todo y nada. Los insectos tienen sus leyes, para combatirlos basta pensar como ellos y encontrar un enemigo que los devore. La unica ley que conoce el virus, en cambio, es la anarquia. Vive en todas partes, como le parece o segun leyes exclusivamente suyas. Vive, pero su fin no es la vida sino la devastacion y la muerte del organismo que lo acoge. No tiene un rostro sino muchos. Cada vez que se consigue identificar una de sus caras, cambia de mascara y contrasena e inmediatamente cruza una frontera que lo vuelve inaprensible.
Pasaba dias enteros bajo aquellos arboles agonizantes. Un arbol que se muere es algo que produce un malestar extremo. Sobre todo al encargado de salvarlo. Un arbol muere sin palabras y su tronco permanece durante mucho, demasiado tiempo, como un dedo apuntado contra el cielo. Un dedo que grita tu impotencia. Conoces todo su ciclo vital y, a pesar de eso, no has podido hacer nada.
Muchas veces en estos anos, volviendo con el pensamiento a aquellos dias, me he dicho que tambien el bosque hizo, de alguna manera, su contribucion a la ruina. Habia un virus en el bosque y otro virus en mi cuerpo. Al rozarse, provocaron una mezcla mortal.
Si en aquellos dias hubiera cuidado un jardin frondoso, por ejemplo, quiza todo hubiera ido de otra manera. Yo habria llegado al jardin lleno de pensamientos sombrios, y el jardin, con su quietud, con su armonia, me los hubiera quitado de la cabeza. En el gran invernadero los citricos estarian en flor y los parterres serian un triunfo del color. Con su canto de belleza, la vida hubiera disuelto cualquier sombra.
Pero, todo lo contrario, cada manana volvia a la agonia del bosque. Pasaba el dia alli, con las agujas que me caian encima. Perdia el control de mi mujer y perdia el control de los alerces. Era realmente demasiado para un hombre solo.
Cuando estaba alla arriba, en el bosque, solo pensaba en Anna, en como vengarme. Pero cuando estaba en casa, pensaba en el bosque, en la mejor solucion. Un dia, antes o despues, subiria y le pegaria fuego de verdad.
Dormia y apretaba los dientes con tanta fuerza que una noche Anna me desperto y me dijo: «?Escucha! Debe haber un raton en algun sitio…»
Seria el 3 o el 4 de mayo. Ya habian adelantado la hora oficial y me quede mas tiempo en el bosque. Llegue a casa a algo mas de las nueve. Las ventanas estaban apagadas, en el apartamento no habia nadie. Estaba cansado, desanimado. Esperaba cenar un plato caliente, recibir un gesto de carino. En el fondo, por ellas me atormentaba todo el santo dia.
La rabia estallo de repente. Empece a darle patadas a todo lo que tenia a mi alcance, a tirar los objetos de las repisas. Cogi la foto de nuestra boda y la estrelle contra el suelo, rompi el cristal y el marco y rompi la foto en pedazos tan pequenos como confeti. Cuando la puerta se abrio los recogi en la palma de la mano.
Anna parecia cansada.
«Un dia negro», dijo. «Se me ha pinchado una rueda, y tambien estaba pinchada la de repuesto.»
Me puse delante de ella y le sople los pedazos a la cara. «Nuestra boda», dije, «esto es lo que queda».
«?Por que dices eso?»
«?Por que? ?Por que?», empece a gritar. «?Por que? Trabajo todo el dia por mi familia y vuelvo y soy un hombre solo. Ya no tengo mujer ni hija. El pobre imbecil solo sirve para traer dinero a casa. ?Pero el pobre imbecil esta harto, absolutamente harto!»
Giulia se escondio detras de las piernas de su madre.
«Tranquilizate, Saverio, calmate. Ya te he dicho que hemos tenido problemas.»
Me sentia como una cafetera que lleva demasiado tiempo en el fuego, la presion subia y subia y seguia subiendo.
«?No sabes decir otra cosa!», grite, y luego hice algo que jamas hubiera creido posible. Le solte una bofetada.
Hubo un momento de silencio. El telefono sono pero no lo descolgo nadie. Giulia dijo: «Papa malo.»
Anna la cogio en brazos y le dio un beso en la frente.
«No. Papa no es malo. Solo esta muy cansado. Mira, le hacemos una caricia.»
Giulia dudaba con la mano en el aire. Habia sorpresa, miedo en sus ojos. Entonces Anna la guio hasta mi mejilla.
«Querido papa.»
Las yemas de sus dedos eras frescas, inseguras, sobre mi cara incandescente.
«Te odio», murmure al oido de Anna antes de salir de la casa.
No tenia las llaves del coche, no tenia la billetera. Volver a buscarlos hubiera sido demasiado humillante. ?Donde podia ir a dormir aquella noche si no era al sotano?
Ahora se que, en el camino que recorri hasta llegar a aquel punto, el sotano era el ultimo tunel que superar, la ultima valla que salvar antes de alcanzar la meta. Hubiera podido irme a la calle, entrar en el primer bar y emborracharme antes de caer adormilado en un banco del parque. Hubiera podido ir a casa de un amigo y hablar con el como un loco hasta las primeras luces del alba. Hubiera podido hacer todo eso, pero, como un automata, empece a bajar las escaleras.
En el sotano encontre lo que me faltaba. Una bicicleta. Una bicicleta nueva, con un faro rojo al lado del timbre. Del manillar colgaba la bolsa de una tienda para hombres.
Yo tenia razon: en el cambio de Anna habia realmente otro hombre, un hombre tan arrogante como para esconder su bicicleta en mi sotano. Si, venir en bicicleta era mas facil que venir en coche, dejaba menos huellas. ?Que hacia alli la bicicleta?, me pregunte.
?Lo habia sorprendido un dia la lluvia y ella lo habia acompanado a casa en coche? «Dejemos la bici en el sotano», le dijo, «mi marido no baja nunca».
Mientras yo me volvia loco por aquel bosque, ellos se decian cosas dulces entre mis sabanas.
?Era el medico o no era el medico? A estas alturas ya no tenia ninguna importancia. Me bastaba saber esto, que yo no me habia enganado.
Ahora el fuego de los alerces se extendia en mi interior. Sentia como las llamas lamian el tronco y las ramas crepitaban un instante antes de romperse.
Era imposible dormir alli y me quede sentado un rato. Entonces vi dos viejas pesas de gimnasia. Las cogi y empece a moverme. Hice pectorales, dorsales y carrera sobre el terreno, flexiones y mas pectorales. Sentia en mi interior una energia tremenda. En la base de toda energia, hay alguna forma de calor. Para no estallar, debia disiparla. En el sotano no se veia el alba, asi que no dejaba de mirar el reloj. Tenia un pulsador que iluminaba la esfera un momento.
Las cinco y media.
Las seis.
Las seis y cuarto.
A las ocho Anna llevaba a Giulia a la guarderia. Esperaria su vuelta para salir y decirle lo que pensaba de su conducta. Esa manana misma, iria al abogado y pediria la separacion. Una separacion dolosa con custodia de la nina. Me sentia muy cerca del triunfo.
Todo se desarrollo de un modo muy rapido. A las ocho y media sali. Ante la puerta de casa habia un perro blanco, grande, que no habia visto jamas.
«?Aparta!», le dije.
Pero siguio mirandome como si no me hubiera oido. Entonces cogi con fuerza la piel del cuello y con un movimiento brusco lo tire por las escaleras.
Anna no habia vuelto todavia. Me quede esperandola de pie, en el recibidor. Espere entre cinco y diez minutos.
Cuando entro y me vio, dijo: «?Donde has dormido? He estado preocupada toda la noche.» Fingia, ponia cara de tristeza.
«?No te has dado cuenta? Estaba muy cerca.»
«?Muy cerca?»
«Bajo tus pies.»
«?En el sotano?»
«En el sotano.»
Disfrute estudiando la expresion de su rostro. Parecia desilusionada. «Entonces ?ya lo has visto todo?»
«Lo he visto todo.»
Yo esperaba que estallara en sollozos, que se arrojara a mis pies implorando perdon. Pero sonrio, hasta sus
