mismo al aire libre, sentado en un banco o tumbado en la hierba.

A la fuerza tenia que fijarme en ti. Yo cursaba el ultimo ano de magisterio. En verano, para ganar algun dinero, echaba una mano en el hotel. Me parecias distinto a todos los chicos que conocia. En la verbena del 15 de agosto, habia bailado con un cabo de los alpinos, pero no paso nada dentro de mi. Del unico varon de nuestra clase nos reiamos todas las chicas. Pero, cuando encontraba tu mirada, me ponia colorada sin motivo.

Estaba convencida de que nunca advertirias mi existencia. Entonces, una noche, cuando pasaba frente al columpio chirriante, me invitaste a sentarme. Me hablaste mucho y de muchas cosas, como una persona que se siente muy sola. No podia seguirte en todo. Mas que conversaciones, las tuyas eran elucubraciones filosoficas, mi preparacion de aspirante a maestra no me permitia acompanarte.

En el primer encuentro, te agradeci la atencion. En el tercero, la gratitud se transformo en orgullo. Me hablabas siempre de usted, como si yo fuera una persona importante.

Una semana despues, apartandome el pelo del hombro, murmuraste: «Ojos azules y pelo negro, labios rojos y piel blanca como la nieve que acaba de caer. ?Nadie le ha dicho nunca que es preciosa?»

No, nadie me lo habia dicho.

Como nadie me habia dicho la frase que usaste como despedida.

«?Se va a pasar la vida aqui ensenandoles a cuatro ninos con bocio?»

En vez de responder, balbucee algo confuso.

«?Nunca ha pensado que puede obtener mucho mas de la vida?»

«?Mas? ?Que?»

Habias subido el ultimo peldano, las puertas automaticas estaban a punto de cerrarse.

«?Todo! ?Si usted quisiera, podria tenerlo todo!»

Al verano siguiente, volviste por un par de semanas y sin tu hermana. Dimos largos paseos cogidos de la mano. Buscabamos siempre lugares solitarios y romanticos, lejos de miradas indiscretas. Nos sentabamos bajo el gran sauce que habia junto al torrente o en lo mas hondo del bosque de alerces, en el claro. Alli, en vez de intentar besarme como hacian los otros, te sacabas del bolsillo un libro y me leias alguna poesia.

A tu lado, habia aprendido a sentirme diferente. Habia aprendido a comprender mejor, a razonar mas profundamente. Te estaba agradecida por haberme concedido la osadia de tu inteligencia.

Aquella osadia, por fin, tambien me habia vuelto inquieta a mi. Ya no me bastaba mi vida de siempre. La que se abria ante mi, en el valle, ahora me parecia una variante de la cadena perpetua.

En septiembre de ese ano nos hicimos novios y en septiembre del ano siguiente nos casamos.

A mi padre no le gustabas. Mi madre, en cambio, se esforzaba en defenderte. «?Que mal te ha hecho el pobre muchacho? ?No te cae simpatico solo porque viene de la ciudad!» Entonces papa encorvaba los hombros. «No es eso», decia, y seguia tallando nerviosamente un trozo de madera. «?Entonces?», insistia mama. «No lo se», refunfunaba, «no me gusta», y se hacia aun mas pequeno.

El dia de nuestra boda yo ya habia aprendido a avergonzarme de ellos. El refrigerio fue servido en el jardin de la villa de tus padres. Grandes pabellones protegian las mesas suntuosamente servidas. Los camareros iban y venian con bandejas y guantes blancos. Por alli, perdidos, vagaban mi padre y mi madre: parecian comparsas que se habian equivocado de pelicula.

Al cortar la tarta, mi padre alzo la mano como para pedir un poco de silencio. En vez de pronunciar un discurso, se saco del bolsillo su vieja armonica y empezo a tocar una cancion tristisima. En ese instante, senti que mi odio hacia el se convertia en una verdadera fuerza fisica. «Papa, ?basta!», le bisbisee despues de unos minutos de tormento. Pero no me escucho, continuo durante un espacio de tiempo que me parecio infinito.

En la sala, unos suspiraban, otros aguantaban con dificultad la risa. La risa que luego estallo fragorosa cuando llegaron los perros de caza de tu padre y, aullando, empezaron a hacerle el acompanamiento.

Viaje de novios a Viena, cena con un violinista zingaro que tocaba solo para nosotros, el dormitorio. Durante el noviazgo, unicamente nos habiamos dado un beso, rozandonos apenas los labios. Tu delicadeza me habia conmovido.

Cerraste la puerta de la habitacion y me cogiste con fuerza por las munecas. Tus pupilas estaban inmoviles, parecian un pozo profundo que no se abria desde hacia anos.

«?Sabes lo que es el matrimonio?», me preguntaste, apretando con mas fuerza.

«Quererse», queria decir, pero murmure: «Suelta, me haces dano.»

«El matrimonio es un contrato. Ahora, y para siempre, seras una cosa mia.»

?Quien era el hombre con el que me habia casado?

III

He abierto la ventana para que se vaya la humedad. En el trastero, detras del establo, habia mucha lena cortada. La cesta todavia era solida, la he llenado y he dado un par de viajes.

En el pueblo solo quedan los viejos. Algunos me han saludado, otros han fingido no verme.

La iglesia lleva anos abandonada. Solo el 15 de agosto viene un cura, la abre y celebra el dia de la Ascension y luego se va en su utilitario antes de que la humedad le cale los huesos.

El cementerio empieza a ser invadido por los hierbajos, los padres mueren y los hijos estan en la ciudad o incluso en el extranjero. Una visita en noviembre es suficiente para la conciencia, pero no para limitar el vigor de la vegetacion.

Luigi fue mi companero de pupitre en la clase unica de los alumnos de elemental. Cuando ya llevabamos anos casados, me lo encontre en la ciudad, detras de la ventanilla de una oficina de correos proxima a casa. Era el mes de mayo. Para contarnos un poco como iban las cosas fuimos a tomar cafe.

Desde el coche, nos viste sentados juntos.

En las noches siguientes, no me dejaste dormir. «?Quien era? A mi nunca me has sonreido asi», gritabas una y otra vez, estrellando contra el suelo cualquier cosa que te cayera en las manos. Luego te encerrabas con llave en el salon y te ensordecias con tu musica de Mahler.

Yo ya esperaba a Michele, pero tu no lo sabias todavia.

Con los anos habia aprendido a conocerte. Me habia vuelto habil como un meteorologo que sabe prever los tifones. Yo podia prever casi siempre cuando y como se desencadenarian. Normalmente, tomaba todo tipo de precauciones para evitar el impacto mas violento.

Pero incluso los cientificos mas expertos se equivocan alguna vez. Creia que te tranquilizarias cuando te dije: «Espero otro hijo.» Me miraste durante un tiempo interminable. Luego murmuraste: «Ah, ?si? ?Y de quien es?», y me pegaste un punetazo en el vientre.

Naturalmente, nadie sospechaba cual era la realidad de nuestro matrimonio. En publico, en las ocasiones sociales, eras un marido intachable, galante, generoso, enamorado de la belleza de su mujer. Delante de los otros me mirabas con ojos radiantes, diciendo: «?No es una joya?»

Cuando estabamos solos en casa y necesitabas algo, me llamabas Blancanieves. Desde que supiste que esperaba a Michele, Blancanieves se convirtio en Blancazorra.

El dia de los dolores de parto tu estabas en Extremo Oriente en viaje de negocios. Fui al hospital sola, en taxi, y deje a Laura con la canguro. Los dolores se prolongaron mucho. Cuando vi que acudia el jefe de la especialidad, comprendi que no todo iba como debia.

«?Que hace?», preguntaba, palpandome el vientre, «?que esta haciendo?» Habia alarma en su voz. «Se ha dado la vuelta», respondio un ayudante. «Debe haberse enredado el cordon en el cuello.»

En el ultimo minuto, Michele habia decidido no nacer. En vez de la cabeza, a la vida le ofrecia los pies. Con lo que nos ligaba, intento estrangularse. Lo sacaron fuera in extremis.

Cuando lo pusieron sobre la mesa era violaceo y blando, abandonado como un trapo viejo. «No sale adelante», dijo una enfermera. Mientras el medico buscaba los latidos del corazon, su pequeno torax empezo a moverse.

Es dificil imaginar que quiere decir para una mujer tener un hijo, pues cada hijo es algo absolutamente distinto. Para unas puede significar alegria; para otras, solo desesperacion.

En aquel punto de mi vida yo estaba segura de que si Michele hubiera nacido muerto, yo tambien habria muerto poco despues. Asi como, en los matrimonios felices, los hijos son la prolongacion natural de la relacion, en

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