muerto. Asi que Ramon va estofando de anecdotas, imagenes, metaforas y colores las figuras de Quevedo y Lope. Se ve que lo que realmente le fascina de los clasicos no es lo que tienen de clasicos, sino lo que tienen de actuales, y les incorpora emociones y sucesos del Madrid de hoy. Por una parte, el clasico se va transformando, como decimos, en un bello objeto, en una especie de candelabro literario, y por otra se nos acerca con inmediatez de contemporaneo. Este desnivel es muy del descuido ramoniano.

Lo genial, en Ramon, es que consigue conjugar ambos niveles y que le aceptemos al Quevedo recamado de literatura y al Quevedo que es casi un socio elegante y golfo del Circulo de Bellas Artes paseandose por la Gran Via. Ramon sabe, en el fondo, lo que solo saben los poetas: que el tiempo es siempre igual y que las emociones son siempre las mismas. Prescinde, pues, de la distancia, y no queriendo enterarse mucho de erudiciones, se afana por intuir lo que les pasaba a Quevedo o a Lope en aquel Madrid que era un corralon empedrado con algunos adoquines de oro. Aqui tocariamos una de las cuerdas privilegiadas de la sensibilidad ramoniana: la emocion del tiempo, esa emocion que esta en Azorin, pero ya muy enfriada. Ramon, hombre primitivo, hombre en su circunferencia, tiene la intuicion general de que el tiempo esta quieto, de que el tiempo se abolsa en pozos secretos, como el petroleo, y toda su tarea de escritor consiste en ir descubriendo esos pozos.

El tema de los clasicos, para Ramon -como para Azorin-, es realmente el tema del tiempo. Esa fantasia realisima y desconcertante de imaginar a un hombre viviendo hace tres siglos. O cincuenta siglos. ?Que es el tiempo, como era el pasado cuando el pasado era actualidad radiante? Huyendo del tiempo cotidiano que fluye, Ramon conecta de vez en cuando con esa otra corriente de tiempo que no es corriente, sino enlagunamiento, tiempo parado, intemporali- dad. Cuando se ha tocado ahi, ya es facil ver vivir a Quevedo, a Lope, a los romanticos, a los clasicos griegos. Lo que creemos el tiempo no es sino nuestra impaciencia. Toda la obra de Ramon es una lucha contra la impaciencia, una lucha por conquistar su calma de gordo, su intemporalidad, el presente absoluto en que para el se mueven las cosas. Cuando realmente toca la calma (que no es muerte, como en Freud, sino presente total), es cuando mejor nos comunica esa placidez que es el aura de toda su obra, un aroma de vagancia al sol que le emparenta una vez mas con Heraclito. Todo fluye, si, pero esa fluencia no es sino la condicion dinamica de la quietud, puesto que todo fluye hacia ninguna parte.

Ramon busca corralones de tiempo donde estacionarse, y ahi es donde se encuentra con Quevedo y Lope, en su Madrid, de modo que las biografias le nacen tambien de una motivacion lirica, como las novelas, y no de una motivacion historica. Le nacen de la emocion del tiempo.

La biografia se escribe a partir de una motivacion historica, como la novela a partir de una motivacion epica -la lucha del hombre contra las instituciones- y la comedia a partir de una motivacion dramatica. Pero Ramon escribe solo a partir de motivaciones liricas. No hace sus biografias desde la Historia, sino desde la lirica. Lo lirico no es otra cosa que la emocion del tiempo. Ramon, en sus biografias de clasicos y romanticos, nos da lo que no nos dan historiadores, eruditos ni biografos de profesion: una intuicion y un bloque aureo de tiempo sorprendido.

11. RAMON Y LOS ROMANTICOS

Ramon -ya lo hemos dicho- no es un romantico ni un clasico. Es un anacreontico y, en todo caso, un primitivo. El primitivo que descubre la rueda trazando un circulo magico en torno de si mismo, como cuenta el que lo ha trazado al escribir su Automoribundia, circulo que compara con el que hace el que esta sentado «en el banco tumbal del parque con su baston». Pero Ramon recibe de lleno en el pecho la herencia reciente del Romanticismo, pues, como el mismo dice, «de que lejanos tiempos va resultando que soy».

Romantico es el clasico que se queda en mitad de la calle, desasistido del egoismo burgues. El que, como hemos escrito otras veces, al perder la proteccion de los principes, se erige el en principe de si mismo. El hombre moderno es romantico para siempre, desde Hamlet, porque ha perdido la fe en la armonia de las esferas y se sabe librado a si mismo. El clasicismo habia tratado de ordenar el mundo durante siglos. El romanticismo trata de revolucionarlo. De desordenarlo. Todas las doctrinas politicas posteriores, de derechas y de izquierdas, no han sido sino vanos intentos de devolver al hombre la confianza colectiva en si mismo y en el mundo. Pero la eclosion romantica vuelve una y otra vez con el surrealismo, con el existencialismo, con los movimientos juveniles y contraculturales de hoy. El hombre, definitivamente, ha renunciado a las dos opciones tranquilizadoras de la anti-guedad: el mundo esta bien hecho o el mundo esta mal hecho (pero tutelado por Dios). La opcion moderna es que el mundo, sencillamente, esta por hacer. Tiene que hacerlo personalmente cada hombre (no colectivamente, que eso es otra cosa). Asi, Sartre habla de la vida como proyecto, Rilke del Dios futuro hecho por los hombres y Heidegger del proceso de individuacion. Cada hombre nuevo tiene que hacerse el universo completo, y eso es romanticismo. En el underground y la contracultura, en la acracia y la psicodelia, los jovenes de hoy extreman el romanticismo hasta sus ultimas consecuencias. Estan tratando de salvar su individualidad frente a las colectivizaciones socialista y capitalista. Es la respuesta del hombre concreto al Estado absoluto.

Skinner y los conductistas hablan del Ambiente Absoluto como codificador de la conducta total del hombre, pero el hombre quiere ya ser irregular respecto de los demas y de si mismo, quiere significar y significarse, como los atomos observados por Einstein pegan saltos inesperados y contradicen sus propias leyes. Ramon es un romantico en la medida en que prolonga y mantiene la rebeldia de los romanticos frente a las instituciones, las ignora y se dedica dia a dia, durante toda la vida, a constituir su individualidad.

Hemos vivido una epoca en que ser diferente era pecado, pero hoy ya sabemos que la masificacion de uno u otro signo solo lleva a la burocracia y el consumo, cuando no a la masacre. La masificacion politico-comercial ha resultado tan culpable como el elitismo anterior a las revoluciones. En los treinta y seis anos de vida espanola que Ramon vive plenamente, tanto el fascismo como el socialismo amenazan con colectivizar al individuo y sus repentizaciones, y contra eso se defiende Ramon, intuyendolo como un primitivo, a veces, y a veces como un romantico. Su torreon de la calle de Ve- lazquez, con un techo de globos -siempre la circunferencia- le defiende contra eso. Ramon, que no es jamas un pensador en abstracto, sino que solo cuenta con el pensamiento plastico de los primitivos, ve que la vida espanola se va llenando de odio, por un lado, y de multitud por otro.

Por eso anora a los romanticos y a los malditos, a los primeros que levantaron una bandera o un poema contra el imperio de las burocracias de derechas o de izquierdas. Ramon mantiene intenso contacto y comercio con romanticos y malditos mediante lo que lee y escribe de ellos. Del mismo modo que Quevedo, vive en conversacion con los difuntos y escucha con sus ojos a los muertos. Baudelaire, Lautreamont, Nerval, Poe, Villiers de L'Isle Adam, Barbey D'Aurevilly, Larra. Nunca escribe un libro sobre Larra, pero si un largo prologo para el Figaro minutisimo de Carmen de Burgos. (Sin duda, por deferencia al libro de su amante, no hace el su Larra.) De todos estos y de tantos otros -tambien de Oscar Wilde- se ocupa Ramon en biografias, retratos, prologos o articulos. Le interesan unos escritores que entonces no interesaban en Espana, y que solo hoy, a finales del siglo que el inaugurara, empiezan a ser descubiertos por la juventud espanola.

Claro que Ramon no es un maldito, o en todo caso es un maldito del bien. Como ya hemos dicho en otro momento de este libro, a el no le recorre el viento del pesimismo, sino el del optimismo, de modo que su romanticismo optimista resulta una cosa anacreontica y dificilmente definible. Ha optado por la marginalidad, como los romanticos y los maudits, pero en su opcion no hay dramatismo ni gesto, sino una sonrisa con pipa, un confort de humo de pipa.

Si a los clasicos le lleva la fascinacion del tiempo, esta urna de lo distante que es un clasico, a los romanticos le acerca la fascinacion de la libertad, el sentirse pariente de unos hombres que tampoco querian ser burgueses de derechas, ni mucho menos burgueses de izquierdas. Pero en la bohemia, en el romanticismo e incluso en el satanismo, Ramon es siempre un maudit bonancible que solo se droga con tabaco de pipa.

No hay satanismo en Ramon, realmente, y lo poco que hay lo absuelve el a ultima hora por pueriles prejuicios religiosos de hombre sin capacidad para pensar lo abstracto, que se acoge en

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