Por lo que se dirigio hacia la puerta cuyo cartel situado por encima del dintel indicaba superabundantemente su finalidad artistica y califilica, puerta que se abria en la prolongacion del ya mencionado corredor principal.

II

Dos maquilladoras hembras y una maquilladora macho compartian la estancia, mas larga que ancha, amueblada a lo largo de la pared en una mesa unica, pero que la recorria de un extremo al otro, mesa por encima de la cual algunos espejos permitian ver como la propia se convertia en la jeta de una primerisima figura. Fue a caer entre las manos de la maquilladora macho, un delicioso pederasta de cutis recien afeitado, alcoholado, aseptizado, lanolinado, masajeado y untado con esperma de ballena y aceite de calomel en barra, de negra y rizada cabellera, de dulce voz, de envolventes gestos, de extremada amabilidad y, sobre todo, de ojillos picarones, mariposeantes, cuyos parpados se levantaban de repente para volver a caer con un ruidito frivolon, haciendo brotar cada vez del rabillo de las pestanas una burbujita roja. Tenia, ademas, los dientes blancos y humedos, y llevaba un traje de color gris crudo, aunque por el momento se habia quitado la chaqueta.

Le dijo:

– Tienes la piel seca… Voy a darte un poco de 31.

El extra respondio:

– Me pongo en tus manos.

Y el otro le dedico una agradecida mirada de la que resultaron tres burbujitas.

El extra entreabrio ampliamente el cuello de su limpia camisa, y el maquillador, por su parte, hundio delicadamente el indice y el mayor en un tarro de colorete rojo. A ligeros golpecitos le recorrio la cara, constelandosela de manchitas ovales y festoneadas, siguiendo una disposicion tal que el extra pudo llegar a leer, reflejadas en el espejo, las palabras «me gustas». Al verlas, se sonrojo, y los dedos del maquillador se estremecieron al contacto mas calido de la sangre bajo las mejillas. A continuacion, una esponjita de caucho difumino el conjunto en una tonalidad uniforme en mitad de la cual el azul de los ojos del extra relucia intensamente, por lo que el maquillador, para poder continuar su tarea sin deslumbrarse, protegio los suyos con gafas oscuras.

Con ayuda de un sedoso pincelito impregnado de un afeite rojo, reavivo la tonalidad de las orbitas y de los pomulos, a continuacion paso por los labios otro pincel atiborrado de rojo, y se sintio en la necesidad de alejarse durante unos instantes para dar rienda suelta a la emocion que le habia ocasionado el maravilloso resultado obtenido.

Cuando volvio a acercarse, calmado ya, al extra le extrano su palidez, por lo que se sometio, cortes y docil, a la borlilla de espolvorear hecha con pelos de elefante, cuyo contacto le hizo babear ligeramente como se babea ante la idea de un secante metido en la boca, y que pasaba sobre su rostro con el ligero roce que producen las unas recien cortadas sobre saten demasiado liso. Agotado por tantas sensaciones, el extra salio de la sala de maquillaje titubeante, aunque la mascara de colorete le hacia conservar su aspecto de inocencia.

Los demas extras estaban llegando. En su camerino encontro ya a sus dos companeros, el mas joven de los cuales se llamaba Jacques, y el mas viejo respondia al nombre de Maxime.

– Estoy muy contento de haber encontrado este trabajo -ataco el extra nada mas terminados los preliminares-. Hace solamente seis anos todavia estaba en el Liceo, y…

– Perdoneme, amigo -dijo Jacques-, pero me voy a la sala de maquillaje antes de que se llene de gente.

III

La gente se apretujaba en el estrecho pasillo. A traves de la puerta del camerino 14 pudo entrever a una esbelta y delgada joven que se peinaba en traje de bano delante del espejo, y el corazon le salto y fue a caer un poco mas lejos, delante del camerino 18. Se hizo a un lado para dejar pasar a un joven hirsuto cargado con un contrabajo mucho mas grande que el y que estaba provisto en su base de dos ruedecillas que permitian un desplazamiento mas comodo de tan considerable ingenio. El hirsuto y el contrabajo fueron a precipitarse, precisamente, en el interior del camerino 18. El extra dio media vuelta e intento volver al corredor principal, pero en aquel mismo momento resulto pisoteado por un gran estuche rodante que organizaba un terrible estrepito, y por otros dos mozarrones de estatura que debia oscilar entre 1,85 m. y 1,90 m., a los que reconocio por haberles ayudado a atrapar el trombon que se escapo en el metro. Ellos dieron pruebas tambien de su memoria asestandole, a modo de broma, un golpe cada uno con el instrumento que cada cual portaba, aunque, por fortuna, el pianista venia con las manos vacias. Volviendo a levantarse, penso que ya era suficiente, y salio del corredor reculando, pero haciendo los movimientos de la marcha hacia adelante, lo que le producia una considerable emision de sudor. Ello le suministro, empero, ocasion de constatar la excelente calidad del maquillaje, sobre el que las gotas se deslizaban sin dejar ninguna huella. Al entrar en contacto con su menton, afeitado aquella manana, se evaporaban instantaneamente.

En el lugar en que ahora estaba, el corredor presentaba un ensanchamiento, y un colosal espejo ocupaba una de sus paredes. Uno podia verse en el, de frente, en dos colores, y de espaldas, en otros dos bastante diferentes, por lo que era preciso evitar mirarse a la vez por ambos lados. Enfrente del espejo, en un recodo formado por la protuberancia de un angulo de camerino expansivo, un calentador de agua de acumulacion acumulaba agua caliente que hacia vomitar, a pesar de las reprimendas del director de produccion, a quien producia nauseas tanta avidez. Un hombre alto y delgado, de rizado pelo entrecano, se cubria con una verde bata de suntuoso cenidor, bata bajo la que ocultaba un frac negro de maitre de cabaret, que era lo que iba a representar. En el frac llevaba redondeles azules, para el ajuste del sonido.

Del camerino 18 empezaron a salir, a regulares intervalos, seres provistos de justillos blancos, y que ostentaban, gracias a una uniforme corbata de anchas bandas diagonales rojas y amarillas, muy curiosa semejanza con avispas comunistas. Sus movimientos, extranamente inconexos en apariencia, permitieron al extra concluir, despues de verlos pasar palidos delante de el, y regresar a continuacion muy bronceados, que volvian de la sala de maquillaje, en lo que el porvenir le dio la razon.

Y en el camerino 18 se elevo, tambien, un agudo rumor, ambiguo en un principio, pero que despues se fue afirmando poco a poco, en el que se podia reconocer Rosetta a poco que se entendiese algo de musica negro- judio-americana. Una previsora mano cerro, al cabo de algunos instantes, la imposta basculante destinada a la ventilacion de la estancia en cuestion, de manera que al extra se le ocurrio la audacia de acercarse al origen del ruido asi debilitado.

Se interno en el pasillo pequeno, y al instante volvio a salir del mismo, pues hacia el venia un hombre de unos cincuenta anos, vestido de camarero de cafe, de aspecto grunon, con las manos en la espalda y con una mancha en forma de luna nueva (y del mismo color que ella) justo en mitad de la frente.

Aquel cuasi anciano le interpelo:

– ?Nos destrozan los oidos con su musica salvaje!

– ?No le gusta el jazz? -pregunto arrebolandose el extra, y su impresionable corazon comenzo a latir a un compas de tres tiempos.

– ?Todos los jovenes son iguales hoy! Conque swing, ?eh? Si, asi es como se llaman. Antes se sabia bailar, ?pero ahora…! ?Escuche, escuche esto…! ?Que tambor…! ?Menuda locura!

Entretanto, y aun oyendolo resonar en su propio craneo, el director de la orquesta pensaba que el cake-walk les estaba saliendo demasiado delicado.

El extra y su acompanante se alejaron del camerino 18, y aquel lo lamentaba.

– Me siento muy contento de haber encontrado este trabajo -dijo-. En cualquier caso se trata de un ambiente muy divertido.

– Si, cuando no se ha vivido nunca, pero no tiene ni comparacion con el teatro, en la escena quiero decir…

– Me acuerdo de hace seis anos, cuando murio mi patron -dijo el extra.

– No le aconsejo que siga con este oficio -dijo el otro.

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