Una noche tuve que leer una pagina de la Biblia durante tres minutos y luego decirle todo lo que recordaba.

– Ahora Josafat tenia riquezas y honores en abundancia y… Eso es todo lo que recuerdo, mama.

Al ver una vez mas la decepcion reflejada en el rostro de mi madre, algo empezo a morir dentro de mi. Detestaba aquellas pruebas, las esperanzas que alimentabamos y las expectativas fallidas.

Aquella noche, antes de acostarme, me mire en el espejo sobre el lavabo, y al ver mi propio rostro devolviendome la mirada, pense que siempre tendria aquella cara ordinaria y me eche a llorar. ?Que nina tan triste y tan fea! Emiti unos sonidos agudos, como un animal enloquecido, e intente aranar el rostro del espejo.

Y entonces vi lo que parecia mi elemento prodigioso, porque nunca hasta entonces habia visto semejante rostro. Contemple mi imagen reflejada, parpadeando para poder verla con mas claridad. La nina que me miraba estaba furiosa, llena de energia. Aquella nina y yo eramos la misma persona. Tuve nuevos pensamientos, unos pensamientos obstinados, o mas bien cargados de negativas. Me prometi que no permitiria a mi madre cambiarme. No seria lo que no era.

En lo sucesivo, cada vez que mi madre me sometia a sus pruebas, yo actuaba abulicamente, con la cabeza apoyada en un brazo, fingiendo que me aburria. Pero no necesitaba fingir, pues me aburria de veras. Me aburria tanto que empece a contar las veces que sonaban las sirenas de niebla en la bahia, mientras mi madre me preguntaba otras cosas. Aquel sonido era consolador y me recordaba la vaca que salta a la luna.

Al dia siguiente puse en practica un juego: ver si mi madre me daba por inutil antes de que contara ocho toques de de sirena. Al cabo de poco tiempo solia contar solo uno, dos toques como maximo. Por fin estaba empezando a perder la esperanza.

Transcurrieron dos o tres meses sin que saliera a relucir mi faceta de nina prodigio. Un dia mi madre estaba mirando el programa de Ed Sullivan por television. El receptor era viejo y el sonido se desvanecia continuamente. Cada vez que mi madre se levantaba a medias del sofa para ajustar el volumen, el sonido regresaba y se oian las palabras de Ed, pero en cuanto se sentaba, el presentador volvia a quedar en silencio. Se levantaba, y el televisor emitia musica de piano a todo volumen; nada mas sentarse, se hacia el silencio. Y asi una y otra vez, arriba y abajo, adelante y atras, silencio y sonido. Era como si mi madre y el receptor bailaran rapidamente una extrana danza en la que no se entrelazaran las parejas. Finalmente se levanto y permanecio al lado del televisor, con la mano en el boton del sonido.

Parecia fascinada por la musica, una pieza de piano un tanto frenetica, con una cualidad hipnotizante, unos pasajes rapidos seguidos por otros de ritmo marcado y guason, antes de volver a las partes rapidas y retozonas.

– Ni kan -dijo mi madre, llamandome la atencion con apresurados ademanes-o Mira esto.

Note por que aquella musica fascinaba a mi madre. La estaba tocando una nina china, de unos nueve anos, con un corte de pelo a lo Peter Pan y el atrevimiento de una Shirley Temple. Era orgullosamente recatada, como una buena muchacha china. Al terminar hizo una graciosa reverencia, de modo que la falda ahuecada de su vestido blanco descendio lentamente hacia el suelo, como los petalos de un clavel enorme.

A pesar de estas senales de advertencia, no me preocupe. Nuestra familia no tenia piano y no podiamos permitirnos comprar uno, y no digamos costear resmas de papel de papel de musica y clases de piano. Por eso pude ser generosa en mis comentarios cuando mi madre despotrico contra la nina de la television.

– Sabe tocar las notas, pero no suena bien -se quejo mi madre-. No es un sonido melodioso.

– ?Por que te metes con ella? -le dije sin pensarlo dos veces-. Es bastante buena. Tal vez no sea la mejor, pero pone mucho empeno. -Supe que en seguida me arrepentiria de haber dicho tal cosa.

– Lo mismo que tu -replico mi madre-. No eres la mejor, porque no lo intentas.

Emitio un ligero bufido al tiempo que soltaba el boton del sonido y volvia a sentarse en el sofa.

La chinita tambien se sento para tocar una repeticion de la «Danza de Anitra» de Grieg. Recuerdo la cancion porque mas adelante tuve que aprender a tocarla.

Tres dias despues de aquel programa televisivo de Ed Sullivan, mi madre me comunico el horario de las clases de teoria y practica de piano. Habia hablado con el senor que vivia en el primer piso de nuestro edificio. El senor Chong era profesor de piano retirado, y mi madre habia trocado con el sus servicios de empleada domestica por lecciones semanales y un piano para que yo practicara cada dia, dos horas diarias, de cuatro a seis.

Cuando lo supe, me senti como si mi madre me hubiera enviado al infierno. Solloce y, cuando no pude soportarlo mas, me puse a patalear.

– ?Por que no te gusto tal como soy? ?N o soy ningun genio! ?No puedo tocar el piano, y aunque pudiera no iria a la television aunque me dieras un millon de dolares!

Mi madre me abofeteo.

– ?Quien te pide que seas un genio? -grito-. Tan solo deseo que des lo mejor de ti misma, por tu propio bien. ?Crees que quiero que seas un genio? ?Que va! ?Para que? ?Quien te pide tal cosa?

Luego le oi murmurar en chino: «Que ingrata es. Si tuviera tanto talento como mal caracter, ya seria famosa».

El senor Chong, al que llamaba en secreto el abuelo Chong, era un hombre muy raro, que siempre estaba tamborileando los dedos, como si siguiera la musica silenciosa de una orquesta invisible. Me parecia muy viejo, pues habia perdido la mayor parte del pelo, usaba gafas de cristales gruesos y sus ojos daban siempre una impresion de fatiga y somnolencia, pero debia de ser mas joven de lo que me figuraba, ya que vivia con su madre y aun no se habia casado.

Vi a la vieja Chong una vez y fue suficiente. Despedia un olor peculiar, como el de un bebe que se ha hecho encima sus necesidades, y tenia los dedos como los de un muerto, como un viejo melocoton que encontre un dia en el fondo del frigorifico, cuya piel se separaba de la carne al cogerlo.

Pronto descubri que el abuelo Chong se habia retirado de la ensenanza musical. Era sordo.

– ?Como Beethoven! -me dijo alzando mucho la voz-. ?Ambos escuchamos solo dentro de la cabeza!

Y dicho esto empezo a dirigir sus freneticas sonatas silenciosas.

Daba comienzo a las clases abriendo el libro y senalando distintas cosas, cuya finalidad me explicaba.

– ?Tono! ?Tiple! ?Bajo! ?Ni sostenido ni bemol! ?Esto es do mayor! ?Ahora escucha y haz como yo!

Entonces tocaba varias veces la escala de do, un acorde simple y, a continuacion, como si le inspirase una antigua e inalcanzable comenzon, anadia gradualmente mas notas, trinos consecutivos y un bajo martilleante, hasta que la musica era en verdad magnifica.

Yo procuraba imitarle, tocando la escala simple, el acorde simple y luego alguna tonteria, algo parecido a un gato correteando arriba y abajo sobre una hilera de cubos de basura. El abuelo Chong aplaudia sonriente.

– ?Muy bien! -exclamaba-. Pero ahora has de aprender a mantener el compas.

Asi descubri que la vista del abuelo Chong era demasiado lenta para seguir las notas erroneas que yo tocaba. El ejecutaba los movimientos en la mitad del tiempo. Para ayudarme a mantener el ritmo, se colocaba detras de mi y me apretaba el hombro derecho con cada compas. Colocaba monedas sobre mis munecas y yo debia tenerlas en equilibrio mientras tocaba lentamente escalas y arpegios. Me hacia curvar la mano alrededor de una manzana y mantener esa forma cuando tocaba acordes. Desfilaba rigidamente para ensenarme a mover cada dedo arriba y abajo, en staccato, como soldaditos obedientes. Me enseno todas estas cosas, y asi fue como aprendi tambien que podia ser perezosa y cometer impunemente muchos errores. Si tocaba mallas notas porque no habia practicado bastante, nunca me corregia. Me limitaba a seguir el ritmo, mientras el abuelo Chong seguia dirigiendo su ensonacion particular.

Asi pues, es posible que nunca me diera a mi misma una buena oportunidad. Comprendi los aspectos basicos con bastante rapidez, y podria haberme convertido en una buena pianista a edad temprana. Pero estaba tan decidida a no intentarlo, a no ser una persona distinta a la que era que solo aprendi a tocar los preludios mas ensordecedores, los himnos mas discordantes.

En el transcurso del ano siguiente practique de ese modo, obediente a mi manera. Entonces, cierto dia, oi que mi madre y su amiga Lindo Jong hablaban en un tono alto y jactancioso, para que las demas pudieran oirlas. Era a la salida de la iglesia, y yo estaba apoyada en la pared de ladrillo, con unas rigidas enaguas blancas debajo del vestido. Waverly, la hija de tia Lindo, que tenia mas o menos mi edad, tambien estaba junto a la pared, un par de

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