feroces. Grandes felinos, jaguares, tigres, leopardos. Los sorprendia siempre en el instante que precede al asalto de la presa. Habia concentracion en aquellos ojos verde-amarillos, en aquellos cuerpos agazapados, una concentracion que en un instante estallaria con fuerza inaudita. Parecia imposible que fueran dibujos de un chico de apenas diez anos.
Una vez le pregunte si podia enmarcar uno y colgarlo en el salon, pero reacciono con terror: «?No! ?No!», respondio con una insolita determinacion, guardando los folios en una carpeta.
Luego, la fase de los felinos fue sustituida por la de las cruces. Las hacia pequenas y grandes, distribuidas desordenadamente o repetidas geometricamente. Pero todas negras. Pocas veces aparecia algun elemento del paisaje. Un arbol sin hojas, una casa abandonada en medio del campo.
Un dia, mientras estaba en el colegio, cogi todos sus dibujos y se los lleve a una psicologa. Los examino con detenimiento. Tenia una mano en la barbilla y, de vez en cuando, me hacia alguna pregunta. Me importaban poco los felinos y el mar, pero me preocupaban las cruces. ?Que querian decir? ?Era normal que las dibujara un chico saludable de doce anos?
La psicologa imputo todo al sufrimiento al nacer. Esos instantes transcurridos entre la vida y la muerte debian de haber dejado un signo indeleble en su personalidad. Probablemente el nino no se daba cuenta, repetia acriticamente modulos religiosos aprendidos en la familia. Objete que ninguno de nosotros era creyente y que, al margen del bautismo, mis hijos no habian tenido ningun tipo de formacion religiosa. Parecio dudar. Volvio a observar rapidamente los dibujos y dejo caer: «Quiza sea esto lo que quiere decirle. Que le falta algo…»
Algunos meses mas tarde, por primera vez, Michele reacciono ante una de tus broncas. Lo hizo a su manera, naturalmente. Conociamos ya toda la escala de tu rabia, preveiamos cada una de sus etapas. Asi, un momento antes de la escena final -los platos rotos y las patadas en las piernas-, Michele doblo la servilleta, murmuro: «Perdonad», se levanto y se fue. Te quedaste de piedra por el estupor. Luego me miraste y corriste a buscarlo.
No estaba en su cuarto ni en ninguna otra habitacion. Se habia ido solo. ?Donde podia estar? Para no darte una satisfaccion, fingi una tranquilidad que no sentia, pero en cuanto te fuiste a la oficina, me precipite a buscarlo. Di vueltas por el barrio toda la tarde. Cuanto mas lo buscaba, me venian a la cabeza ideas mas negras. Pensaba en su ingenuidad, en su dolor, en todos los peligros que podia encontrar.
Volvi a casa poco antes de la cena. La casa estaba a oscuras. Encendi la luz del pasillo, decidida a llamar a los hospitales, y lo vi alli, acurrucado en un rincon. Era gracil, huesudo, tenia la cabeza entre las manos, sollozando. Me arrodille a su lado: «?Que te ha pasado, Michele?», repetia. «?Que te han hecho?»
«Nada», decia, sin descubrirse la cara. «Nada…»
«?Entonces por que lloras?»
«Lloro por Jesus», me respondio mirandome por fin a los ojos. «Lloro porque ha muerto por nuestros pecados y nadie lo comprende.»
V
En el aparador, aqui, en la cocina, hay todavia una foto de Michele. Debio de ser hecha en la edad del gran cambio. Esta en un prado, junto al abuelo y, con una hoz mas grande que el en la mano, le esta ayudando a recoger el heno.
En aquel periodo, esta casa se convirtio en su puerto seguro, su tabla de salvacion. Sabia que con los abuelos podia ser como era, no encontraba juicio ni desprecio, solo el carino de personas tranquilas. Tu nunca te habias preocupado de aquellas vacaciones con mis padres. Solo era, en el fondo, una manera como cualquier otra de quitartelo de encima. Pero, cuando te diste cuenta de que para el aquellos dias eran dias felices, empezaste a hostigarlo. Cada vez que programaba ir a verlos, inventabas algo o lo castigabas. La felicidad para ti era como un veneno, no soportabas verla brillar en los ojos de los demas.
A escondidas de ti y de mi, Michele habia empezado a frecuentar la parroquia. Habia un cura joven con el que se llevaba bien. Cuando cumplio catorce anos, sin decir nada en casa, hizo la primera comunion. Fui la primera en descubrirlo y procure mantenertelo en secreto cuanto pude. Un dia, sin embargo, al volver del trabajo, lo viste entrar en la iglesia.
«?Desde cuando frecuentas esos sitios?», le dijiste, en la cena. «?Es que te he dado yo permiso?»
Entonces el, con el subito descaro de la adolescencia, te miro directamente a los ojos. «He hecho la primera comunion. Y pronto hare la confirmacion.»
Por un momento temi lo peor. Pero permaneciste inmovil, perfectamente dueno de tus palabras y tus gestos.
«Ah, ?si? No me sorprendes. ?Que otra cosa podia esperar de un descerebrado como tu? Anda, ve a despellejarte en los bancos hasta consumirte las rodillas. No serias capaz de otra cosa.»
No se si por la edad o por las nuevas companias, Michele se estaba haciendo mas fuerte. Por primera vez desde su nacimiento, tenia amigos. Iba de excursion a la montana o pasaba las tardes recogiendo cartones y papel usado. En vez de dibujar, ahora cantaba. Ya tenia las llaves de casa y oia su voz antes de que abriera la puerta. El timbre estaba cambiando. Era de baritono en un momento y, un momento despues, parecia que dos trozos de cristal rechinaran a la vez. A mi no me molestaba, pero temia que te molestara a ti. Te hubieran irritado los gallos, las palabras, te hubiera irritado la luz pura que irradiaba de su mirada. Asi que, con mucho cuidado, fingiendo bromear, le dije: «?Quiza sea mejor que, hasta que no mejores el tono, no te oiga tu padre!»
Michele ya era casi tan alto como yo. Estaba delante del frigorifico abierto. Se encogio de hombros: «Paciencia», me respondio, «nadie se ha muerto nunca por un gallo de mas».
Ante su cambio, me daba cuenta de que incluso yo reaccionaba de un modo ambivalente. Por una parte, me hacia feliz verlo abrirse y, por otra, tenia miedo de que alguien pudiera aprovecharse de su fragilidad, de que alguien pudiera dominarlo: «?Con quien sales? ?Que haceis juntos?» Siempre me respondia con sequedad. Si yo insistia, decia: «Sigueme, si te interesa tanto.»
Una vez, mientras tu estabas de viaje en el extranjero, por darle gusto, lo acompane a misa. Estaba empenado en que yo oyera una homilia de su amigo. Por la calle solo me repetia: «No se puede escucharlo y permanecer indiferente. Ya veras, es como estar ante un muro. Si quieres seguir moviendote, tienes a la fuerza que cambiar de direccion.»
Nos pusimos en los primeros bancos. Hacia tantos anos que no entraba en una iglesia, que no recordaba ni una palabra. Para no desilusionar a Michele movia los labios, fingiendo rezar. El fragmento del Evangelio era la historia de un tesoro escondido en un campo. Michele estaba totalmente absorto, pero a mi me bullian las ideas en la cabeza. No podia hallar una razon clara para su cambio. La psicologa me habia puesto en guardia. Buscara compensar de alguna manera su fragilidad. Yo habia vivido durante meses con el fantasma de las drogas, el alcohol, la depresion y, en lugar de eso, se habia convertido en un muchacho devoto. Cada uno, me decia, encuentra como puede su forma de felicidad, hay quien se convierte en hincha de un equipo y quien va a la iglesia todos los dias. No conseguia liberarme de una sutil inquietud. ?Que era? ?Miedo a perderlo? ?Miedo a que tomase un camino que yo era incapaz de entender? ?O quiza una inconsciente forma de envidia, envidia de su credulidad, de que en su universo cada cosa hubiera encontrado su justo lugar?
Tambien yo, en los anos de mayor dificultad, habia intentado aferrarme a los altares. Al pasar ante una iglesia, a menudo entraba y me ponia de rodillas a los pies de una estatua. Pero aquella estatua siempre seguia siendo una estatua. Le preguntaba: «?Quien eres? Hablame. Ayudame», y no obtenia ninguna respuesta. Si me hubiera arrodillado ante un monton de botes de tomate en el supermercado, hubiera sido exactamente lo mismo. Siempre me habia dicho que la religion no es muy distinta de un cochecito de ninos. En el se sienta quien no puede andar por su propio pie. Con un carrito los movimientos son limitados, puedes andar adelante y atras, a derecha y a izquierda, pero no puedes subir escaleras o echar a correr por un prado.
Naturalmente, a Michele le ocultaba estos pensamientos.
Cuando salimos de la iglesia, me pregunto: «?Que te ha parecido?» Yo respondi del modo mas banal: «Muy interesante.»
De vez en cuando me hacia participe de sus reflexiones. Yo no debia ser muy habil en fingir porque, una vez, me dijo: «No pareces muy entusiasmada.»
«Te escucho con gusto», respondi, «pero, como sabes, tengo mis ideas y es dificil cambiarlas».
