Se estremecio, pero se obligo a subir por la escalinata de la entrada. Nunca terminaria de recuperarse del trauma que le habia dejado el caso Cerino. La gente que fumaba en la puerta no le presto atencion. A traves de la puerta cerrada se oia una suave melodia de organo. Laurie giro el pomo de la puerta, que estaba sin llave, y entro.

Aparte de la musica no se oia practicamente sonido alguno. El suelo estaba recubierto con una alfombra tupida. Habia pequenos grupos de personas en el vestibulo de entrada, pero hablaban en susurros. A la izquierda habia una serie de ataudes barrocos y urnas funerarias en exhibicion. A la derecha, una sala de velatorio llena de gente sentada en sillas plegables. Al fondo de la estancia habia un ataud sobre un lecho de flores.

– ?En que puedo servirle? -pregunto alguien en voz baja.

Un hombre delgado, de aproximadamente la misma edad que Laurie, con la cara demacrada y facciones tristes se habia acercado a ella. Estaba completamente vestido de negro, salvo por la camisa blanca. Era obvio que trabajaba alli. A Laurie le recordo a un predicador puritano.

– ?Ha venido a presentar sus respetos a Jonathan Dibartolo? -pregunto el hombre.

– No -respondio Laurie-. A Frank Gleason.

– ?Perdon?

– A Frank Gleason -repitio.

– ?Y usted se llama…? -pregunto el hombre.

– Doctora Laurie Montgomery.

– Un momento, por favor -repuso mientras salia literalmente corriendo.

Laurie miro a los asistentes del velatorio. Solo habia visto esa cara de la muerte en una ocasion, cuando su hermano habia fallecido a causa de una sobredosis a los diecinueve anos.

Entonces ella tenia solo quince. Habia sido una experiencia traumatica en todos los sentidos, sobre todo porque ella misma lo habia encontrado muerto.

– Doctora Montgomery -dijo una voz suave y untuosa-.

Soy Anthony Spoletto. Tengo entendido que ha venido a presentar sus respetos al senor Frank Gleason.

– Exactamente -dijo. Se giro y vio a otro hombre de traje oscuro. Era obeso y tan grasiento como su voz. Su frente brillaba en la suave luz incandescente.

– Me temo que sera imposible -se disculpo Spoletto.

– Llame esta tarde y me dijeron que lo estaban velando.

– Si, desde luego -respondio el. Pero eso fue esta tarde.

Por peticion expresa de la familia, el velatorio se llevo a cabo entre las cuatro y las seis.

– Ya veo -dijo Laurie, desconcertada. Puesto que no habia planeado su visita, la idea de preguntar por el cadaver de Gleason se le habia ocurrido a ultimo momento. Ahora que el velatorio habia acabado, no sabia que hacer-. Quiza podria firmar el libro de visitas, de todos modos.

– Me temo que eso tambien es imposible -repuso Spoletto-. La familia se lo ha llevado.

– Bien, eso es todo entonces -dijo Laurie haciendo un ademan languido con el brazo.

– Lo lamento -se disculpo Spoletto.

– ?Sabe cuando es el entierro?

– Aun no me han notificado nada al respecto.

Gracias-dijo Laurie.

– De nada -dijo el, abriendole la puerta.

Ella salio y subio al taxi.

– ?Adonde vamos ahora? -pregunto Michael.

Laurie le dio las senas de su casa. Mientras el taxi arrancaba, se inclino para echar un ultimo vistazo a la funeraria. Habia hecho el viaje en balde. O quiza no. Despues de hablar unos instantes con Spoletto, se habia dado cuenta de que su frente no estaba grasienta. A pesar de la baja temperatura en el interior del establecimiento, el hombre sudaba. Se rasco la cabeza, preguntandose si ese detalle tendria alguna relevancia o si volvia a dar palos de ciego.

– ?Era un amigo? -pregunto Michael.

– ?A quien se refiere?

– Al finado.

Laurie dejo escapar una risita triste.

– No exactamente -respondio.

– Entiendo -dijo el mirandola por el retrovisor-. Hoy dia las relaciones son muy complicadas. Y le dire por que…

Ella sonrio y se arrellano en el asiento para escucharlo. La chiflaban los taxistas filosofos, y Michael era un autentico Platon en su profesion.

Cuando el taxi se detuvo frente a su casa, Laurie vio una figura familiar en el vestibulo. Era Lou Soldano, apoyado contra los buzones. En la mano tenia una botella de vino cubierta con un cesto de mimbre. Laurie pago el viaje, dejando una generosa propina a Michael, y bajo del vehiculo.

– Lo siento -le dijo a Lou-. Me dijiste que llamarias antes de venir.

El parpadeo como si acabara de despertarlo.

– Y lo hice, pero me respondio el contestador. Te deje un mensaje de que estaba en camino.

Laurie consulto su reloj de pulsera mientras abria la puerta. Como habia previsto, habia tardado poco mas de una hora.

– Pense que solo te quedaba media hora de trabajo -dijo Lou.

– No estaba trabajando -respondio ella mientras llamaba el ascensor-. He hecho una excursion hasta la funeraria Spoletto. -Lou arrugo la frente en una expresion de disgusto-.

No me rinas -anadio Laurie subiendo al ascensor.

– ?Y que? ?Has encontrado a Franconi expuesto en un ataud? -pregunto Lou con sarcasmo.

– Si te pones asi, no te contare nada.

– De acuerdo, lo siento.

– No he descubierto nada. El velatorio del hombre que me interesaba habia terminado. La familia lo suspendio a las seis de la tarde.

Se abrio la puerta del ascensor. Mientras Laurie bregaba con la cerradura, Lou hizo una reverencia a Debra Engler, cuya puerta estaba entornada como de costumbre.

– Pero el gerente se comporto de forma sospechosa -dijo Laurie-. Al menos eso me parecio.

– ?Por que? -pregunto Lou mientras entraba en el apartamento.

Tom corrio desde la habitacion, se restrego contra la pierna de Laurie y comenzo a ronronear. La mujer dejo el maletin en la pequena mesa semicircular del vestibulo para agacharse y rascarle detras de las orejas.

– Cuando hablaba conmigo, sudaba -explico.

Lou, que se estaba quitando el abrigo, se detuvo en medio de la operacion.

– ?Y eso es todo? ?El tio sudaba?

– Si, eso es todo. -Sabia que pensaba Lou. Estaba escrito en su cara.

– Y dime, ?comenzo a sudar despues de que tu le hicieras preguntas complejas e incriminatorias sobre la desaparicion del cuerpo de Franconi? ?O ya sudaba antes de que hablaras con el?

– Antes -admitio ella.

Lou puso los ojos en blanco.

– ?Guau! Otra encarnacion de Sherlock Holmes. Quiza deberias hacer mi trabajo. No tengo tus dotes de intuicion y razonamiento inductivo.

– Has prometido no reganarme -protesto Laurie.

– Yo no hecho tal cosa.

– De acuerdo, fue un viaje inutil. Ahora preparemos la comida. Estoy muerta de hambre.

Lou se paso la botella de vino de una mano a la otra para terminar de quitarse la gabardina. Al hacerlo, arrojo inadvertidamente al suelo el maletin de Laurie. El impacto hizo que se abriera y se desparramara el contenido. El ruido asusto al gato que desaparecio en el dormitorio, despues de una lucha desesperada por mantener el equilibrio en el parquet encerado.

– ?Que torpe! -dijo-. Lo siento.

Se agacho para recoger los papeles, boligrafos, portaobjetos y demas parafernalia y, al hacerlo, choco con

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