V

– Usted, el senor del saxofon -dijo el director de escena-, tiene que ponerse ahi, en el extremo, cerca del piano. Usted, el senor del contrabajo, detras de el. Usted… Pero, vamos a ver, ?quien es el director de esta orquesta?

El trompetista dio un paso al frente y estrecho la extendida mano de Joseph de Margouillat, a quien le rechinaron los dientes, pero aguanto.

– Comprenda -dijo- que el primer plano que hay que sacar de usted forma parte de la panoramica. La camara empieza por la coctelera del barman, alli a lo lejos, despues va girando, fotografia a las parejas que estan bailando en la gruta de arriba, a continuacion a usted, y por ultimo la entrada del cabaret, a la que llegan, montados en un tandem, Robert y Giselle…

El trompetista asintio.

– Por el momento… -dijo el director de escena.

Miro su reloj.

– ?Vamos a almorzar! -concluyo.

Echo la cabeza atras con un gesto habitual y, contoneandose ligeramente, se reunio con su primer ayudante.

Maravillado por el encantador aspecto del saxo-tenor, Patrick Vernon, el extra, se acerco a los musicos e intento timidamente sumarse a su grupo.

– ?Toca usted desde hace mucho tiempo? -pregunto.

– No -respondio Patrick-; desde hace un ano solamente. Antes tocaba la trompeta, pero resulta mucho mas aburrido.

– Pues hace seis anos -dijo el extra-, cuando sali del Liceo, yo tocaba un poco el violin. Despues…

– El violin, en cuanto al jazz, no tiene utilidad alguna… Demasiado dificil de tocar con precision. Y, ademas, le falta potencia.

– Tocan ustedes muy bien. ?Como se llama la orquesta?

– No se trata de una formacion regular -dijo el trompeta-. Cuando Coco Podrido me pidio que viniera a hacer de figurante en la orquesta, me dijo que no tendriamos que tocar. Las melodias estan grabadas de antemano, y rodaremos con play-back…

Esta palabra tecnica tuvo una impresionante resonancia en el organo auditivo del extra, cuya cabeza comenzo a irradiar con fuerza.

– Por otro lado -prosiguio el trompeta-, en la formacion cuento con dos tios que no saben tocar, los dos saxos de ahi. Uno toca la bateria y el otro estudia Ciencias Politicas. Con un solo saxo, la cosa marcha mejor.

– No hubiera debido dejar el violin al salir del Liceo -dijo el extra-. En aquellos momentos no podia pensar que llegase a ser extra… Y estoy muy contento de serlo. Hace seis anos me vi obligado a…

– ?Es usted extra? -dijo el trompeta.

– Me gustaria mas ser musico -dijo cortesmente el interpelado.

– Pues hace mal… Yo soy ingeniero… Claro que, evidentemente, ser musico es en cualquier caso menos enojoso que ser extra…

Una joven bastante bonita se acerco a ellos.

– Digame, ?cual es el nombre de su orquesta? -pregunto.

– No se trata de una formacion regular -dijo el trompeta, y miro al extra con aspecto poco amable, porque acababa de pronunciar esta misma frase ante el unos momentos antes.

El extra emitio un suspiro y se aventuro a preguntar:

– ?Es usted extra? -porque le parecia muy linda.

– ?No! -respondio ella-. Soy periodista. Es para mi periodico…

Entonces, el extra se alejo y se instalo el solo en su camerino para comerse su sandwich de pescador. Sentia verguenza de nuevo, pero decidio aprender a tocar la guitarra, lo que le reanimo.

VI

No daban mucho tiempo para almorzar.

Reuniendo sus recuerdos de lectura -de semanarios de cine-, llego a la conclusion de que debia haber un bar en alguna parte, pero no se atrevio a ir solo siendo el primer dia. Bebio de nuevo del grifo del lavabo, y el grifo, enfadado, volvio su cuello de cisne para rociarlo copiosamente. Medio ahogado, se dirigio a buscar una toalla hacia el estante en el que reposaba su cartera, pero el estante cedio y le dejo caer la cartera en la cabeza justo en el momento en que, medio cegado, se esforzaba por encontrar la llave en el bolsillo. Los demas habian terminado ya de comer, y volvian a apretujarse en los corredores. Como estaba comenzando a distinguir a los unos de los otros, se empezaba a dar cuenta de que eran muy numerosos, y se sintio solo envuelto en aquel rumor que entraba por la ventana. Finalmente encontro la llave, abrio la cartera, se seco la cara y volvio a ponerlo todo en orden antes de salir.

Moreuil, el primer ayudante del director de escena, pasaba en aquel instante por el pasillo con camisa azul marino y arremangado hasta el codo. Era delgado, de unos treinta y cinco anos, bastante simpatico y con muy poco pelo.

– ?Vamos a rodar pronto? -pregunto alguien situado al lado del extra.

– No inmediatamente… Una horita… Ya va… -dijo Moreuil sacando del bolsillo un cortador de raices con el que secciono, por pura travesura, un tubo de la calefaccion central que recorria todo el pasillo.

El extra volvio a su camerino y se sento en una silla.

En el camerino 18, los musicos afinaban sus instrumentos y ensayaban algunas notas dificiles cuando aparecio Coco Podrido, el compositor de la musica de la pelicula.

– ?Que tal? -se informo Coco-. ?Todo va bien, queridos mios?

– Hola, senor Podrido -dijo el director de la orquesta, quien habia aprendido en su oficina el aprecio concedido por determinadas personas al enunciado de su propio apellido como continuacion de la generica calificacion de «senor», y usaba con frecuencia de tal artificio comercial.

– Hola, senor Savin -respondio Coco.

Coco no tenia mas de treinta y cinco anos, era muy pequeno, simpatico, y habia sido guitarrista en sus comienzos.

– Y bien, ?saben ya lo que van a tocar?

– Por el momento -dijo el director de la orquesta- no lo tocamos. Estamos en una secuencia anterior y nos limitamos a hacer bailar a la gente con una melodia de ritmo mas bien lento…

– Si, es para que haga contraste -dijo Coco-. Miren, los he traido la musica de un valsecito lento, genero vals ingles, que podran tocar despues. Se llama Nada mas que nosotros dos. Voy a cantartela.

Cogio una guitarra y canturreo la melodia acompanandose con ella.

Comenzando el segundo estribillo, trompeta y saxo-tenor seguian poco mas o menos el tema y, para hacerlo mas alegre, lo tocaban a ritmo de swing. Se trataba de uno de esos soniquetes tipicos de Coco Podrido que tanto se pegan al oido y que aburren soberanamente en las noches sin luna.

Atraidos por el ruido, Giselle Descartes, la estrella, aparecio en seguida en la puerta del camerino.

– ?Es musica suya? -pregunto a Coco estrechandole la mano-, ?Me la tocan otra vez? -le pidio el director con una de sus sonrisas de la serie mediana.

– Vamos a intentarlo -dijo el director, que descanso un instante para recobrar el aliento, pues interpretar con dulzura una melodia bastante atiplada exige un cierto esfuerzo que corresponde al gasto de veintiocho calorias aproximadamente.

Y durante ese tiempo se oyo:

– ?O sea que no la quiere tocar? Desde luego, no es usted nada gentil -concluyo Giselle con cara de pocos amigos.

– ?Espere un segundo tan solo! ?Vamos a tocarsela, por Dios! ?No se enfade!

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