– ?La misma frecuencia de radio que en el ultimo viaje?

– Si, informaremos cada media hora de nuestra posicion y condiciones, empleando los terminos normales de comunicacion. Si descubrimos algo prometedor, lo transmitiremos en clave.

El jefe del personal de tierra asintio con la cabeza.

– Comprendido.

Sin anadir palabra, LeBaron subio la escalerilla de la gondola y ocupo el asiento del piloto. Su copiloto, Joe Cavilla, un individuo de sesenta anos, agrio y de ojos tristes, que raras veces abria la boca salvo para bostezar o estornudar, se reunio con el. Su familia habia inmigrado a los Estados Unidos desde el Brasil, cuando el tenia dieciseis anos, y Joe se habia incorporado a la Marina, pilotando dirigibles hasta que la ultima unidad de esta clase fue formalmente licenciada en 1964. Cavilla se habia presentado un dia e impresionado a LeBaron por su experiencia en aeronaves mas ligeras que el aire, y este le habia contratado.

El tercer miembro de la tripulacion era Buck Caesar. Su cara de hombre maduro, de tez curtida, sonreia constantemente, pero su mirada era astuta y su cuerpo eran tan firme como el de un boxeador. Estaba sentado a una mesita, con el torso inclinado, contemplando sus cartas y trazando una serie de cuadrados cerca de un sector del canal de las Bahamas.

Un humo azul broto de los tubos de escape al poner LeBaron en marcha los motores. El personal de tierra desato cierto numero de sacos de lona conteniendo lastre y que habian sido arrojados desde la barquilla. Uno de aquellos hombres, el «cazador de mariposas», levanto un largo palo con una manga de aire en su extremo, para que LeBaron pudiese observar la direccion exacta del viento.

LeBaron hizo una senal con la mano al jefe del personal de tierra. Un calzo de madera fue retirado de la rueda de aterrizaje, se solto la ligadura de la proa al mastil, y los hombres que sostenian las cuerdas de proa se echaron a un lado y las soltaron. Cuando la aeronave quedo libre y se hubo apartado del mastil, LeBaron acelero e hizo girar la gran rueda del timon contigua a su asiento. El Prosperteer levanto su morro de opera bufa en un angulo de cincuenta grados y, lentamente, se elevo en el cielo.

El personal de tierra observo hasta que la gran aeronave se perdio gradualmente de vista sobre las aguas verdeazules de los estrechos. Despues volvieron brevemente su interes a la limusina y a la vaga forma femenina de detras del cristal sombreado de la ventanilla.

Jessie LeBaron compartia la pasion de su marido por las aventuras al aire libre, pero era una mujer metodica, que preferia organizar fiestas de caridad y sesiones para recaudar fondos en campanas politicas, en vez de perder el tiempo a la caza de un tesoro dudoso. Vibrante y llena de vitalidad, con una boca que tenia un repertorio de una docena de sonrisas diferentes, tenia cincuenta anos y medio, pero parecia estar mas cerca de los treinta y siete. Jessie era ligeramente entrada en carnes, pero firme; su tez tenia una

suavidad cremosa, y habia permitido que sus cabellos se volviesen naturalmente grisaceos. Los ojos eran grandes y oscuros, y no tenian la mirada vacia que suele dejar la cirugia plastica.

Cuando ya no pudo ver el dirigible, Jessie hablo por el intercomunicador del automovil.

– Angelo, tenga la bondad de volver al hotel.

El chofer, un cubano moreno con la cara de facciones tan duras como las grabadas en los sellos de correos, se llevo dos dedos a la visera de la gorra y asintio con la cabeza.

El personal de tierra del dirigible observo como daba la vuelta el largo Cadillac y pasaba por la desierta puerta de entrada de la antigua base naval. Entonces, alguien saco una pelota de balonvolea. Rapidamente trazaron las lineas del campo y montaron una red. Despues de formar los bandos, empezaron a golpear la pelota de un lado a otro para combatir el tedio de la espera.

Dentro del camion con aire acondicionado, el jefe del personal y un radiotelegrafista recibian y anotaban los mensajes del dirigible. LeBaron transmitia religiosamente cada treinta minutos, sin variar nunca mas de unos pocos segundos, describiendo su posicion aproximada, todos los cambios del tiempo y los barcos que navegaban debajo de ellos.

Entonces, a las dos y media de la tarde, cesaron los mensajes. El radiotelegrafista trato de comunicarse con el Prosperteer, pero no hubo respuesta. Llegaron y pasaron las cinco y continuo el silencio. Fuera, el personal de tierra dejo cansadamente de jugar y se agrupo alrededor de la puerta del compartimiento de radio, mientras crecia la inquietud en el interior. A las seis, sin ninguna senal del dirigible sobre el mar, el jefe del personal llamo a la Guardia de Costas.

Lo que nadie sabia, ni posiblemente sospechaba, era que Raymond LeBaron y sus amigos a bordo del Prosperteer se habian desvanecido en un misterio que iba mucho mas alla de la mera caza de un tesoro.

2

Diez dias mas tarde, el presidente de los Estados Unidos contemplaba pensativamente el paisaje a traves de la ventanilla de su limusina y tamborileaba con los dedos sobre una rodilla. Sus ojos no veian las fincas pintorescas de las tierras de Potomac, Maryland. Apenas se daba cuenta de como brillaba el sol sobre la piel de los caballos de pura raza que vagaban por los ondulados pastizales. Las imagenes que se reflejaban en su mente giraban alrededor de los extranos acontecimientos que lo habian llevado literalmente a la Casa Blanca.

Como vicepresidente, fue elevado al cargo mas alto de la nacion cuando su predecesor se vio obligado a dimitir despues de confesar que padecia una enfermedad mental. Afortunadamente, los medios de comunicacion no emprendieron una investigacion a gran escala. Desde luego, hubo las entrevistas de rutina con ayudantes de la Casa Blanca, lideres del Congreso y famosos psiquiatras, pero no aparecio nada que oliese a intriga o a conspiracion. El ex presidente abandono Washington y se retiro a su casa de campo en Nuevo Mexico, todavia respetado y compadecido por el publico, y la verdad quedo guardada en la mente de muy pocos.

El nuevo jefe del ejecutivo era un hombre energico que media un poco mas de un metro ochenta y pesaba sus buenos cien kilos. Tenia cuadrada la mandibula inferior, duras las facciones y una frente casi siempre arrugada en un fruncimiento reflexivo; pero sus ojos intensamente grises podian ser enganosamente limpidos. Los cabellos de plata estaban siempre perfectamente cortados, con raya en el lado derecho, al estilo tradicional de los banqueros de Kansas.

No era guapo o llamativo a los ojos del publico, pero tenia un estilo y un encanto que lo hacian atractivo. Aunque era politico profesional, consideraba al Gobierno, tal vez ingenuamente, como un equipo, con el como entrenador que dirigia el juego. Muy apreciado como instigador y agitador, se rodeaba de un gabinete y un personal de hombres y mujeres que se esforzaban en trabajar en armonia con el Congreso, en vez de reclutar una pandilla de compinches mas preocupados de fortalecer su base de poder personal.

Sus pensamientos se centraron poco a poco en el paisaje cuando el conductor del Servicio Secreto redujo la marcha, salio de la River Road North y cruzo la gran puerta de piedra flanqueada de una verja pintada de blanco. Un guardia uniformado y un agente del Servicio Secreto que llevaba las gafas negras de ritual y traje de hombre de negocios salieron de la caseta del guarda. Miraron hacia el interior del coche y asintieron con la cabeza al reconocer a su ocupante. El agente hablo por un pequeno transmisor de radio sujeto a su muneca como un reloj.

– El jefe esta en camino.

El automovil rodo por el paseo circular bordeado de arboles del Congressional Country Club, dejando atras las pistas de tenis a la izquierda, llenas de curiosas esposas de los socios, y se detuvo al pie del portico del club.

Elmer Hoskins, el encargado de recibirle, se adelanto y abrio la

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