muy tensa.
Te dejaste caer en la silla y dijiste: «Alguien me ha robado el dinero.»
«?Que dices?»
«Estaba en el cajon y ya no esta.»
Yo estaba a punto de decir: «Habra entrado algun gitanillo», cuando Michele dijo: «He sido yo. Pero no he robado el dinero, solo lo he cogido prestado. No estabas en casa y no he podido avisarte.»
Permaneciste perfectamente inmovil. Solo veia las venas de tu cuello palpitar con insolita velocidad.
Rompi el silencio, diciendo: «Michele, ?como se te ha ocurrido?»
«Me encontre con una persona que lo necesitaba.»
Cuando hablaste, tu voz surgia de lo hondo, parecia casi un estertor. «?Quien eres ahora, eh? ?Quien eres? ?Eres Robin Hood? ?Robas a los ricos para darselo a los pobres?»
«Te he dicho que te lo devolvere.»
«Ah, ?si? ?Y como vas a ganarlo?»
«Trabajare.»
«Trabajaras… ?Y como crees que habia ganado yo el dinero?»
«Con el sudor de tu frente, no, desde luego.»
Tus brazos empezaban a temblar de manera visible.
«?Con el sudor de quien entonces?»
Michele se quedo un momento como distraido. Me pregunte si tenia miedo. Yo tenia miedo por el. Suspiro profundamente antes de decir: «Con el sudor de los ninos que explotas en Oriente.»
En ese instante estallo el fin del mundo.
Laura huyo de la habitacion, yo intente separaros torpemente. «?Parasito!», gritaste, golpeandolo, «tu tambien comes gracias a ellos y te compras tu ropa de maricon y vas al colegio. ?Que te crees que eres, muy distinto a mi? ?Crees que eres mejor? ?Responde!».
«Distinto, si. Yo creo en algo.»
Me oia decir con voz debil: «Basta, ?lo vas a matar!» Con un empujon, me hiciste retroceder.
«Ah, si, ?y en que crees? ?En el robo?»
Ya Michele habia caido en un rincon.
«Creo en el amor.»
«Ahora vas a pelear.»
«En el amor del Espiritu.»
Lo levantaste del suelo, cogiendolo de la camiseta. Ante su cuerpo delicado parecias un verdadero ogro.
«Entonces», le mascullaste en la cara, «?pon la otra mejilla!».
Con una sonrisa de nino, te respondio: «?Aqui la tienes!»
En enfocar una escena, las maquinas de proyeccion antiguas tardaban un buen rato. Al principio, todo era confuso, no habia rostros ni paisajes sino solo manchas de luz y de color en continuo movimiento. Asi recuerdo las primeras horas del fogonazo de magnesio. Recuerdo a Michele, echado del cuarto a golpes. Recuerdo que me lance contra ti. «Vas a matar a nuestro hijo», grite, mientras me cogias por la muneca. Dentro de mi habia un tigre, alguien le habia prendido fuego a la cola y habia enloquecido.
«?Michele tiene un alma grande!»
«?Su alma no me importa lo mas minimo!»
No se cuanto tiempo continuamos asi, gritandonos de todo. Me sentia como si hubiera salido fuera del cuerpo. Podian ser minutos o quiza horas. En cierto momento, me lanzaste contra el aparador de la entrada y saliste dando un portazo.
Te oi arrancar el coche en el garaje y atravesar el paseo de grava. Apretabas el acelerador como los adolescentes borrachos. Te detuviste un momento frente a la cancela automatica. Cuando se abrio, saliste, derrapando, a toda velocidad.
Hubo un imprevisto frenazo. Y luego se oyo un golpe.
Temi que hubieras atropellado un perro, por eso me asome. Michele parecia dormir, tendido en el asfalto. Tenia un brazo abandonado a lo largo del costado y el otro sobre la cabeza, como hacia cuando sentia demasiado calor en su cama de nino.
VIII
El odio es el unico sentimiento que no se evapora con el tiempo. Mas aun, con la fuerza de un huracan, continua acumulandose como una energia viva y potente. Es el odio lo que, en todos estos anos, me ha mantenido viva, me ha vuelto seca y obstinada, sedienta de venganza.
Hubiera podido decir: vivo solo para recordar a mi hijo. Pero soy sincera y digo: vivo solo para vengarlo.
O mejor: he vivido en esa espera.
Esa espera se frustro el mismo dia en que te encontre tendido en el suelo del cuarto de bano. Te habia deseado una muerte atroz. Un cancer en el cerebro, alguna enfermedad inmunodepresiva que te convirtiera en una larva con panales. Pero, por la suerte feliz que en este mundo protege siempre a los malvados, escogiste para ti la muerte mejor -una fulminante parada cardiaca- y me dejaste a mi la otra.
Esperaba que volver a casa de mis padres haria mi pena menos grave, pero no habia contado con el silencio, ni con la memoria de los muertos.
No habia contado con el oxigeno de la montana que nutre mejor el cerebro y el corazon y vuelve mas fuerte cada sensacion. Igual que en la antiguedad quemaban a la esposa en la pira del marido, asi he ido recogiendo por la casa los objetos mas queridos y los he puesto encima de mi cama. De noche me cubro con ellos y me siento menos sola, esas cosas todavia tienen vida, respiran, emanan calor. Ni siquiera es mio el pijama que me pongo, sino de Michele.
La otra noche, andando por la casa, pase delante de un espejo y me di cuenta de que irradiaba luz. ?Era yo o era alguien que estaba a mi lado? ?Era la luz del amor o la luz del odio? «?Quien eres?», pregunte en voz baja. Por el tejado, sobre mi, andaba un raton o quiza un liron. «?Quien es?», repeti mas fuerte. Una tabla del suelo crujio. Tuve la impresion de que afuera iba a desatarse el viento.
Michele murio en el acto. Tu te apeaste del coche y te pusiste las manos en el pelo. No lo habias visto, no podias imaginarte que mientras salias a una velocidad disparatada, el corriera a tu encuentro.
Yo no hice nada, me quede en el balcon, inmovil, como en el palco de un teatro. Vi llegar la ambulancia, vi como el medico movia la cabeza.
Junto al medico habia aparecido un viejo perro blanco. Note que te miraba con la boca abierta y la lengua fuera, como si quisiera decirte algo.
Te vi coger al medico por las solapas, lo oi gritar: «Ya no es tarea nuestra.» Entonces le pegaste una patada al perro. En vez de aullar e irse, se sento trabajosamente junto al cuerpo, en el asfalto.
Vi llegar a la policia y, luego, al coche funebre. Metieron a Michele primero en una bolsa de plastico y luego en un contenedor de metal. Cuando lo deslizaron en el interior, senti un golpe sordo. Debe de ser la cabeza, pense, desde nino la ha tenido demasiado grande.
Me acorde del primer jersey que le hizo mi madre, azul claro con gatitos bordados en la parte delantera. El modelo era para un nino de seis meses pero la cabeza no entraba, tuve que anadir dos botones para conseguir ponerselo. Volvi a ver la cima de su cabeza clara, la fontanela todavia abierta. Intentaba meterle el jersey y el protestaba. Era mayo y estabamos en casa de mis padres. Acababa de banarse, de su cuerpo emanaba tibieza, olor a polvos de talco.
Cuando los de la funeraria cerraron las puertas del furgon, el encantamiento se rompio. Grite: «?Noooo!» como si fuera la unica palabra del mundo. Luego perdi el sentido.
Durante todo el funeral me estrechaste bajo tu brazo. Yo lloraba, tu estabas petrificado. Recuerdo una gran multitud de rostros y de chicos que tocaban la guitarra. Sobre nosotros pegaba el sol de agosto.
Su amigo cura sudaba bajo los ornamentos.
«Por una razon oculta a nuestra pequena mente de hombres, muchas veces el cielo reclama a sus hijos mas
