se sentaron en el patio para hacer un rato de vela.
No tardaron en llegar los periodistas de 'El Caso', que se sentaron junto al guardia y le hicieron en voz baja varias preguntas.
El 'grafico' pregunto a Plinio si seria oportuno hacer alguna foto del duelo y de la difunta. Plinio le respondio:
– No se lo aconsejo ahora.
El Pianolo y el Faraon hablaban entre si. El hijo, de vez en cuando, se secaba una lagrima.
Plinio, para sus adentros, sonreia al observar la nueva situacion del caso Witiza.
En cierta manera, don Lotario y el eran ahora los sospechosos de haber causado la muerte de aquella senora.
A pesar de la hora, seguian llegando amigos y vecinos que tomaban asiento despues de dar el pesame a los dos hombres. El estado de libertad provisional del Pianolo y su hijo hacia mas atractivo aquel velatorio. Los periodistas se fueron en seguida. Plinio y su companero se retiraron a las tres. En la esquina de la calle de San Luis cada uno tiro para su casa.
Cuando Plinio se estaba desnudando para acostarse habia olvidado, tal era su cansancio, los palpitos de la prima noche, sus discusiones con don Lotario y cual era, de verdad, la verdadera posicion de las piezas en el tablero. Cayo en la cama como un tronco anoso y se agarro a la almohada con furia de naufrago.
LUNES
Pero el sueno no estaba hecho para Plinio en aquellos dias de junio. Y la teoria de los palpitos parecia cierta. A las cinco de la manana aproximadamente comenzo a picar el telefono en su casa. Como era natural, el no lo oyo. Tuvo que ser su pobre mujer la que salio en camison hasta el aparato.
Despertar a Plinio no fue cosa facil. Hubo que zarandearlo muchas veces y decirle que lo llamaba Matias. Explicarle luego quien era Matias, que era un telefono y recordarle su obligacion ineludible de escuchar por el aparato negro.
Plinio tuvo el buen acuerdo de refrescarse la cara antes de tomar el auricular. El agua lo volvio un poco a su realidad de Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso.
– ?Que hay, Matias?
– Algo, y muy gordo.
– ?Que?
– He oido gentes que entraban y salian en el Cementerio. Ruido de coches, gritos y voces…
– ?Y quien son?
– No se.
– ?Como que no sabes?
– No, senor, que no me he asomao. Que he atrancao bien las puertas y ventanas y no me ha dao la gana salir.
– Pero bueno…
– Que no, senor, que no estan mis hijos y tengo mucho miedo. Y yo no soy policia, sabe usted, que soy camposantero.
– Pero tu deber es cuidar del Cementerio.
– Si senor, cuidar de las sepulturas y de los nichos, pero no de ladrones y creminales. Para eso estan ustedes los policias. Asi es que yo no he salio de aqui, ni pienso salir hasta que ustes vengan. Uno esta en su derecho de ser cobarde.
– ?Pero siguen los ruidos?
– No senor, ahora solo se oyen gritos lejanos de vez en cuando.
– ?Y que gritan?
– No se. Gritan.
– ?Y por donde han entrao al Cementerio?
– No tengo ni idea, ni pienso verlo hasta que ustes vengan, ya lo he dicho.
Plinio llamo a don Lotario y con genio de mil demonios y sin la menor curiosidad por los gritos del Cementerio, empezo a vestirse.
– Pues anda, rezongaba su mujer. Dichoso Cementerio. Os vais a tener que quedar a vivir alli.
Plinio se lavo de mala manera. Tomo un cafe con los ojos casi cerrados y encendio el primer cigarro con el gesto mas desabrido del mundo.
Don Lotario tambien llego con la cara color planta de pie. Como si en vez de estar ante un nuevo capitulo del apasionante caso Witiza, fueran al vulgar parto de una yegua.
Plinio monto junto a el, y tomaron el camino del camposanto, entendiendose o intentando entenderse con monosilabos.
– ?Y que dice que pasa?
– Gritos.
– ?De quien?
– No se. Y que gritan. Y que hay gente. Y que tiene miedo.
– ?Pero que miedo, pero que gente?
– No se, don Lotario, eso dice. Miedo, gente, gritos.
– No entiendo.
– Ni yo. El caso es no dejarlo a uno dormir.
– A lo mejor esto es el palpito que tenias anoche.
– Ya se me ha olvidao el palpito.
– Pues anoche estabas que pa que.
– Pues ya se me ha pasao.
– Mejor es asi.
– No se a que puede obedecer esto, si practicamente ya esta todo acabado. Cuando apiolen los de Madrid o los de Barcelona al Rufilanchas se concluyo la monserga. Nos traeran en un plieguecito la declaracion, enterraremos a Witiza donde se ordene, y se acabo la hazana.
– Ya estas otra vez con tus pesimismos. Anoche me dijiste que te escamo la llamada telefonica que hicieron al Faraon. ?Por que?
– Me escamo entonces. Sin duda estaba yo un poco excitado. Hoy, al menos ahora, recien levantado, no le veo ningun misterio.
Plinio ordeno a don Lotario que se detuviera junto al Ayuntamiento y a una de las parejas de guardia les ordeno subir al coche. Desde el Ayuntamiento hasta el Cementerio fueron en silencio.
En el porche del camposanto no habia nadie. Era el tercer dia que veian amanecer desde sitio tan funebre. La cancela tambien estaba cerrada con llave.
– No, por aqui no han entrado – dijo Plinio a don Lotario.
Como no se veia a Matias por parte alguna, y no habia forma de franquear la entrada, Plinio toco con mucha reiteracion el claxon del 'Seiscientos'. Al cabo de un rato se oyo una voz:
– Jefe, buenos dias.
Era Matias, que le saludaba tras la persiana de la ventana que daba al patio del Cementerio.
– Venga, ven y abre, miedica.
– Claro, usted no sabe…
– Venga.
– Ya voy, ya voy…
Matias abrio con tiento la puerta de su vivienda, y mirando con mucho cuidado llego, con el manojo de llaves en la mano, hasta la cancela del Cementerio.
– Que ya me he cansao de hacer de justicia… cada uno a lo suyo… yo solo soy enterrador – dijo, abriendo y sin alzar los ojos, como justificandose.
Plinio, seguido de los suyos, y sin contestar a Matias fue hasta la puerta del Deposito.
