– En cuanto llueva se pasa, estoy seguro.

En el valle del Oro, Manuel Castineira, el Puto, se extenuaba en largas caminatas por entre los roquedales, con la fatiga fisica queria quitarse de encima el hormigueo que no le dejaba dormir, presentia que habia llegado su hora y el presentimiento le atemorizaba, su hermano murio de muerte natural, cuando le meten a uno un tiro en los sesos lo natural es morirse, pero antes le hizo un regalo, no me pillaran vivo, no soportaria una nueva paliza, tiro de revolver.

– ?Quitate del medio o te liquido, hijoputa!

El sacamantecas era bicho de cuatro pies, la loba recien parida le miro con desprecio e indiferencia, dio media vuelta sin hacer caso a la amenaza y se alejo digna, colgandole las tetas.

– La proxima vision sera la buena.

En Oencia, los reunidos en el bar de Sandalio discutian la circunstancia desestabilizadora, el tabaco mustio, el vino agrio y los naipes sin animo de puja.

– Es la electricidad, hay mucha electricidad en el ambiente.

– ?Que dice tu estacion meteorologica?

– Que va a llover.

Se trataba de un higrometro de capuchino, el fraile senalaba con un puntero en una columna el pronostico del tiempo, su delicado mecanismo interior era una tensa tripa de gato.

– Acierta como la cometa de Ancares, si se agita, viento, si se moja, lluvia.

– Pues me costo quince pesos.

– Algo habra que hacer.

– Y pronto, Carin el de Quilos ha desaparecido y eso no me gusta nada, algo traman.

Pepin, el Gallego, le habia comprado la Sarasqueta de dos canones y llaves ocultas a Tibur y ansiaba estrenarla.

– En cuanto le vea al ojitos de mago le tiro a dar.

– Solo si ocurre lo que me temo, muchacho.

En Cacabelos, en el casino provisional regentado por el Macurro, Gelon, heredero de don Angel, ahogaba sus penas en un malvasia gran reserva Guerra del ano cuarenta, mayorazgo por responsabilidad, pero sin derecho a la exclusiva, se enfrentaba al dilema de malvender la farmacia o estudiar la carrera para conseguir el titulo de licenciado dentro de la moratoria que la ley daba, a sus anos todo un trago. Se lo dijo al guardia civil.

– …y no puedo, hay mucho efluvio pernicioso, mucho.

– Cuando eructas, no te digo, es el alcohol.

– Que sabras tu, ?bebe, la vida es berebere!

Jacinto trataba de disuadirle de lo gratuito de la melopea, le tenia ley a los Sernandez, el padre le quito la solitaria con un sencillo truco, tras el purgante deponer sobre un vaso lleno de agua tibia, el parasito escapa del medio toxico intestinal y hunde la cabeza, ahi esta el quid, en otro medio cuya temperatura le es muy agradable, no sabia nada el recien finado.

– ?Por que bebes, di, por que bebes asi?

– Bueno, por dos motivos, el primero porque me gusta, el segundo, ?que cojones!, y el tercero te lo estoy explicando pero no lo entiendes.

Jacinto se dio por vencido, de uniforme no podia alternar con borrachos, «adios y suerte», el jamas heredaria nada, ni siquiera deudas, de buena gana colgaria la ropa si tuviera otro oficio del que colgarse.

A Olvido los efluvios magneticos se le coagularon en el estomago, un caso de conciencia imposible de digerir, habia llegado a la finca del camino de Carracedo jugando al escondite, acaricio al pointer, disfruto curioseando libros, cuadros, el piano de cola, la foto de Maude, la puerta que no se atrevio a abrir del recinto prohibido de la radio, y cuando llego el senor White, siguiendo el juego, se refugio en el desvan, en la pequena habitacion que le habian reservado a espaldas del propietario, el Ingles no debia sospechar de su presencia en la casa, al menos de momento, y al desvan no subia nunca, era el territorio de Carmen, la Pesquisa, frutas, embutidos, ropa tendida, si no circulaba de forma imprudente por un entarimado que delataba el menor traspies no habria problema.

Paso horas muertas en el pequeno cubiculo esperando a Ausencio, mirando por el ojo de buey el desfile de las nubes sobre la hermosa tierra cultivada, los dos melocotoneros mas bellos del mundo, enamorada e indecisa, si pudiera ser tan contundente como Carmen, si te lo propone, nina, largate con el, en la vida el amor es lo unico que cuenta, si no tuviera tantos escrupulos, si por fin llegara y de improviso, al oir su voz, perdio la cabeza.

– ?Estas ahi?

Abrio Ausencio la puerta del camarote y Olvido no se pudo contener, el instinto arraso, como un huracan arrasa las debiles cabanas de paja, los reflejos condicionados de una educacion pudorosa, debiles construcciones por cuanto no se esta de acuerdo con sus cimientos, se lanzo a sus brazos, con el impulso chocaron sus rostros haciendose dano ambos, perdiendo el equilibrio, cayeron sobre la cama turca que amenazo con ceder.

– ?Mi amor, mi vida!

– ?Mi aire!

Cuando se le acabo respiracion y beso y tras el inevitable reflejo de estirarse la falda, quedo a la espera de saber por que habia sido tan dulcemente secuestrada.

– Controlate, Olvido, tengo que hablarte.

– ?Controlarme? El amor es planta espontanea, no de jardin.

– A veces es mala hierba…

– Que siempre crece al borde de un precipicio.

La muchacha divagaba alegre, el joven preocupado. Y soy hijo perdido, sin salir de madre, como un rio que sigue creyendose su fuente. Y el amor me aconseja la piel como una esencia untada, como un tacto que ignora su materia.

– Menudo precipicio. ?Tenemos derecho a cometer errores, a correr riesgos, a querer vivir nuestra propia vida?

Seguian con las manos entrelazadas y Olvido se alarmo de la frialdad que notaba en las de su companero, las de alguien a punto de desmayarse.

– ?Que te pasa? ?No te encuentras bien?

– No mucho, es terrible.

– No me asustes.

– Tu padre ha muerto.

– ?No!

Olvido hundio su cabeza en el pecho del hombre en un gesto melodramatico de novela rosa, como suelen ser los impulsos sinceros que no han tenido mejor aprendizaje.

– Lo siento, es terrible.

La muchacha no fue consciente de su egoismo hasta mucho mas tarde, de momento el dolor por el padre se confundia con el cumulo de dificultades que provocaba con motivo de los funerales, de descubrirse la huida del colegio, de imposibilitar cualquier otro plan, estaban cogidos en su propia trampa.

– ?Que podemos hacer?

– Tengo que subir a la pena, voy a dar un golpe definitivo.

– Me da miedo, no subas, no nos hace falta.

Le miro a los ojos y supo que no podria disuadirle, reflejaban una decision tan inexpresiva y solida como una plancha de acero.

– Si quieres hacerte rico, sube a la pena, dicen, pero mucho me temo que la riqueza, sin ti, no me sirve de nada, Olvido.

– ?Por que dices eso? Estoy dispuesta a todo.

– Tendrias que dar un paso mas alla de todo.

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