Gregory la hubiese difamado -, pero ?que habria hecho mister Browning, si los bandidos la hubieran robado a
Asi, el sabado – con la carta de mister Browning abierta sobre la mesa – empezo a vestirse. Leyo la ultima advertencia de el: «…y, al tomar esta actitud, me situo frente a la execrable tactica de los maridos, padres, hermanos y demas dominadores que haya en el mundo». De manera que si ella iba a Whitechapel, se ponia con esto contra Robert Browning y a favor de los padres, hermanos y demas dominadores. A pesar de ello, siguio vistiendose. Un perro aullaba porque lo tenian atado. Estaba indefenso en poder de unos hombres crueles. Le parecia que los aullidos le gritaban: «?Piensa en Flush!» Se calzo, se puso el manto y el sombrero. Miro una vez mas la carta de mister Browning. «Me voy a casar contigo», leyo. El perro seguia aullando. Salio de la habitacion, bajo las escaleras…
Henry Barrett le salio al encuentro y le dijo que, a su juicio, estaba muy expuesta a que la secuestraran y la asesinaran si se empenaba en ir a Whitechapel. Dijo a Wilson que llamara un coche de alquiler. Wilson obedecio, temblorosa pero sumisa. Llego el coche. Miss Barrett hizo subir primero a Wilson. Esta, aunque convencida de que la esperaba la muerte, monto en el coche. Miss Barrett dio al cochero la direccion de Manning Street, Shoreditch. Miss Barrett monto tambien y el coche emprendio la marcha. Pronto dejaron atras las ventanas de relucientes cristales, las puertas de caoba y los enrejados. Entraban en un mundo que miss Barrett no habia visto nunca, ni siquiera adivinado. Se hallaban en un mundo donde las personas dormian en el piso de arriba de los establos, y donde no habia una ventana sana; en un mundo donde solo dejaban correr el agua dos veces a la semana, en un mundo donde el vicio y la pobreza engendraban mas vicio y mas pobreza. Llegaron a una region desconocida para los cocheros respetables. Se detuvo el coche; el cochero se informo en una taberna. «Salieron dos o tres hombres: «?Oh, seguramente van ustedes en busca de mister Taylor!», dijo uno de ellos.» En aquel mundo misterioso, un coche con dos senoras solo podia ir con un unico objeto, y ese era de sobra conocido. Todo ello resultaba sobremanera siniestro. Uno de los hombres corrio hacia una casa y salio de ella diciendo que mister Taylor «no estaba en casa, pero que si queria entrar…», «Wilson, en un aparte aterrorizado, me suplico que no pensase siquiera en tal cosa…» Una pandilla de hombres y chicos se agolpaban alrededor del coche. «?Por que no ve usted a la senora Taylor?», le pregunto el mismo individuo. Miss Barrett no tenia el menor deseo de ver a la senora Taylor; pero en aquel momento salio de la casa una mujer inmensamente gorda, «tan gorda, que le habria sido muy facil tener toda su vida una conciencia sin remordimientos», e informo a miss Barrett de que su esposo habia salido. «Quizas este de vuelta dentro de unos minutos, o puede que tarde varias horas… ?Por que no bajaba del coche y lo esperaba?» Wilson le tiro de la falda. ?Figurense, esperar en casa de aquella mujer! Ya era terrible tener que estarse alli, quietas en el coche, con la banda de hombres y chiquillos apinados en derredor. Asi, miss Barrett parlamento desde el coche con la «inmensa bandolera». Explico que mister Taylor tenia su perro y que habia prometido devolverlo; ?le llevaria mister Taylor su perro a Wimpole Street aquel mismo dia? «Oh, si; desde luego», dijo la gorda con la mas gentil de las sonrisas. Creia que mister Taylor habia ido precisamente a ocuparse de aquel asunto. Y la mujer «balanceo la cabeza a derecha e izquierda con muchisima gracia».
En vista de ello, el coche dio la vuelta y salio de la calle Manning, en Shoreditch. Wilson opinaba que «habiamos escapado con vida por milagro». La misma miss Barrett habia llegado a alarmarse. «Era evidente que la banda se habia hecho fuerte en su barrio. La «Sociedad», la «Fancy» (como la llamaban) habia echado raices en aquel terreno», escribia. Le hormigueaban por el espiritu los pensamientns y se le habian llenado de imagenes los ojos. De modo que eso era lo que se encontraba mas alla de la calle Wimpole: esas casas… esas casas… Mas vio, mientras estuvo en el coche frente a la taberna, que en cinco anos de permanencia en el dormitorio trasero de Wimpole Street. «?Que rostros los de esos hombres!», exclamo. Se habian grabado a fuego en su retina. Estimulaban su imaginacion como nunca la habian estimulado «las divinas presencias de marmol», los bustos de la vitrina. Aqui vivian mujeres como ella; mientras yacia en su sofa, leyendo o escribiendo, aquellas mujeres vivian a su manera. Pero ya entraba el coche por entre las casas de cuatro pisos. He aqui la familiar avenida de puertas y ventanas, con sus llamadores de bronce, sus cortinas simetricas… He aqui la calle Wimpole… y su numero 50. Wilson salto del coche, y puede uno imaginarse con que sensacion de alivio, al verse a salvo. Pero miss Barrett es posible que vacilara un momento. Aun estaba viendo «los rostros de aquellos hombres». Habian de ponersele otra vez ante los ojos de la imaginacion cuando estuviera escribiendo, sentada en un soleado balcon de Italia [6]. Le iban a inspirar los trozos mas vividos de
Pero ya abria el lacayo la puerta y, apeandose, se dirigio, escaleras arriba, a su habitacion. Otra vez a su dormitorio.
El sabado fue el quinto dia de encarcelamiento de Flush. Casi exhausto, perdidas casi todas las esperanzas, jadeaba tumbado en su rincon oscuro del atestado suelo. Se oian violentos portazos. Gritaban voces aguardentosas. Chillidos de mujeres. Parloteo de loros. Nunca habian charlado asi los loros con las viudas de Maida Vale, pero es que ahora tenian que responder a los insultos que les dirigian las viejarronas. Flush se sentia la pelambre plagada de insectos; pero estaba demasiado debil, demasiado indiferente para sacudirse. Toda su vida pasada, con sus innumerables escenas: Reading, el invernadero, miss Mitford, mister Kenyon, los libros, los bustos, los campesinos del visillo… todo ello se esfumaba como copos de nieve que se disolvieran en una caldera. Si de aferraba aun a alguna esperanza, era a algo sin nombre y sin forma, al rostro de alguien a quien todavia llamaba «miss Barrett». Esta existia aun; todo el resto del mundo habia desaparecido; pero ella aun existia, aunque se habia abierto entre ellos un abismo tan grande que era casi imposible pudiera llegar su ama hasta el. Empezo a venirse encima la oscuridad otra vez, una oscuridad capaz de aplastar definitivamente su ultima esperanza… miss Barrett.
A decir verdad, las fuerzas de Wimpole Street luchaban todavia -hasta en estos momentos finales- por apartar a miss Barrett de Flush. El sabado por la tarde estuvo esperando a mister Taylor, pues la mujer inmensamente gorda habia prometido que este iria. Por fin vino, pero sin el perro. Envio un recado a miss Barrett: si esta le pagaba en el acto seis guineas, volveria a Whitechapel y le traeria el perro… le daba «su palabra de honor». Miss Barrett no sabia que valor pudiera tener la palabra de honor de mister Taylor, pero le parecio «que no habia otro recurso», pues la vida de Flush pendia de este hilo. Conto las guineas, y se las envio a mister Taylor, que esperaba abajo en el pasillo. Pero quiso la mala suerte que mientras esperaba Taylor en el pasillo - rodeado de paraguas, grabados, la felpuda alfombra y otros objetos valiosos – entrara Alfred Barrett. El ver al archienemigo en su propia casa, le hizo perder todo freno. Estalio su ira. Lo llamo «estafador, embustero y ladron». En vista de ello, mister Taylor le devolvio los insultos. Y, lo peor de todo, juro estar «tan seguro de su salvacion como de que no volveriamos a ver a nuestro perro»; y salio disparado de la casa. Asi que a la manana siguiente llegaria el terrible paquete sangriento.
Miss Barrett volvio a vestirse a toda prisa y corrio escaleras abajo. ?Donde estaba Wilson? Que buscase un coche. Iba a volver a Shoreditch inmediatamente. Acudio su familia, presurosa, para disuadirla. Oscurecia. Estaba ya muy debilitada. Incluso para un hombre, en perfecto estado de salud, resultaba aquella aventura de lo mas arriesgado. Hacerlo ella, era una locura. Asi se lo dijeron. Sus hermanos, sus hermanas, toda la familia la rodeo, amenazandola, disuadiendola, «gritandome que me habia vuelto loca, que era una terca, una caprichosa… Me insultaron tanto como lo hubieran hecho con mister Taylor». Pero no cejo en su empeno. Tuvieron que comprender, finalmente, la inutilidad de sus esfuerzos ante la locura de ella. Por mucho peligro que hubiera, habian de dejarla salirse con la suya. Septimus prometio que, si Ba volvia a su cuarto «y se ponia de buen humor», iria el mismo en busca de Taylor, le entregaria el dinero y traeria el perro.
Mientras, en Whitechapel se diluia el crepusculo en la negrura nocturna. Se abrio una vez mas, de una patada, la puerta de la habitacion. Un tipo peludo suspendio a Flush por el cogote, sacandole de su rincon. Al mirar la horrenda cara de su enemigo, no podia deducir si se lo llevaba para matarlo o para ponerlo en libertad. Le daba igual…, a no ser por el recuerdo fantasmal de algo. El hombre se agacho. ?Para que le hurgaban aquellos dedazos en su garganta? A trompicones, medio cegado y con las piernas bamboleantes, fue conducido Flush al aire libre.
