– Abre a ver… ?Que nervioso me ha puesto este tio!

Obligo la manivela. No cedia. Noto que habia una llave. La giro. Abrio. Poca luz. Unas velas encendidas sobre un altar. Aquello parecia una capilla larga y estrecha. Ante el altar y en la penumbra se veian unos bancos. Tupidas cortinas velaban las vidrieras plomadas. Plinio avanzo hacia uno de los ventanales y poniendose de puntillas corrio las cortinas de una de las vidrieras. Entro una luz discreta y agradable.

– Una capilla – dijo don Lotario.

Plinio, animado, corrio otra cortina.

– Mira – grito el veterinario, senalando a la derecha del altar.

Era un hermoso sepulcro de marmol blanco, casi rosa. En letras doradas ponia: 'A Elizabeth. Su amor'.

– Era verdad – musito Plinio.

– ?El que?

– Que se trajo el cadaver de su mujer.

Tocaron los marmoles. Plinio probo a levantar la tapa del sepulcro. Naturalmente no pudo.

– ?Pero que haces, Manuel? ?Que piensas?

– En esta casa lo piensa uno todo, don Lotario.

Dieron una vuelta por toda la capilla. Volvieron. Plinio quedo mirando con fijeza unas cortinas blancas, finisimas, que habia detras del altar. Paso tras el ara y las levanto.

– ?No te digo!-y las corrio de un tiron.

Todo el fondo de la pared estaba cubierto de fotografias grandes y pequenas de Elizabeth. Fotos de nina, de mocita, de mayor. En una grande aparecia con una crencha rubia muy larga, con la cabeza inclinada miraba un crucifijo que tenia entre las manos.

– Le digo a usted que estan buenas algunas cabezas.

Salieron alhall sin cerrar la puerta de la capilla. Asi les fue facil localizar la de la calle, la del carillon… Estaban seguros de que desde algun sitio los miraba el administrador. Al abrir la puerta de la calle quedaron deslumbrados.

A las doce del dia aproximadamente descabalgaron en un bar de Ossa de Montiel, famoso por las perdices escabechadas que en el se sirven. Desde 'Miralagos' vinieron obsesionados con la idea de tomarse alli una perdicilla remojada con aloque del terreno. Sentados tras la mesa del bar ossano, con la jarra de vino a tiro de brazo y las presas de perdiz entre los dedos churretosos, ya tenian otro semblante. Especialmente don Lotario, comia y tentaba el liquido con un jubilo ostentoso.

La luz del soleton no conseguia inundar al amplisimo local de la taberna, porque unos papelones azules velaban la cristalera de las puertas, dejando una umbria sedante. Las paredes estaban pintadas de verde rabioso.

Las mesas, alineadas junto a ellas. Unos taburetes servian de asiento. En el extremo, frente a la entrada, un mostradorcillo ante un anaquel con viejo muestrario de botellas de aguardiente, anisados, marrasquinos y conacs del terreno. En un hueco de pared, sobre una repisa, tres jaulas con codornices, que cuando se hacia silencio se solazaban con su 'palpala', 'palpala'. Como aparte de ellos y los pajaros no habia otro mortal que la mujer que cosia tras el mostrador, el ambiente era placido y silencioso… A veces, cuando Plinio callaba, cantaban las codornices.

Apuraron la perdiz, se chuparon los dedos a modo y cuando liaban pacienzudos sus cigarros, don Lotario, liberado y optimista, solto:

– ?Que que me dices, Manuel?

– ?Quite usted, hombre! Esa es la casa de Frankestein… ?Cono, que apano!

– Y el administrador tambien esta como una cabra.

– Hombre, treinta anos ahi no los aguanta cuerdo ningun mortal, aunque sea de la Ossa. ?Vio usted cuando al final se quedo como una estatua?

– Yo pense que le habia dado algun mal.

– No se, don Lotario, no se. Lo cierto es que yo senti un medio mareo. No miedo, a ver si me entiende usted, pero si una basca…

– ?Y las mariposas, Manuel? ?Que me dices de las mariposas?

– Yo creo que fueron una cosa natural. Pero alucinados como estabamos con aquel tarasco de tio barbudo, nos parecieron cosa de magia.

– Dejate de natural, que alli antes no habia mariposas. Y luego aquel volar alrededor de su cabeza.

– A lo mejor es que las tiene amaestradas. El hombre, digo yo, se aburre, y doma mariposas.

– No, no lo eches a broma, que alli habia su aquel.

– Si habia o no habia hay que olvidarlo. Usted es un hombre de ciencia y sabe que si uno empieza a darle vueltas a esas cosas de misterios, pica. Y yo no pico. La vida es como es: agua, tierra, sol y aire; carne, huesos y ni mas mariposas ni masna.

– Bueno, bueno, eso lo dices tu para contentarte y contentarme, pero alli habia su poco misterio.

– Y dale.

– Y claro que le doy. ?A que no te atreves a contar en el casino lo que hemos visto… y lo que hemos sentido?

– Yo hasta que no vuelva otra vez. y vea y sienta lo mismo, no digo esta boca es mia, porque a veces las cabezas se ponengueras.

YPlinio, como para cerciorarse del mundo concreto que gustaba, se palpo el bolsillo de la guerrera donde guardo la foto de don Ignacio en traje de bano.

Le dieron otra acometida al vino y quedaron absorbidos en sus cavilaciones.

Plinio se desabrocho la guerrera, se rasco su media calva y dijo de pronto:

– Querido don Lotario, ?sabe lo que le digo? Que en este asunto del muerto anonimo que tenemos entre manos hay algo que no funciona. Debe ser que estamos viejos y ya no olemos la pescadilla a dos dedos de la nariz. Mucho me temo que nos estan dando gato por liebre, pero a base de bien… En todas las inquisiciones que hemos hecho no tengo ni pizca de fe. Lo que se dice ni pizca. Si de todo esto saliese algo en claro, seria yo el primer sorprendido.

Plinio, caldeado por el vino, hablaba con una energia y rotundidad impropias de su proverbial cautela, aunque su oyente fuera don Lotario.

– Un muerto – continuo – embalsamado con todas las de la ley, como una momia de Egito; bien embalado en un cajon estupendo, cuidadosamente acuchillado – no se si se habra fijado usted -, para que no se aprecie la menor huella de procedencia… y metido en el camposanto. ?Por donde? Por una brecha abierta en la cerca durante unos dias. ?Que casualidad! Y ademas, enterrado en un nicho vacio y abierto (cosa rara), propiedad de una familia conocida… En todo esto, venga de quien venga, hay mucho mas calculo del que parece… Le digo a usted que estamos tocando el tambor. Yo me dejo llevar, pero con mas escamas que un besugo.

– ?Que supones, entonces?

– Le confieso que no lo se. Esto tiene pinta de ser asunto que excede las capacidades de un pobre Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso.

– ?Pero que dices, Manuel? Si tu eres el mas grande. Nunca has fallado.

– No diga usted esas cosas, por Dios y por su madre. Yo soy un pobre paleto que hasta ahora solo ha trabajado en casos de paletos… Pero estos son otros Garcias. A ver si me explico, don Lotario; para mi, este caso es como cuando uno lee un libro de esos que no entiende bien… ?O es que usted ha sacado algo en claro?

– ?Yo? ?Pobre de mi, Manuel! Lo que ocurre es que tengo en ti toda la fe del mundo.

Durante toda aquella manana no dejo de allegarse gente al Cementerio. Especialmente chiquilleria, viejos y mujeres haldoneras. Hasta las cuatro putas que por aquellos dias apacentaba la Bernarda: Rosario la Pinta, Pepa Julepe, Carantona Aguado y Salesa Rodriguez llegaron cogidas del bracete, los labios rojos y gran molineo de culos. Fueron tambien a guipar al muerto, por si un casual habia sido parroquia y podian echarle una mano a lapoli. Tambien aprovechaban la ocasion para poner bando con miras a la sesion de la noche, porque, como decia la mismisima Bernarda, los hombres o andaban descuartaos o se habian pasado al bando hombrosexual. Yerro o neologismo este de su invencion, que cundio por todo aquel termino de San Juan, cabalgo al de Montiel y, segun noticias verisimas, tenia ya eco en el de Calatrava.

Aquel puterio emparejado dio a la 'Sala Deposito' tal aire de chunga y esperpento, que hasta al pobre muerto parecia escurrirsele el labio hacia el rincon de la risa.

Вы читаете El reinado de witiza
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату