mas se desea. De noche, a la hora a la que solias volver, se ponia a esperarte de pie, junto a la puerta. Que llegaras diez minutos o una hora despues, no le importaba: no se movia de alli. Las veces que cenabas fuera, yo debia usar toda mi diplomacia para conseguir que abandonara su inutil espera.

Un dia se empeno en que le comprara una pequena corbata. Ya hacia tiempo que no se llevaban las corbatas para los ninos y me costo encontrarla. Por fin, aparecio en el cajon de una vieja merceria. Era azul, con lineas transversales rojas. Una goma blanca servia para sujetarla al cuello. Los ojos de Michele brillaban de felicidad. En casa, vestido como un hombrecito, inmovil ante el espejo, se miraba y me preguntaba: «?Cuantos botones tiene papa en la chaqueta, uno solo o tres?»

Queria ser exactamente igual en todo al objeto de su amor. Hasta entonces yo habia conseguido proteger su fragilidad, hacia lo posible por no irritarte, para no provocar tus explosiones de ira. Si sucedia algo, cerraba las puertas, ponia la radio a todo volumen. Tenia la ilusion de que lograra conservar su amor, esperaba que aquella devota dedicacion, con el tiempo, te hiciera experimentar hacia el un sentimiento distinto.

Pero tu no reparabas en el, en su tension. O, si reparabas, era con una sensacion de fastidio. Para ti la verdad seguia siendo lo que habia dicho el neurologo. Michele era un retrasado, no estaba capacitado para vivir. Y, ante todo, en tu imaginacion enfermiza, era ademas una criatura en la que no habia huella de tu patrimonio genetico.

Los pilares de tu mundo educativo eran muy diferentes de los mios, yo en Magisterio habia estudiado con el metodo Montessori, mientras que tus libros de formacion eran Hobbes y Darwin.

«La vida es una gran fuerza», repetias a menudo, «y esta fuerza se manifiesta de dos maneras, en el sexo y en la lucha». Sin atropellos, sin la propagacion de los patrimonios geneticos, la vida se hubiera extinguido poco despues de su aparicion. El hecho de que los individuos nacieran con distinta capacidad para imponerse era la confirmacion del principio. Habia quien venia al mundo para dominar y quien venia para ser dominado. Para comprobarlo, bastaba con observar a los monos: en cada manada habia un macho al que todos reconocian como el mas fuerte, el jefe de la manada, y poseia a todas las hembras. Los otros machos, para sellar su evidente sumision, ademas de no tocar a las hembras, cuando pasaban a su lado le ofrecian el culo.

Y nosotros, repetias a menudo cuando estabas en vena filosofica, ?en que nos diferenciamos de ellos? Sabemos hablar, sabemos usar los objetos y las maquinas y todo eso. En lo mas hondo, en nuestros deseos, en nuestros sentimientos, somos identicos a ellos. O jodes o te joden.

?Que locura pedir que comprendieras la delicada sensibilidad de Michele! Para ti solo era un monito incapaz de lanzarse desde las lianas. No habiendo podido tirarlo tu mismo desde lo alto del arbol -en la manada era lo que se hacia con los imperfectos-, esperabas simplemente que, en alguna tentativa de vuelo, le faltara donde agarrarse. Mientras la madre gritaba desesperada, tu, con los brazos cruzados, lo mirarias caer.

La ceguera que Michele tenia contigo se rompio cuando empezo a ir al colegio. Para el dia de San Jose la maestra invito a los ninos a hacer un dibujo como regalo a papa y les pidio que lo comentaran con una frase bonita. Michele estaba nerviosisimo con la idea de entregartelo. En cuanto te sentaste a la mesa, se te acerco y te lo ofrecio con las dos manos, los ojos luminosos de alegria. Sobre el papel habia manchas irregulares color pastel que se difuminaban armonicamente una en la otra. Bajo el dibujo, a lapiz y con mayusculas, habia escrito: «VIVA PAPA.»

«Ah, gracias», dijiste cogiendolo. Luego empezaste a darle vueltas para observarlo desde todos los puntos de vista.

«?Que es? ?Una casita, un paisaje? No se sabe que es. Parece una chapuza, ?no?»

Lo apoyaste en la mesa y empezaste a comer con el apetito de siempre. Michele se sento en su sitio, tenia los espaguetis delante y dos pequenas lagrimas le bajaban por las mejillas. Cuando acabaste tu plato, te diste cuenta de que el suyo estaba lleno.

«?Come!», le gritaste. «?Quieres seguir siendo un enano?»

El, con la mirada baja, movio la cabeza.

Repetiste «come» tres o cuatro veces. A la quinta, te levantaste bruscamente, tu vaso se derramo y el vino tinto cubrio gran parte del dibujo. Con una mano cogiste el tenedor, con la otra le apretaste el cuello. Buscando aire, el nino abrio la boca y tu aprovechaste para meterle los espaguetis en la garganta.

Desde ese dia no te espero mas detras de la puerta. En vez de preguntarme cuando llegabas, apenas oia tus pasos corria a esconderse. Cuanto mas debil lo veias, cuanto mas asustado, mas crecia en ti el rencor. «Un ectoplasma», gritabas. «Tengo que tener en casa un ectoplasma.» Cuando te lo encontrabas por la casa, le decias: «?No te da verguenza? Andas como una hembra.»

Una vez Laura intento defenderlo: «?Que tiene de malo andar como una hembra?»

«No te permito que te metas en esto», le gritaste, pegandole un punetazo a la puerta.

?Pobre Laura! No tenia un mundo interior tan grande como el de Michele, pero tenia el mismo tipo de inseguridad. Vacilaba entre una madre incapaz de defenderla y un padre que gritaba casi siempre.

Poco a poco, segun crecia, tu actitud se modificaba. Al principio solo era un estupido cachorro, luego empezo a transformarse en un objeto de cierto interes. A los once, a los doce anos, la elogiabas con frecuencia. No por las notas ni por su caracter, sino por sus piernas o la forma de los gluteos, cada vez mas atractiva. Al principio, enrojecia violentamente ante tus observaciones. Se cubria con jerseis inmensos como el superviviente de una catastrofe. Apenas la mirabas con insistencia, se iba de la habitacion. Luego, sin embargo, una parte de si misma probablemente comprendio. Se trataba de vivir con amor -no importa de que tipo- o sin amor, de estar del lado del mas debil o del mas fuerte.

Asi, a los trece o catorce anos, Laura eligio. Eligio ser distinta a mi y a su hermano y complacerte. Eligio maquillarse y ponerse minifaldas, cuando todavia su cara y su cuerpo conservaban vivas las huellas de la infancia. Te hablaba como hablan las mujeres y tu la tratabas como a una mujer. De noche, despues de cenar, os sentabais juntos en el salon, tu en el sillon y ella sobre tus rodillas. Hablabais en voz muy baja. De vez en cuando oia vuestras risas. Cuando querias fumar, te encendia un cigarro. Cuando querias beber, te acercaba a los labios el vaso de whisky.

A menudo he visto en la television a mujeres que lloran por sus matrimonios infelices y a chicas mas jovenes que comentan con mordacidad su debilidad. «La culpa es suya», decian, «?por que no lo deja?». En los momentos de mayor crisis, tambien yo me decia, ?basta, me voy, salvo mi vida! Luego, pasada la rabia, pasada la humillacion, miraba alrededor y decia, ?adonde voy? No tenia oficio, ni renta, ni una casa propia a la que mudarme. Mis padres solo eran pobres campesinos de la montana y tenia dos hijos que criar. La ley deberia haberme protegido, pero yo sabia que la ley, en la mayor parte de los casos, solo es una apariencia. Habla del mas debil y protege al mas fuerte, al mas astuto, al que tiene dinero para pagar a un abogado mejor.

Para acometer un gesto de esa clase, hubiera hecho falta un coraje superior al mio. Aquellos quince, dieciseis anos de matrimonio habian llegado a destrozarme por dentro, a dejarme una fuerza de reaccion casi nula. Y ademas tenia miedo. Sabia que nunca tolerarias la derrota de un abandono, que hubieras sido capaz de cualquier gesto con tal de volver a salir victorioso de nuevo.

Asi asisti, casi impotente, a la ruina de mi hija. Solo una vez le dije: «Laura, me gustaria hablar contigo…» Ella se dio media vuelta inmediatamente. «No tengo nada que decirte», respondio y se alejo de la habitacion antes de que yo pudiese anadir otra cosa. Ya habia elegido tu mundo y no podia traicionarte. Vivia la fidelidad de la hija predilecta.

Tambien Michele crecia, y crecia cada vez mas solitario, mas pensativo. Iba bien en el colegio pero no tenia ningun amigo, pasaba las tardes enteras sin salir de la habitacion. Le gustaba leer, le gustaba dibujar. Soportaba tus brutalidades como si fueran una cosa natural, sin rebelarse nunca, sin levantar jamas la cabeza.

A las madres les gusta hacerse ilusiones, asi que yo alimentaba ciertas formas de esperanza sobre el. Esta tan ensimismado en sus pensamientos, me decia, que no se da cuenta de como lo trataba su padre. Ni siquiera conmigo se abria mucho, pero era siempre amable y carinoso. Algunas veces, cuando estabamos solos en casa, me sentaba en su cama y le preguntaba: «?En que piensas?»

Invariablemente, me respondia: «En nada especial.»

«?En nada?»

«En nada. En la vida. En la muerte.»

En sus dibujos, habia pasado fases de intensa pasion. En los primeros anos le gustaba mucho pintar el cielo o el mar, cogia el pincel y pintaba todo el folio de azul y luego anadia manchas de color. Cada vez que yo intentaba adivinar, el tenia un gesto de impaciencia: «No lo ves, ?son estrellas!» O: «?Fijate bien! Solo son peces.»

Al periodo de los elementos, siguio el de los animales. No pintaba gorriones ni ardillas sino solo animales

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