sentido no habia nada llamativo en una ceremonia como esta. A pesar de todo, por primera vez desde que habia llegado, se le ocurrio que habia algo ligeramente de mal gusto en celebrarlo asi, en una casa privada; una sesion convocada de forma repentina, pero obviamente bien planeada.
Al echar un vistazo a la habitacion en la que Rudolf Fjord y Kari Mundal habian renido con susurros, pudo confirmar sus suposiciones. La cocina era enorme, como si estuviera hecha para ocasiones como aquella. Bandejas de plata con canapes, aperitivos y exquisitos hors d'oevres llenaban los bancos y las mesas, aplastadas entre cuencos llenos de coloridas ensaladas. Junto a la pared habia una pila de cajas de agua mineral. En el marco de la ventana, de medio metro de profundidad y por lo menos dos metros de anchura, la anfitriona habia colocado una gran cantidad de botellas de vino, tanto tinto como blanco. Algunas de ellas ya estaban abiertas.
Yngvar levanto con cuidado el plastico que cubria una bandeja y se metio tres trozos de pollo en la boca.
Despues se retiro.
Descubrio un vestidor en el extremo del hall. De pronto, mientras masticaba intensamente e intentaba encontrar el suyo entre los montones de abrigos, chaquetas, sombreros y bufandas, se dio cuenta de la que senora Mundal no le habia preguntado ni quien era en realidad ni por que estaba alli. Era imposible que lo conociera; Yngvar solo se habia dejado entrevistar en una ocasion en un medio de comunicacion de ambito nacional. Al dia siguiente se habia prometido a si mismo y a sus superiores que nunca se repetiria.
Por fin encontro su abrigo. Salio.
Una rina, penso Yngvar cuando el aire fresco del mar le golpeo la cara.
Rinas en un dia como este. Entre la pequena senora Mundal y Rudolf Fjord, el vicepresidente del partido y, segun los periodicos, el heredero evidente del liderazgo tras Vibeke Heinerback. El desacuerdo era lo suficientemente importante como para que ni siquiera estuvieran presentes durante el discurso de Kjell Mundal en el salon principal.
Un golpe de viento hizo que los faldones del abrigo le golpearan las pantorrillas por detras. Yngvar se estremecio, y echo a correr por la basta gravilla.
Obviamente no tenia por que significar nada.
Cuando llego al coche, oyo la llegada de los helicopteros. Eran dos: uno sobrevolaba una loma al este, el otro pasaba cerca del mar, a poca distancia de la playa. A lo largo del camino conto cinco hombres de uniforme, todos iban armados.
Asi que la congregacion de alla dentro estaba segura.
En la medida en que alguien lo este del todo, se dijo, y metio la marcha del coche. Se vio obligado a ir marcha atras cincuenta metros antes de que le fuera posible dar la vuelta.
Los dolores fisicos no eran lo peor. A eso Yvonne Knutsen ya estaba acostumbrada. Hacia mas de veinte anos que la esclerosis multiple maltrataba su cuerpo. Aunque no tenia mas de sesenta y siete anos, sabia que se acercaba el final. Nada le funcionaba. Las ulceras de cubito supuraban y eran dolorosas. Su cuerpo era como una cascara en torno a algo que parecia una vida. Estaba postrada en la cama de una desagradable habitacion de una institucion que nunca habia podido soportar. La pena estaba a punto de robarle las ultimas fuerzas.
Desde luego Bernt era bueno. Se traia a Fiorella, todos y cada uno de los dias, y se quedaba un buen rato, a pesar de que Yvonne echaba constantes cabezaditas. Ahora recibia una medicacion mas fuerte.
Deseaba morir. Pero Dios se negaba en redondo a venir a recogerla.
Lo peor de estar asi postrada era el tiempo, que se alargaba al no poder hacer nada. Caminaba en circulos, en lazos, en grandes arcos, antes de volver al punto de partida; no queria pasar por esto. Su tiempo en la Tierra ya deberia haber tocado fin, hacia mucho, y la pena hacia aun mas insoportable el modo en que su cuerpo se aferraba a la vida.
Fiona habia sido una buena hija. Por supuesto que se peleaban, como hacen siempre madres e hijas. Por temporadas la relacion entre ellas se habia enfriado, pero tampoco cabia esperar otra cosa. Nunca pasaban muchas semanas hasta que todo volvia a ser como antes. Fiona era buena. Eso solian decir las amigas de Yvonne, antes, cuando todavia era capaz de arreglarse y de servir cafe, y hasta alguna comida en los dias buenos:
– Tienes suerte, Yvonne. Fiona nunca la habia traicionado. Compartian un secreto, ellas dos.
El secreto era tan grande que se habia vuelto invisible. Al principio se habia interpuesto entre ellas como una corona de espinas. Cuando ya no hubo camino de vuelta, sin embargo, les habia resultado sorprendentemente facil cumplir lo que habian acordado: «Esto lo vamos a olvidar».
Yvonne Knutsen aun oia su voz de aquel tiempo, decidida y maternal, con una aguda arista de decidido instinto de proteccion.
– Esto lo vamos a olvidar.
Y lo habian olvidado.
Ahora Fiona estaba muerta, y la soledad habia revitalizado el secreto. La perseguia, sobre todo por la noche, cuando le parecia verlo como una sombra junto a la ventana, un callado vengador que finalmente habia encontrado razones para martirizarla, ahora que ya no tenia nadie con quien olvidar.
Con tal de que Dios le permitiera seguir los pasos de Fiona.
– Dios querido -susurro al cuarto.
Pero el corazon siguio palpitando tozudamente bajo su escualido pecho.
La luz del dia estaba desapareciendo. Eran las cuatro de la tarde del lunes 9 de noviembre. Un hombre de treinta y siete anos estaba haciendo algo claramente ilegal: escalaba una grua. El artefacto, amarillo y con mas de veinte metros de altura, se alzaba sobre un caos de materiales de construccion y maquinaria. Apenas se habia despegado del suelo cuando el hombre empezo a sentir como el frio viento le atravesaba la ropa. Los guantes eran demasiado finos. Su companero ya se lo habia advertido. El metal era como hielo, pero no se habia atrevido a coger unos mas gruesos, al fin y al cabo era mejor conservar el control sobre los dedos.
No subia lo suficientemente deprisa. Su companero ya estaba a medio camino. Claro que tambien era mas joven, y ademas estaba en mejor forma.
Vegard Krogh intentaba pensar en positivo.
En realidad no tenia fuerzas para estas cosas. Se encaminaba a reganadientes hacia los cuarenta, y nunca habia obtenido el reconocimiento y la publicidad que se merecia. En su opinion, escribia de un modo accesible, pero tambien con fuerza literaria y alta calidad. Quienes escribian sus resenas, en la medida en que la obra de Vegard Krogh era objeto de algo mas que comentarios casuales en la prensa local de su lugar de origen, en el fondo estaban de acuerdo. Vegard Krogh tenia voz propia, habia escrito uno de los cronistas; una pluma original e ironica. Se decia que tenia talento. Desde entonces no solo habia envejecido, sino que se habia convertido en un autor de referencia. Lo sabia muy bien: tenia cosas importantes que contar. Su talento ya habia florecido; ya deberia estar consolidado, ser uno de aquellos con quienes se cuenta. En el panel de corcho de su casa colgaba la resena de Morgenbladet de su tercera novela. No era gran cosa, un par de columnas, gastadas y amarillentas tras algunos anos en la cocina, pero aparecia la expresion «fuerte, vital y, a veces, tecnicamente brillante».
Los lectores, en cambio, lo traicionaban completamente. No pensar. Escalar.
Tendria que haberse puesto un mono de trabajo. Entre el jersey y la cintura del pantalon, habia surgido un hueco. El frio lo picoteaba como tempanos de hielo contra las vertebras lumbares. Intento repujarse la camiseta de lana con una de las manos. Lo alivio durante algunos segundos.
Que fuera lo que Dios quisiera. No sabia bien de donde sacaba la energia. Sin pensar en el frio, sin prestar atencion a la altura creciente sobre el suelo, sin pensar en el proyecto mortalmente peligroso que ahora estaba decidido a llevar a cabo, se concentraba en poner una pierna encima de la otra. Elevar una mano un estribo, mientras la otra se aferraba al metal. Una y otra vez. Mantener el ritmo. Darlo todo.
Estaba arriba.
El viento tenia tal fuerza que sentia como oscilaba la grua. Miro hacia abajo. Cerro los ojos.
– No mires abajo -le grito su companero-. ?Todavia no mires abajo, Vegard! ?Mirame a mi!
Los parpados se le pegaban al iris.
Queria mirar, pero no se atrevia. La nausea se le echo encima, en tremendas oleadas.
– Esto tu ya lo has hecho antes -oyo la voz de su companero, esta vez mucho mas cerca-. Todo va bien, ?sabes?
Una mano lo agarro por el brazo. Lo apreto.