gestion a las autoridades de su termino municipal solo la dilataria unas horas y me temo que saldria perdiendo. De modo que, bajo mi responsabilidad, haga el favor de acompanarnos. Tenemos coche.
– Ya lo he visto – confirmo con suave cachondeo… – Usted me ha preguntado que donde esta don Ignacio de la Camara y le he respondido la verdad, la autentica verdad. No lo se. Tome la administracion de esta casa en 1945, seis anos despues de haberse marchado el senor de la Camara. Me procuro el cargo su anterior administrador, don Felipe Consuegra, con el que trabaje el ultimo ano que vivio. Entre como auxiliar suyo. No conozco al senor de la Camara. No lo he visto en mi vida. Pasa largas temporadas en distintos paises. Especialmente en Inglaterra. Un par de veces al ano me manda instrucciones o evacua mis consultas, Pero nada mas se de el… Por Navidad me dijo desde Paris que iba a hacer un largo viaje por diversos lugares y que en el momento oportuno tendria noticias. Y hasta ahora. Esta manera de proceder es habitual en el. Es cuanto puedo decirle. ?En que mas puedo… servirles?
Hablo con ambas manos en los bolsillos de la chaqueta, con la pierna derecha un poco flexionada, la nariz tensa, los ojos fijos y la voz recortada. Y asi quedo despues de su pregunta, con cierto aire de superioridad forzada, a la vez que ingenua.
– Deseo ver fotografias de don Ignacio.
– ?Fotografias?
– Exactamente. Fotografias… Retratos – recalco el Jefe.
– Muy bien… Solo los hay de cuando era joven… Comprendera usted que a mi no me envia fotografias suyas – concluyo sonriendo con aquel extrano sarcasmo.
– Lo comprendo perfectamente.
Y luego de pensarlo un poco dijo:
– Siganme, por favor.
Volvieron al
– Por favor, don Lotario, sostengalo que me ponga las antiparras.
El administrador, segun su costumbre, estaba fijo junto a la chimenea. Manos en los bolsillos y pierna flexionada.
El Jefe, caladas las 'gafas, examino el retrato. Don Ignacio, mas bien alto, cabello rubio oscuro y nariz aguilena, miraba a Elizabeth sonriendole con elegancia.
– ?Que edad tendria aqui don Ignacio?
– Exactamente veinticinco anos.
Elizabeth era delgada, casi tan alta como su esposo. La cara muy pequena, los rasgos menudos, la nariz respingona, los brazos largos y en todo su cuerpo un sutil y elegante abandono.
El administrador, intrigado por aquel manejo, sin el menor disimulo se acerco a mirar las cartulinas que el guardia tenia entre manos.
– ?Quien es? – pregunto poniendo desmayadamente el indice sobre la tristisima cara del muerto.
– Ya lo ve. Un cadaver que nos han dejado los turistas en Tomelloso – contesto
– ?Y es que tiene que ver ese difunto con el senor de la Camara?
– Alguien ha dicho que ese senor es don Ignacio.
El administrador miro a los dos amigos, tratando de indagar si bromeaban.
– ?Tendra usted mas fotografias a mano?
– Si, si…-respondio verdaderamente interesado en el asunto -. Aguarden un momento.
Y salio rapido.
Cuando don Ignacio recobro el conocimiento despues del accidente, y en el momento oportuno fue enterado de la muerte de Elizabeth, se encerro en 'Miralagos' negandose a tener la menor relacion con nadie. Ninguno de sus amigos de Tomelloso volvio a verlo. Ni siquiera los trabajadores de la finca sabian de el. Ni contesto cartas ni recibia visitas. Su administrador, don Felipe y su chofer y criado ingles, Antony, que trajo con Elizabeth, eran las unicas personas que veia.
Por el pueblo se corrieron historias fantasticas, al parecer. Que habia enloquecido, que pasaba las noches llorando, que habia decorado toda la casa con fotografias de su esposa, que robo del Cementerio de Argamasilla el cadaver de Elizabeth y lo habia llevado a la casa de 'Miralagos'.
Con el tiempo, la gente se olvido del pobre viudo que nadie volvio a ver.
Asi transcurrieron los anos hasta 1939, cuando recien acabada la guerra civil se corrio la nueva de que don Ignacio, acompanado de Antony, y en el viejo y famoso coche del accidente de Penarroya, habia partido de La Mancha para un largo viaje. Luego se hablo de que vivia en el extranjero… Por fin, todo quedo como una antigua leyenda saturada de romanticismo.
Volvio el administrador con otras tres fotografias de buen tamano, que puso sobre la mesa. En una de ellas aparecia don Ignacio con
– Esta me la va a prestar usted unas horas para que la vea el forense.
– Muy bien.
– ?Usted cree que se parecen? – le pregunto
– No creo que tarden mucho en llegar noticias del senor de la Camara… Todo esto me parecen fantasias, y ustedes perdonen – fue su respuesta.
El administrador, de perfil ante la ventana, con los brazos cruzados en el pecho, habia quedado otra vez serio e impenetrable. Los miraba con desprecio y lejania. Como a algo que habia muy detras y por encima de ellos. Unas raras mariposas empezaron a revolar junto al cristal de la ventana. Parecia como si con los leves golpes de sus alas quisieran llamar la atencion de aquel barbirrojo inmovil que estaba tan pegado a los cristales. Un ambiente denso y dulzon flotaba en la biblioteca. Don Lotario miro a
– Bueno, nos marchamos.
El administrador no respondio. Echaron a andar lentamente sin dejar de mirar a aquel hombre como de cera. Llegaron a la puerta, miraron otra vez hacia atras… ?Por donde habian entrado las mariposas? Ahora estaban dentro de la habitacion, ante los cristales, y en mayor numero. Formaban una especie de guirnalda en torno a la cabeza pelirroja del administrador, que seguia con los ojos perdidos.
Salieron casi tropezando uno con otro al
– ?Leche! – grito.
– Siga usted.
– Dame la mano, Manuel, que me escono.
Se tomaron de la mano. Caminaban a tientas. Llegaron a una puerta.
– No se si es por aqui.
