aro su padre. Y desde luego de abuelo candorro nadie se libra.' Las mas empinadas familias tomelloseras se criaron junto al sarmiento y la rastrojera. Nadie podia sacar pergaminos de la gaveta. Los reyes jamas se acordaron de aquel pueblo de pardillos, primero ganadero, luego vinatero y por fin alcoholero, que todo se lo hizo a golpe de azadon y madrugones. Apartado de las vias maestras de comunicacion, vivio descuidado de politicas y tormentas. Rumiando a solas su mendrugo y haciendose su labor sin levantar la frente de la besana. Nadie fue nunca mas que nadie ni menos que el otro. Se consiguio un pueblo razonable, almacen de alcohol de los jereces, con su propia minerva y fatiga. Ni los ricos eran grandes, ni abundaban los pobres de solemnidad. Los nobles y ordenes militares que tenian predios y senorios en su termino, poco a poco fueron vendiendo picajos de tierra a los tercos tomelloseros, hasta que sus nombres y administradores desaparecieron de aquellos mapas.
Don Ignacio de la Camara Martinez fue el ultimo y tardio descendiente de los latifundistas fronteros que conservaron tierras e inmuebles en Tomelloso y su termino. Sus antepasados, vascongados y con casa solar en Campo de Criptana, durante siglos senorearon en grandes extensiones de la Mancha oriental, que generacion tras generacion fueron enajenando. En los tiempos de la madre de don Ignacio – el padre murio muy joven – les quedaba en Tomelloso una casa grande en el centro, una bodega en las afueras y partidas de vina muy razonables, que antes fueron monte, en la provincia de Albacete, donde a principios de siglo alzaron la casa llamada 'Miralagos'.
La madre de don Ignacio alguno que otro ano venia al pueblo en el tiempo de ferias y vendimias. Era una senora espigada y grave, de corte muy vasco, que vestia de oscuro y se apoyaba en un baston negro. Solia acompanarla en aquellos viajes a 'Miralagos' y a Tomelloso su hijo Ignacio. Eran gente tan distinta de lo comun del pueblo, que en sus breves estancias tenian trato con muy pocas personas.
Don Ignacio – que de 'don' le llamaban todos desde adolescente – era un verdadero senorito. Habia estudiado largos anos en Londres. Por su vestimenta, costumbres y buen fisico se le miraba con especial respeto. Verdad es que el solia mostrarse muy corriente y campechano, pero en seguida se echaba de ver que pertenecia a otra clase y a otro mundo. Los senoritos del pueblo, sus amigos, se hacian lenguas de su conversacion y modales. Junto a el se les notaba forzados y disminuidos. Sus trajes, automoviles, equipo para montar a caballo y sus alhajas; las bebidas que servian en su casa, los libros que leia y los periodicos que le llegaban de Inglaterra lo hacian un ser diferente.
Apenas concluida la vendimia, madre e hijo marchaban a Madrid o a Bilbao.
El ano 1925 fue clave, tragicamente clave para la biografia de don Ignacio. Su madre murio en Bilbao en el mes de enero. Y el, a los pocos dias, caso en Londres con Elizabeth, una chica inglesa que fue su novia desde sus tiempos de estudiante.
Nunca hablo de ella a sus amigos de Tomelloso. Parece que aquellos amores llegaron arriba contra la voluntad de la madre, y por acuerdo tacito eludian el tema.
Lo cierto fue que Elizabeth y don Ignacio, despues de largo viaje de novios, pasaron la primavera en 'Miralagos'. Luego de llegar avisaron a sus mejores amigos de Tomelloso.
En diversas ocasiones y lugares presento a Elizabeth, que segun referencias de los contemporaneos, sin duda idealizados por su tragico final, era tan exquisita y exotica que deslumhro a todos. Hablaba espanol, montaba a caballo y fue la primera mujer que se vio conducir un automovil por aquellos contornos.
Entonces la Virgen de Penarroya era Patrona, juntamente, de La Solana, Tomelloso y Argamasilla de Alba.
Una gran parte del ano la imagen permanecia en el castillo de Penarroya. A la romeria, que se celebraba al pie del castillo, concurrian gentes de ambos pueblos. Y eran sonadas las merendolas y diversiones que, pasada la funcion religiosa, se hacian en aquellos margenes.
Don Ignacio y Elizabeth, aquel ano 1925, asistieron a la romeria.
Elizabeth murio en el acto. Don Ignacio permanecio conmocionado unos dias. Algunos de los amigos que los acompanaban sufrieron magullamientos y heridas de vario pronostico.
… Y en este punto empieza verdaderamente la misteriosa historia de don Ignacio de la Camara Martinez.
– ?Que que quieren
– Ver al senor administrador.
– ?Que si es muy urgente? – anadio con ingenuidad.
– Si; digale usted que es muy urgente. Que soy el Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso.
La mujer, sin decir mas y un poco atemorizada, marcho por donde habia venido.
Todavia paso un buen rato hasta que abrieron la puerta principal, la del carillon. Abrio la misma mujer. Entraron en un
– ?Adelante! – se oyo.
La mujer abrio y dejo paso a los visitantes.
Era un despacho muy grande, con largos anaqueles de libreria, muebles ingleses, alfombras, tresillos tapizados con cuero rojo, gran lampara de bronce, grabados de motivos ecuestres; y sobre caballete un gran retrato al oleo de Elizabeth, hecho por un pintor espanol, sin duda sobre una fotografia.
Tras una mesa de lineas elegantes habia un hombre cuarenton, algo lleno, rubia barba corta y boca sensual. Vestia americana color miel y sueter rojo de cuello alto.
– Adelante – dijo sin moverse de donde estaba.
– ?Ustedes diran? – pidio el administrador sin la menor cortesia.
– ?Es usted el administrador de don Ignacio de la Camara Martinez?
– Si.
– Venimos de parte del senor Juez Municipal de Tomelloso a hacerle unas preguntas.
– ?Que preguntas?
– ?Desea usted ofrecernos asiento o prefiere que nos acomodemos por nuestra cuenta?
El administrador dudo un momento, pero en vez de decirles que se sentaran avanzo unos pasos hacia ellos.
– Usted dira.
– ?Puede decirnos donde esta don Ignacio de la Camara Martinez?
– No se.
– Ya he terminado el interrogatorio.
– ?Ah, si? ?Ya? – dijo el barbas con cierta burla.
– Ya. Pero haga el favor de acompanarme al Juzgado de Tomelloso donde todo va a resultar mucho mas facil.
– Esta finca pertenece a la provincia de Albacete – contesto con voz reticente.
– Ya lo se. Por eso hemos venido hasta aqui. Pero las autoridades de Tomelloso necesitan ayuda… no otra cosa – silabeo
