volvieron a Gerona. El calor les habia aplastado, aparte de que Ignacio notaba la resaca y que se habia acabado el presupuesto. Les sobro para hacer el viaje de retorno en avion. Ninguno de los dos habia volado jamas. Recordaron el comentario de Eloy: 'Ahi va! Espana es un desierto…' Efectivamente, lo era. Harian falta muchos embalses para reverdecer aquello, para que la tierra diera sus frutos como en tiempo de los arabes. 'Lo que ocurre es que, segun Jaime, construyen embalses donde no llueve nunca'. 'Eso es una bobada', replico Ana Maria.
En Gerona fueron recibidos como reyes, sin que nadie se enterara de la diarrea estival. La ratita articulada se paseo por el comedor del piso de la Rambla, ante el entusiasmo de Eloy y las carcajadas de Matias. Entretanto, Carmen Elgazu miraba fijamente a Ana Maria y pensaba para si: 'Si, no hay duda. Ana Maria es ya una mujer'.
CAPITULO XVI
