– Espere un momento, por favor -suplico Brogan-. Estoy de acuerdo en hacer que se filtre el rumor de que sabemos que los LeBaron y su gente de la AMSN estan vivos. Despues acusaremos a los cubanos de haberlos encarcelado en La Habana.
– ?Como podemos esperar que Velikov se trague algo que sabe que es falso?
– No espero que se deje enganar con esto. No es un cretino. Sospechara algo y se preguntara cuanto sabemos acerca de su isla. Es todo lo que puede hacer: plantearse una interrogacion. Tambien enturbiaremos las aguas diciendo que nuestra informacion se basa en pruebas fotograficas que demuestran que su bote hinchable fue arrojado a la isla de Cuba. Esto deberia hacer que Velikov aflojase la presion sobre los cautivos y siguiese debatiendose en la incertidumbre.
– ?Que diablos se propone? -pregunto Sandecker.
– Todavia no lo tengo bien meditado -confeso Brogan-. Pero la idea fundamental es llevar de nuevo y en secreto a Pitt a la isla.
En cuanto hubo terminado el interrogatorio de Pitt, Brogan volvio a su despacho y descolgo el telefono. Su llamada tuvo que pasar por los intermediarios de costumbre antes de que el presidente se pusiese al aparato.
– Por favor, hable deprisa, Martin. Estoy a punto de salir para Camp David.
– Hemos terminado de interrogar a Dirk Pitt.
– ?Pudo dar algun dato interesante?
– Nos dio la informacion que nosotros discutimos.
– ?El cuartel general de Velikov?
– Nos condujo directamente a su madriguera.
– Buen trabajo. Ahora podran ustedes iniciar una operacion de infiltracion.
– Creo que seria adecuada una solucion mas permanente.
– ?Quiere usted decir contrarrestar su amenaza revelando la existencia de la base a la prensa mundial?
– No. Quiero decir ir alla y destruirla.
El presidente tomo un ligero desayuno despues de llegar a Camp David. El tiempo era anormalmente calido; era como un veranillo de propina, y el presidente vestia pantalones de algodon y sueter de manga corta.
Estaba sentado en un gran sillon de orejas, con varias carpetas sobre sus rodillas, y estudiaba las historias personales de los componentes del «circulo privado». Despues de leer la ultima ficha, cerro los ojos, sopesando las alternativas, preguntandose que diria a los hombres que estaban esperando en el comedor principal del edificio.
Hagen entro en el despacho y guardo silencio hasta que el presidente abrio los ojos.
– Cuando tu quieras, Vince.
El presidente se levanto despacio del sillon.
– Cuanto antes mejor.
Los otros estaban esperando alrededor de la larga mesa del comedor, tal como habia dispuesto el presidente. No habia ningun guardia presente; no hacian falta. Todos eran hombres honorables que no tenian la menor intencion de cometer un crimen. Se pusieron respetuosamente en pie al entrar el en la habitacion, pero el presidente les hizo ademan de que se sentaran.
Estaban presentes los ocho: el general Fischer, Booth, Mitchell, Busche, que estaba sentado a un lado de la mesa frente a Eriksen, el senador Porter y Dan Fawcett. Hudson estaba sentado solo en el extremo de la mesa. Solamente faltaba Raymond LeBaron.
Todos vestian con sencillez y estaban comodamente sentados, como jugadores de golf en un club; relajados, sumamente confiados y sin dar senales de tension.
– Buenos dias, senor presidente -saludo animadamente el senador Porter-. ?A que debemos el honor de esta misteriosa convocatoria?
El presidente carraspeo.
– Todos ustedes saben por que les hecho venir. Por consiguiente, no nos andemos con rodeos.
– ?No quiere felicitarnos? -pregunto sarcasticamente Clyde Booth.
– Puedo felicitarles o no felicitarles -dijo friamente el presidente-. Esto dependera.
– Dependera, ?de que? -pregunto rudamente Gunnar Eriksen.
– Creo que lo que busca el presidente -dijo Hudson- es que permitamos a los rusos reclamar una participacion en la Luna.
– Esto y una confesion de asesinato en masa.
Se habian cambiado los papeles. Se quedaron alli sentados, con ojos de besugo en un congelador, mirando al presidente.
El senador Porter, que pensaba con rapidez, fue el primero en atacar.
– ?Una ejecucion a lo ganster o al estilo de
– De la pequena anecdota de nueve cosmonautas sovieticos muertos.
– ?Los que se perdieron durante las primeras misiones Soyuz? - pregunto Dan Fawcett.
– No -respondio el presidente-. Los nueve rusos que fueron muertos en las sondas lunares Selenos.
Hudson agarro el borde de la mesa y miro como si hubiese sido electrocutado.
– Las naves espaciales Selenos no iban tripuladas.
– Esto es lo que querian los rusos que pensara el mundo; pero, en realidad, habia tres hombres en cada una de ellas. Tenemos a una de las tripulaciones congeladas en el deposito de cadaveres del hospital Walter Reed, si quieren examinar los restos.
Nadie habria pensado en mirarlo. Se consideraban ciudadanos con sentimientos morales y que trabajaban para su pais. Lo ultimo que cualquiera de ellos esperaba ver en un espejo era la imagen de un asesino a sangre fria. Decir que el presidente tenia a sus oyentes en un puno habria sido un eufemismo.
Hagen estaba como fascinado. Todo esto era nuevo para el.
– Si me lo permiten -siguio diciendo el presidente-, mezclare los hechos con las especulaciones. Para empezar, ustedes y sus colonos en la Luna han realizado una hazana increible. Les felicito por su perseverancia y su genio, como lo hara el mundo en las semanas venideras. Sin embargo, han cometido involuntariamente un terrible error que facilmente podria empanar su logro.
»En su celo por hacer ondear la bandera estrellada han prescindido del tratado internacional que rige las actividades en la Luna y que fue ratificado por los Estados Unidos, la Union Sovietica y otros tres paises en 1984. Ustedes reclamaron por su cuenta la Luna como posesion soberana y, hablando en metafora, plantaron un rotulo de «Prohibido el Paso». Y lo confirmaron destruyendo tres sondas lunares sovieticas. Una de ellas, Selenos 4, consiguio volver hacia la Tierra; y estuvo sobrevolando en orbita durante dieciocho meses antes de que se restableciese el control. Los ingenieros espaciales sovieticos trataron de hacerla aterrizar en las estepas de Kazakhstan, pero la nave estaba averiada y cayo cerca de Cuba.
»Con el pretexto de la busca del tesoro, ustedes enviaron a Raymond
