las uniones minadas por la adversidad, se convierten en una especie de amarra a la que agarrarse con todas las fuerzas, una cosa pequena e indefensa de la que cuidar y que, a cambio de ese cuidado, nos restituye dia tras dia todo el amor que se nos ha quitado.

Tenia ya a Laura, es verdad, pero Laura era una hembra y, al crecer, habia demostrado que cada vez se te parecia mas. Soberbia en lo mas hondo, morbosamente amable cuando queria conseguir algo, sujeta a imprevistas explosiones de ira, Laura era tu preferida. Incluso antes de que naciera, yo sabia que Michele jamas recibiria un trato parecido.

Permanecio en la incubadora casi un mes. Cuando por fin me lo trajeron, tuve la impresion de coger en brazos a un animal de trapo. Alli estaba, volviendo los ojos acuosos hacia el techo, sin tension en el cuerpo, sin voluntad de movimiento. Tomaba la leche deteniendose con frecuencia, distraido, como si fuese presa de un antiguo cansancio.

Ocho dias despues, llegaste tu. Antes que tu, entro en la habitacion un gran ramo de rosas rojas. Cuando nos quedamos solos, acercaste la silla a la cama y cogiste mi mano entre las tuyas. «Lo siento», dijiste, «el nino nunca sera normal». Los medicos te habian revelado a ti lo que me habian ocultado a mi. «El cerebro», anadiste, «ha permanecido demasiado tiempo sin oxigeno».

«?Entonces?», grite.

Te encogiste de hombros. «Entonces nada. Tendremos otro.»

Aquel dia comprendi que dentro de cada madre vive un pequeno tigre. Cuando tenia tres meses, lleve a Michele a Milan a la consulta de un famoso neurologo. Examino detenidamente al nino, lo tocaba con circunspeccion, dandole la vuelta, como si fuese un hongo de cuyo veneno aun no se conoce la potencia.

Despues nos sentamos frente a frente. Se quito las gafas y me dijo: «No me gusta ilusionar a la gente. Indudablemente, seria mas facil, pero tambien mas injusto. Asi que le dire la verdad. El nino nunca podra hacer nada. Es practicamente seguro que no siente y su vista esta reducida al minimo.»

«?Me puede decir algo mas?»

«Una planta. Si se la alimenta, crece, se alarga hacia la luz, respira y sintetiza la clorofila, pero no se le puede pedir que hable o salte.»

Por primera vez, consegui oponerme a tu voluntad. Tu querias encerrarlo en una especie de asilo e ir solo en Navidad a acariciarle la cabeza. Yo queria tenerlo conmigo como hacen los canguros, los koalas, las madres de las zarigueyas. Le hablaba todo el tiempo, lo acariciaba, olia su calida piel de cachorro. Mientras tu y yo nos peleabamos salvajemente.

El dia en que lo llamaste «el pequeno bastardo» meti unas cuantas cosas en una bolsa y volvi a casa de mi madre. Ellos no sabian nada y lo trataban como a un nino normal.

Aqui sonrio por primera vez, la abuela le canto un trabalenguas y el se echo a reir.

A la semana siguiente viniste a recogerme. En una mano tenias un ramo de flores; en la otra, el paquete de una joyeria. Lloraste delante de mi madre como un hombre destruido. «Algunas veces soy demasiado nervioso», le dijiste, «pero no me merezco tanto. Y, ademas, Laura no puede dormir, tiene pesadillas, solo llama a mama».

Aquella noche, cuando nos quedamos solas, mi madre me hablo: «En el matrimonio hay de vez en cuando enormes escalones de piedra, los miras y piensas que nunca podras superarlos. Pero por ti, por los ninos y por la obligacion que has contraido, debes encontrar la fuerza para hacerlo. Y luego, cuando seas vieja como yo, miraras atras y ya no veras escalones sino solo prados llenos de flores.»

Al dia siguiente nos fuimos juntos. Michele atras, en su sillita, y nosotros dos delante: saludabamos a mis padres sonriendo y con la mano abierta. Yo todavia era joven y queria que mi madre tuviese razon.

IV

Una vez, en alguna parte, lei una historia. Hablaba de un mono y un escorpion. Habiendo llegado a la orilla de un gran rio, el mono decide atravesarlo a nado. Apenas ha metido una pata en el agua, cuando oye una vocecilla que lo llama. Mira alrededor y, a poca distancia, ve a un escorpion. «Oye», le dice el escorpion, «?serias tan amable de llevarme?» El mono lo mira fijamente a los ojos. «No tengo la menor intencion. Con ese aguijon, podrias atacarme mientras nado y hacer que me ahogara.» «?Por que iba a hacerlo?», responde el escorpion. «Si tu te ahogaras, tambien moriria yo. ?Que sentido tendria?» El mono piensa un poco y le dice: «?Me juras que no lo haras?» «?Te lo juro!» Entonces el escorpion sube a la cabeza del mono y el mono empieza a nadar hacia la otra orilla. Cuando esta casi a la mitad, siente de pronto un pinchazo en el cuello. El escorpion le ha picado. «?Por que lo has hecho?», grita el mono. «?Ahora moriremos los dos!» «Perdona», responde el escorpion, «no he podido evitarlo. Es mi naturaleza».

?Cual era tu naturaleza?

Durante anos intente comprenderlo. Pense al principio en una especie de trauma, un estado de sufrimiento psiquico latente que te impulsaba a comportarte de aquel modo. Estaba convencida de que, con el tiempo y la dedicacion, conseguirias superarlo y un dia tambien nosotros seriamos una familia banalmente normal como las de la publicidad.

Luego, con los anos, las fuerzas empezaron a debilitarse, las pocas que quedaban las use para defenderme, ya no intentaba comprender. Ya sabia que cada frase, cada gesto era un campo minado. Un adjetivo de mas, un adverbio fuera de su sitio y estallaria la tormenta. Andaba con cuidado, me movia con la estudiada lentitud de quien sabe que tiene un enfermo grave en casa y no quiere hacer ruido. Tambien los ninos habian empezado a moverse del mismo modo. Parecian dos lemures que, antes de lanzarse al vacio, comprueban la solidez de la rama.

Durante semanas, despues de tu muerte, tuve la impresion de no estar sola en casa. Si me sentaba en el divan o atravesaba una habitacion, de repente sentia una corriente gelida que arremetia contra mi. Aunque fuera pleno verano, tenia que ponerme un jersey de lana.

Una noche, poco antes de dormirme, tuve la certeza de ver una sombra que atravesaba el espacio que hay entre el cuarto de bano y la cama, como durante tantos anos hiciste tu. Al dia siguiente me fui a dormir a casa de una amiga.

«No lo quieren ni en el infierno», le dije, con un whisky en la mano.

Ya no necesitaba defenderme. Tu ya no estabas.

Lentamente me volvio el deseo de comprender. Ante mis ojos pasaban cuarenta anos de tu vida, cuarenta anos de los que yo conocia, o creia conocer, cada pliegue, cada respiro. En todos esos anos siempre habias conseguido sorprenderme con tu habilidad para mistificar, tu constante capacidad de ser despiadado, falso, de no experimentar otro sentimiento que no fuera el placer de humillar, el gusto de destruir la intimidad mas profunda de las personas. Mas que un ser humano, parecias una divinidad destructiva, Shiva o una medusa de tentaculos irrefrenables. Derramabas veneno alrededor, y tinta. Veneno, para matar. Tinta, para borrar las huellas. Para disfrutar en secreto de la desesperacion que sembrabas tras de ti.

Eras un hombre de exito. Llevabas la empresa heredada de tu padre como pocos hubieran sabido hacerlo. Tus empleados te apreciaban, para los colaboradores mas proximos eras un mito. A veces incluso debia defenderme de la envidia de otras mujeres; hubieran hecho cualquier cosa por tener un marido como tu. Nunca traicionaste las apariencias. En el almuerzo firmabas un importante contrato con tus socios americanos; a la hora de la cena, si no corria a abrirte la puerta, gritabas: «?Donde esta la zorra del monte?»

En mi cumpleanos, el ultimo que celebramos juntos, me regalaste un colgante con una gran perla negra.

«Ya casi somos viejos», dijiste. Y, levantando la copa, quisiste brindar. «Por tu muerte, que espero mas atroz que la mia.»

Todavia no lo sabia, pero tu aguijon ya habia picado, inoculando en mi cuerpo el veneno del que querias liberarte.

A los cuatro, cinco anos, Michele era un nino como todos. Los tests de desarrollo no registraban ni un solo dia de retraso con respecto a su edad. Los unicos signos que habia dejado el sufrimiento al nacer eran la gracilidad del fisico y una cierta disposicion a la quietud y el silencio. Quiza la drastica respuesta de los medicos obedecia a una sugerencia tuya.

Cuanto mas sutilmente lo detestabas, mas, a aquella edad, te adoraba el. El amor que no se recibe es el que

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