Un ruido extrano que no supo identificar, pero que desde luego no correspondia a ningun roedor por muy gigante que se lo imaginara. En calzoncillos y frotandose los ojos salio al porche y circunvalo el edificio, el golpeteo se volatilizo entre los jirones de niebla, ?lo habre sonado?, una noche negra como la endrina ideal para darse de bruces con la Santa Compana, un silencio ominoso, nada, no es nada, pero tirito sin sentir frio, lo mejor es volver al refugio del lecho, una vez entre las sabanas volvieron los golpes ritmicos, fuertes, mas fuertes, al matrimonio se le acelero el corazon con el miedo a lo sobrenatural, a lo desconocido, Leonora inicio un padrenuestro, pero no llego a perdonar a nuestros deudores, el puno que golpeaba en la puerta, su voz tremebunda, pertenecia a un ser humano.

– ?Abran en nombre de la ley!

Abrio con el asombro en las leganas, si, parecian personas.

– Pero que cono quieren…

Hasta la cocina, comedor, sala de estar, entraron hombres de amianto con reflejos de charol, el naranjero por tarjeta de visita, no eran almas en pena.

– Arriba todos, es un registro.

– Oiga, esta es mi casa, ?que quieren?, somos gente de orden.

– ?Es usted don Delfino Mayorga Cela?

– Soy Laurentino, su hijo.

– Pero es su casa, la de su padre, ?no?

– Era, el vive abajo, en Villadepalos, en la herreria.

– Bueno, es igual.

El ruido seguia en aumento, ahora ya de naturaleza inconfundible, golpeaban con mazos las paredes exteriores de piedra, por fortuna la estructura del edificio de una sola planta era solida, la mas solida del pueblo, y se resistia, la vibracion provocada por los sucesivos impactos se notaba en la planta de los pies, de la pared frente al fogon se desprendio el calendario zaragozano, el cuadro de la ultima cena y la foto de boda, el Mayorga hijo no entendia lo que estaba ocurriendo, deseaba con todas sus fuerzas que fuera una pesadilla de la que pudiera sacarle Leonora con otro manotazo en la espalda.

– ?Que son esos golpes? Parelos.

– ?Que golpes?

– ?No los oye?

– No. Buscamos un alijo de armas, varias armas largas y una metralleta, su padre se pasa de listo reparandolas y sabemos de buena tinta que el Charlot prepara algo y las necesita, ?quiere entregarnoslas?

– Pero no diga bobadas, perdone, no queria faltar, no hay nada, somos gentes de orden, pero si mi padre se las repara a ustedes en el cuartelillo…

– Alla usted, tienen que estar aqui y vamos a dar con ellas.

Por desgracia no era un sueno y Leonora, sentada en la cama, tapaba los oidos de su hijita para que no se despertara y se muriera del susto, su propio miedo trataba de ahuyentarlo con una cancion de cuna, de los vasares se desprendian a brincos tazas, platos y fuentes trizandose contra el suelo, reforzando el tronar de los golpes exteriores.

– No hay nada, se lo juro, pero que pare quien quiera que sea, me va a tirar la casa, no hay ni un arma, se lo juro.

– Vamos a registrar.

– Pero esto no es un registro, es un derribo.

Mediocapa, el cabo, sonrio ensenando su dentadura de cascar nueces.

– Usted lo quiere. Adelante, muchachos, no dejeis piedra sobre piedra hasta que no aparezcan las armas.

Se concretaron nuevas sombras en el interior del hogar, estas sin uniforme, los mazos golpearon sobre las paredes, ahora desde dentro, la deleznable pintura se desprendia en panos inmensos dejando a la vista la piedra objeto de la visita, cuando arrancaron la primera, imprevista ventana por la que se colaron niebla y noche, Laurentino se dio cuenta, horrorizado, de lo que buscaban los alevosos huespedes.

– ?Que tal?

– Magnifica.

La miraron con atencion, la resobaron limpiandola y se admiraron de su peso, dureza y negritud, Laurentino vio claro que lo de las armas era una coartada, lo que querian era robarle los muros de su casa, como no se habria dado cuenta antes, era la casa mas solida y antigua de Cadafresnas, la habia construido el abuelo siendo nino, ayudando a su padre, un bisabuelo del que los muros eran el unico rastro, con un carro de bueyes bajaban las rocas de la cantera de encima del valle del Oro, pesaba tanto la carga que las roderas se hundian hasta el eje cuando llovia, su casa era una mina de wolfram, valia una fortuna y aquellos desalmados le iban a dejar a la intemperie, tenia que defenderse, pedir ayuda, le salio un grito tarzanesco:

– ?Socorro! ?Vecinos! ?Socorro! ?Me roban!

El primer culatazo lo recibio en la clavicula.

– Callate, imbecil.

– Quiero hablar con el teniente Chaves.

El segundo, en el estomago.

– Callate o sera peor.

Cuando le volvio el aire, grito desde el suelo:

– ?Socorro! ?Ayuda!

Algo parecido a una sirena le penetro frio y metalico en el subconsciente, un resorte que le dejo sentado sobre el colchon en que dormia, un movimiento tan brusco que Celia, al borde de la cama, cayo arrastrando sabana y colcha tras de si, la cama de matrimonio era ancha, mas para dormir cuatro se necesitaba una gran compenetracion y un no menor equilibrio nervioso. Jovino falto al articulo basico del reglamento no escrito, la luz siempre apagada, a oscuras ciertas dificultades se superan con mas facilidad: encendio el petromax. Eloy y Prisca se hicieron los dormidos.

– ?Que ha sido eso?

No supo ni como se calzo las botas, medio en suenos corrio en ayuda de quien la pedia a gritos, le sorprendio no ver a nadie mas corriendo junto a el, se desperto del todo cuando ya estaba en el centro de la refriega, los vio apaleando a Laurentino Mayorga en su propio domicilio, quiso intervenir y entonces fue cuando volvio a dormirse, lo que no le habia ocurrido en su vida de boxeador aficionado, k.o. en el primer asalto.

– De buena gana le metia un tiro en la nuca.

No es cierto que se oigan pajaritos cuando te dejan fuera de combate, lo que se escucha por dentro es el chirriar de la lobotomia, con un serrucho oxidado te parten en dos, entre dos, habia reconocido a Pepin, el Gallego, y a Lisardo, no tienen pelotas para rematarme, el techo desaparecio de su vista, caido, contemplo el oscuro del cielo cruzado por las sombras mas oscuras de las vigas de madera, en su dia poderosos castanos, y el absurdo fenomeno de las paredes disminuyendo en su silleria de wolfram a toda velocidad una piedra tras otra, ?y los vecinos de Cadafresnas, que?, ?donde estaban?, acangrejados en sus miserables guaridas, el miedo obnubilandoles las entendederas del hoy por mi y manana por ti, pocas cosas mas repugnantes que el miedo colectivo que impide la solucion de un problema tan facil de resolver en comun, trato de incorporarse dandose animos en voz alta:

– Arriba, Menendez, que no se diga.

Imposible, no tenia fuerzas, miro impotente al tambien derrumbado Laurentino y cerro los ojos. El Mayorga no queria ver, no daba credito a la paulatina disminucion de su hogar tangible, un terron de azucar deshaciendose en el cafe amargo de la noche, esta es una tierra como para acordarse de la Santisima Trinidad, en Suarbol, junto a la casa de sus suegros, hay una estela celta, un relieve en piedra que figura un individuo varon desnudo con la mano izquierda sobre sus genitales mientras eleva la derecha al cielo, estupidos arqueologos la interpretan como simbolo de la fertilidad cuando es el primer corte de manga blasfematorio del Bierzo, no estaba paralizado por el terror sino por varios huesos rotos, pasaron sobre su cuerpo caido las ultimas sombras transportando las ultimas piedras de su hogar, cobardes los depredadores avariciosos y mas cobardes los testigos mudos, malditos seais todos, maldijo en un solar sobre el que solo se sostenian

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