debajo, mi nombre.
Era a primeros de agosto y la ciudad estaba desierta. Un vehiculo del servicio municipal de limpieza pasaba lentamente por la calle y regaba las aceras. Los pajaros-avion chillaban a decenas entre los tejados de las casas. Un gato con un collar rojo atraveso la calle. Yo no sabia adonde ir, asi que acabe en el parque. Era el lugar mas fresco que conocia. Habia algunos ancianos que paseaban al perro, muchachos que aprovechaban la temperatura suave para hacer jogging.
Me sente en un banco apartado. A poca distancia, sobre una fuentecilla de hierro colado, se posaban las palomas. Alargaban el cuello, por turno, hacia el chorro de agua. Veia como se llenaba el buche y como descendia el agua por la garganta.
Mas alla, una vieja con los pies envueltos en dos bolsas de plastico examinaba el contenido de una papelera. Olia las cosas y luego las tiraba. Tenia un rostro sereno, casi divertido. Quiza algun dia fue una persona importante, habia tenido hijos y los hombres se habian enamorado de ella.
Me habia preguntado siempre que es el amor, pero nunca que es la vida. Venimos al mundo y somos el himno mismo de la precariedad. Basta un virus un poco arrogante, un golpe ligero en la nuca para que nos deslicemos a la otra parte.
Somos un himno a la precariedad y una invitacion al mal, a hacernoslo mutuamente los unos a los otros. Una invitacion que hemos aceptado desde el primer dia de la creacion. La hemos aceptado por obediencia, por pasion, por pereza, por distraccion. Te mato para vivir. Te mato para poseer. Te mato para librarme de ti. Te mato porque amo el poder. Te mato porque no vales nada. Te mato porque quiero vengarme. Te mato porque matar me da placer. Te mato porque me molestas. Te mato porque me recuerdas que a mi tambien me pueden matar.
Todo en el mundo tiene su contrario. El Norte y el Sur. Lo alto y lo bajo. El frio y el calor. El macho y la hembra. La luz y la oscuridad. El bien y el mal. Pero entonces, si es asi verdaderamente, ?por que es posible decir: «Te mato» y no es posible decir: «Te devuelvo la vida»? La vida nacio antes que el hombre y ningun hombre es capaz, con su sola voluntad, de crear la vida. «?Muere!», podemos gritar, pero no: «?Vive!». ?Por que? ?Que se esconde en este misterio?
Mientras pensaba estas cosas, se me acerco un perro. Parecia viejo, tenia mechones de pelo blanco, el vientre hinchado por la desnutricion, la mirada cubierta por un velo opaco. Con fatiga se sento a mi lado. Tenia la boca abierta y respiraba ruidosamente.
«No tengo comida», le dije, pero no se movio.
El sol empezaba a pegar, asi que me puse bajo un gran castano de Indias. La copa daba una sombra agradable, bajo sus hojas zumbaban decenas de insectos.
El perro me siguio. No habia banco y me sente en la tierra. El perro se tendio a mi lado. Su respiracion parecia un fuelle.
«?Quieres una caricia?», le pregunte, poniendole la mano en la cabeza. Entrecerro los ojos con una expresion que parecia de felicidad.
El cielo sobre nosotros era azul como el fondo de una taza de esmalte. Ya no habia pajaros-avion sino solo alguna paloma que volaba fatigosamente. Mas arriba, el vientre plateado de un avion brillaba como un arenque. Luego desaparecio, dejando tras de si una franja blanca, larga y precisa como un camino en el campo.
?Hay senderos en el cielo?, me pregunte entonces. Y ?adonde llevan? Y ?quien los traza?
En ese momento el perro me dio la pata.
«?Nos guia Alguien o estamos solos?», le pregunte.
Tenia los ojos entornados, le colgaba la lengua. Parecia sonreir.
«Respondeme.»
EL INFIERNO NO EXISTE
I
He vuelto a la casa de mis padres, esa casa que durante tanto tiempo tu detestaste. Me ha costado abrir la puerta, habia oxido en el cilindro de la cerradura y la madera se habia hinchado por las muchas lluvias.
Cuando por fin cedio, tuve la impresion de encontrarme en un museo. O en una cripta mortuoria. Cada cosa estaba en su sitio. El aire era frio y humedo, con esa fria humedad que preserva del insulto del tiempo a las cosas que no viven ya. Sobre la mesa, en la cocina, estaba todavia el mantel. Encima, una jarra y un vaso. En la chimenea quedaban cenizas. En el brazo del sillon estaban las gruesas gafas de mi madre, junto a un ovillo de lana atravesado por dos agujas. Coronaba el televisor la foto de nuestra boda. Saliamos de la iglesia cogidos del brazo, tu de chaque, yo con un largo vestido blanco. En ese momento, alguien debia de haber lanzado arroz, porque tu sonreias y yo tambien. Pero sonreia con los ojos cerrados.
Fue mi madre la que eligio esa foto. Habia otras mucho mas bonitas. Se las ensene varias veces, pero ella se encabezono. «Quiero esta», decia, senalandonos con el dedo deformado por la artrosis. Yo insistia. «?No es mejor esta? ?O esta?» «No, no, quiero esta.» «Pero ?por que precisamente esta?» «Porque en esta eres exactamente tu.» Con la manga le quite el polvo a la foto. En los angulos del marco las aranas habian comenzado a tejer su tela.
Entonces me preguntaba que hacia a aquella foto tan distinta de las otras. Me lo preguntaba, y no sabia responder. En el silencio innatural de la casa, ahora lo sabia. Era yo, con los ojos cerrados. A pesar de no ver, bajaba la escalinata lo mismo, confiandome a tu brazo. No tenia dudas sobre la seguridad con que me guiabas.
«Solo ves lo que quieres ver», me habia dicho mi padre poco antes de morir. Era la hora del crepusculo y estaba ante el establo. Dos meses despues murio. Una noche el perro volvio solo. Al alba del dia siguiente, lo encontraron echado sobre el musgo. Algun animal habia comenzado a roerle las orejas.
Era a primeros de septiembre. Nosotros navegabamos a vela hacia la Costa Esmeralda. «Ha muerto tu padre», me dijiste, emergiendo de debajo de cubierta. «El funeral sera manana o pasado. No te da tiempo a llegar.»
Mi madre, por su parte, murio mientras estabamos en Singapur, en uno de tus viajes de negocios. En el pueblo nadie sabia donde estaba yo, asi que nadie pudo avisarme. Me entere a la vuelta.
Cuando estuve en el cementerio, sobre la tierra removida ya habia crecido la hierba. Era mayo y las zanjas todavia estaban llenas de nieve. Los arroyos saltaban de una piedra a otra, hinchados de agua. Las ramas de los alerces estaban ya cubiertas de tiernas agujas verde claro. El mismo verde luminoso de los prados. Aquella vez no pude experimentar grandes sentimientos. Quiza todavia estaba anestesiada por tu presencia. Mas que vivir, me miraba vivir.
Despues, por suerte, tambien moriste tu.
La manana en que te encontre tendido en el suelo del cuarto de bano, no fue muy distinto de ver un insecto.
Cuando todavia eramos novios, me hiciste leer
En el momento en que te vi en el suelo, desnudo, con las piernas abiertas, cuando vi la blandura fondona de los anos transformarse en rigidez, me volvio a la mente el mismisimo Gregorio Samsa. No te toque, pero estoy segura de que, si lo hubiese hecho, bajo mi pie habria sentido, no la carne, sino el caparazon quitinoso de un escarabajo.
La semana siguiente fue la mas dura. Tuve que llevar puesto el rostro abatido de la viuda. Habias sido un hombre importante y todos querian manifestarme su dolor. Cuando no soportaba mas aquellas frases de circunstancia, me iba al cuarto de bano y ?sabes que hacia? Me echaba a reir. Reia hasta las lagrimas, reia con la
