balcon del Casino de San Fernando, aquella manana amanecio ya cuajada de verano.

Camino de 'Miralago', carretera adelante,Plinio y el veterinario hacian las reflexiones pertinentes sobre el tiempo.

– Fogosico apunta el dia.

– Y el sastre sin terminarnos los uniformes de verano. Este pano azul es una 'salamandra'.

Los pampanos de las vides verdeaban tensos, casi translucidos a uno y otro flanco de la carretera de Argamasilla. Enfilada la de Ruidera, a la derecha las choperas y alamedas del Guadiana. A la izquierda, el llano verde, las mieses doradas y las barbecheras pardas. El cielo, como una gran caida de luces inmirables. Unos kilometros mas alla, los hilos de vina trepaban prietos y simetricos por la barriga suave de rientes alcores.

Aquella anchura de horizonte, aquel despeje de campos despiezados a sus anchas, daba a los ojos hondura y respiro al animo. La albarda del cielo caia en campana sobre el terreno sin lindes. Los suaves toques blancos de los pueblos lejanos flotaban como trasgos alegres y mananeros sobre el lejano ribete del horizonte. Estaban proximos al pantano de Penarroya y al castillo del mismo nombre. Castillo que, como en el de San Servando, nunca paso nada digno de cronica.Plinto saludo con la mano a unos guardias civiles que estaban en la puerta de un barracon.

RevinabaPlinio que las tierras nuevas, las mieses en sazon y los verdes vinedos otra vez logrados en aquella manana, desmentian la historia de los hombres que fueron. Todo parecia como recien nacido. Aquella vieja geografia acababa de ser creada tras el mantillo purgativo de la noche. Las fabulas de sufrimientos y trabajos, de huesos enterrados y muias enloquecidas, de ruinas y fornicaciones, de explotadores y explotados las despejo la noche y el recambio de la naturaleza que es la primavera. Otra vez aparecia la mesa llana con mantel nuevo. Limpia la cristalera del. cielo y zumosa la tierra. Los verdes jovenes de la pampaneria nada sabian de la vida que fue. Y aquellas mieses que quebraba la hoz o la maquinaria, eran simbolos de un morir repetido que la naturaleza no se paraba a considerar.

El rio siempre mozo y remozado, entre los alamos y chopos remecidos, pasaba ignorante de las viejas acenas que se despatarraban desde siglos sobre el y de los batanes que callo la maquina. Eran algo ajeno que puenteo sobre el por pura anecdota de un tiempo.

Tampoco se resentia el melindre Guadiana de los regantes y pantanos. Todo lo vencio y venceria su porfia.

Las viejas y suculentas historias quijotiles fueron las unicas letras que no se trago el paisaje en su renacencia de cada dia y de cada primavera. Porque las letras bien hechas viven mas que las gestas verdaderas de los hombres con huesos mortales.

Plinio sentia como si por vez primera transitara por aquellos parajes tan queridos, por aquellas hazas volteadas durante siglos con los brazos de tantos de los suyos. La naturaleza respira muy por encima de los hombres, de las bestias y de las maquinas. Trabaja con esquemas tan alzados que el bulto de lo humano y sus cosas carece de poder.

Los hombres de un mismo pueblo – pensabaPlinio – son un manojo de cuerpos enredados por los cables de tantas muertes, de todas las muertes e historias comunes… Vidas e historias que se engulle la naturaleza cada primavera. Somos chinches inoperantes luchando con este imperio del cielo, con esta repisa de la tierra, que todo lo asimila y sobre todo triunfa en cada alborada.

Las vidas escritas y parladas; los hechos tristes y risuenos; los amores de carnes tiernas y jugosas; los canticos, sudores, explotaciones, espigas y uvas; partos humedos y mortajas secas; reatas de muias nuevas y de aquellas otras historicas que al sol se calcinan… todo se lo entripa esta maquina silenciosa y suave al parecer, esta gran despectiva que es la naturaleza.

Las trias que dejaron los coches de los muertos y los carros municipales, el mas grande crimen y la mas entranable biografia, bastan unos dias para que el campo los arrugue en el panteon infinito de sus aires azules.

Solo en los pueblos, donde hay casas, iglesias y muebles y fuentes, columnas y humilladeros, la vida de los hombres se muestra mas remisa al borrador. Se engancha en cortinas y veletas, en nichos escritos, en callejones con tabernas, y permanece mas.

En los pueblos, las vidas preteritas duran. Las casas tardan mucho en ser derribadas. En los muros traseros de las iglesias los hombres hacen aguas durante siglos y el cementerio tiene osarios tenaces. Entre tabiques y campanas la vida humana se hospeda mejor. Y el tiempo tarda mas en hacer su agosto. Pasan primaveras y amaneceres sobre las torres y todo cambia muy despacio. Las sotanas de los curas muertos siguen en los arcones, el sable de la guerra de Cuba todavia duerme en el camaranchon, y el vino anejo bosteza en las pipas. La madre, de cuando en cuando, mira las ropillas de su nino muerto y baraja los retratos color sepia de los abuelos barbudos…

El coche entro en terreno mas quebrado: curvas, cuestas, monte bajo de encinas canosas y carrizales vecinos. De vez en vez, manchas sanguinolentas donde se da el conejo albar, la perdiz color laurel y la rata chillona.

Cruzaron la aldea de Ruidera. Remolques y camiones con mieses. Hombres en mangas de camisa, ninos morenos y gritones, el borron vertical de un cura sobre las cales, culos mananeros de chicas en pantalones, y, en seguida, el agua verde-ojo de las Lagunas.

A la izquierda de la carretera, piedras vivas, tierras rojas, chalets nuevos y bloques de apartamentos rompian la naturaleza con su asonante geometria.

A la derecha de la ruta, aguas quietas, matriz del Guadiana. Aguas anchisimas que ni corren ni ondean. Ni mar ni rio. Aguas que se sangran por el pie y conservan la cabeza lucida. Los rios cantan y la mar marea, pero el agua de laguna es melancolia. Solo para mirarse la cara en sus espejos, ver marcharse la tarde paso a paso y recibir el amanecer en su bandeja. Las tardes junto a las lagunas son de anoranza… Tal vez las aguas no se hicieron para estar quietas, como ojos cansados.

Una tras otra: la del Rey, la Colgada, la Tinajilla…

Los bordes pardisuaves del monte enano que tapiza los oteros se copian en el agua verde. Un breve pinar. Fabricas de la luz, romero y tomillo a la par del camino. Un leve pescador blanco en la otra orilla. Don Quijote vio las lagunas con las linternas de sus ojos encendidas. 'Regato, monte, pradera'. Espejos de La Mancha. A la caida de la tarde parecen charcos de sangre parada. Por la manana, de ambar. Alguna vez, un viento leve, les pinta rizos, cosquillas de las aguas. Y, en seguida, quedan tersas. Por ellas viejas andanzas moriscas, Cervantes con su rumiar esceptico y consolador. Carlistas y liberales. Aqui cazo Prim. De vez en cuando un pintor, un poeta, cazadores y hombres con canas, batanes. Luego fabricas de la luz, ahora chalets y hoteles. Es igual, ellas espejan siempre asi.

Cruzaron Ossa de Montiel y toda un largo camino hasta dar con la finca, cuya casa estaba cercada por un pinar muy tupido y antiguo.

– Yo no se por que a esta casa la llamaron 'Mira- lagos' – dijo don Lotario – pues desde aqui, salvo que yo este ciego, no se columbra lago alguno.

– Caprichos, digo yo.

La casa desentonaba de las que suelen verse por aquellos contornos. Portico de columnas blancas, ventanales alargados en el primer piso, balcones en el segundo, tejado muy pino de pizarra, con mansardas y amplia escalera de balaustrada hasta la puerta principal. Se llegaba por un largo camino que rompia el pinar, y antes de topar con la fachada se abria en un jardin bajo, muy frances, con fuentecillas, cenadores y marmoles mitologicos.

Luego de bajarse del 'Seat' quedaron mirando el edificio.

– Desde que era chico no he venido aqui.

– Yo nunca – respondioPlinio-. Parece una de esas casas de campo que salen en las peliculas americanas.

– Algo asi. De la Guerra de Secesion, de Abraham Lincoln y esos.

– Desde el accidente famoso, aqui han venido contadas personas.

– Y tan contadas. Era raro para estas tierras el tal don Ignacio – confirmoPlinio.

– Es que, de verdad de verdad, no era de estas tierras.

En Tomelloso nunca hubo escudos ni nobleza. Pueblo nuevo, vivio en perpetua democracia agricola. 'Aqui – solia decirPlinio – no hay cascaras. El que no ha arao es que

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