– ?Y adonde va a parar?
El capitan senalo las dos puertas que se abrian a cada extremo del estrecho pasadizo.
– A las bodegas del equipaje.
Harry apenas daba credito a su suerte.
– ?Y todas las maletas estan guardadas detras de esas dos puertas?
– Si, senor.
Harry probo una de las puertas. No estaba cerrada con llave. Miro en el interior. Las maletas y baules de los pasajeros estaban cuidadosamente apilados y atados con cuerdas a los puntales, para que no se movieran durante el vuelo.
En algun lugar le aguardaba el conjunto Delhi, y una vida llena de lujos,
Clive Membury miro por encima del hombro de Harry. -Fascinante -murmuro.
– Ya lo puede decir -comento Harry.
14
Margaret estaba muy animada. Ya se habia olvidado de que no queria ir a Estados Unidos. ?Apenas podia creer que habia trabado amistad con un verdadero ladron! En circunstancias normales, si alguien le hubiera dicho «Soy un ladron» no le habria creido, pero, en el caso de Harry, sabia que era cierto, porque le habia conocido en una comisaria de policia: y habia visto como le acusaban.
Siempre la habia fascinado la gente que vivia al margen del orden establecido: delincuentes, bohemios, anarquistas prostitutas y vagabundos. Parecian tan libres… Claro que su libertad no les permitia pedir champan, viajar en avion a Nueva York o enviar a sus hijos a la universidad; no era tan ingenua como para desconocer las desventajas de ser un paria. Sin embargo, la gente como Harry nunca se plegaba a las ordenes de nadie, y eso le parecia maravilloso. Sonaba con ser una guerrillera, vivir en las colinas, ponerse pantalones, llevar un rifle, robar comida, dormir al raso y no planchar nunca la ropa.
Nunca habia conocido gente de esa, o bien no la reconocia cuando se topaba con ella. ?Acaso no se habia sentado en un portal de «la calle mas depravada de Londres», sin dar se cuenta de que la iban a tomar por una prostituta? Parecia un acontecimiento lejanisimo, aunque habia tenido lugar anoche.
Conocer a Harry era lo mas interesante que le habia pasado desde hacia tiempo inmemorial. Representaba toda aquello que Margaret siempre habia deseado. ?Podia hacer lo que le daba la gana! Por la manana habia decidido ir a Estados Unidos y por la tarde ya estaba de camino. Si le apetecia bailar toda la noche y dormir todo el dia, lo hacia. Comia y bebia cuanto queria, cuando tenia ganas, en el Ritz, en una taberna o a bordo del
Tenia muchas ganas de saber mas cosas acerca de el, y le sabia mal perder el tiempo cenando sin su compania.
En el comedor habia tres o cuatro mesas. El baron Gabon y Carl Hartmann se hallaban en la mesa vecina. Papa les habia dirigido una mirada iracunda cuando entraron, tal vez porque eran judios. Ollis Field y Frank Gordon compartian la mesa. Frank Gordon era un joven algo mayor que Harry, un tipo apuesto, pero cuya boca delataba cierta brutalidad oculta. Ollis Field era un hombre mayor, de aspecto extenuado, completamente calvo. Los dos hombres habian levantado ciertos comentarios por quedarse en el avion mientras todo el mundo bajaba en Foynes.
Lulu Bell y la princesa Lavinia, que se quejaba en voz alta del exceso de sal que arruinaba la salsa del coctel de gambas, ocupaban la tercera mesa. Las acompanaban dos personas que habian subido en Foynes, el senor Lovesey y la senora Lenehan. Percy decia que compartian la suite nupcial, aunque no estaban casados. Sorprendio a Margaret que la Pan American permitiera semejante escandalo. Tal vez suavizaban las normas debido a la cantidad de gente que intentaba con desesperacion trasladarse a Estados Unidos.
Percy se sento a cenar tocado con un casquete negro judio. Margaret rio. ?De donde demonios habria sacado aquello? Papa se lo quito de la cabeza de un manotazo, enfurecido.
– ?Idiota! -aullo.
El rostro de mama no habia alterado su expresion desde que dejara de llorar por la partida de Elizabeth.
– Creo que es espantosamente temprano para cenar -murmuro vagamente.
– Son las siete y media -dijo papa.
– ?Por que no oscurece?
– En Inglaterra ya ha oscurecido -intervino Percy-, pero nos encontramos a cuatrocientos cincuenta kilometros de la costa irlandesa. Seguimos la ruta del sol.
– Pero acabara oscureciendo.
– Alrededor de las nueve, diria yo.
– Bien -concluyo mama.
– ?Os dais cuenta de que si fueramos a la rapidez suficiente alcanzariamos al sol y nunca oscureceria? -dijo Percy.
– No existe la menor posibilidad de que el hombre invente aviones tan rapidos -replico lord Oxenford, en tono condescendiente.
Nicky, el camarero, trajo el primer plato.
– Yo no quiero, gracias -dijo Percy-. Los judios no comemos gambas.
El camarero le dirigio una mirada de asombro, pero no dijo nada. Papa enrojecio.
Margaret se apresuro a cambiar de tema.
– ?Cuando haremos la proxima escala, Percy?
Su hermano siempre sabia estas cosas.
– Se tardan dieciseis horas y media en llegar a Botwood -dijo-. Deberiamos llegar a las nueve de la manana, segun el horario ingles de verano.
– ?Que hora sera alli?
– Cuenta tres horas y media menos que la hora de Greenwich.
– ?Tres horas y media? -se extrano Margaret-. No sabia que existian diferencias tan extravagantes.
– Y Botwood tambien aprovecha la luz solar, como Inglaterra, lo cual quiere decir que aterrizaremos hacia las cinco y media de la manana, hora local.
– No podre despertarme -dijo mama, con voz cansada.
– Ya lo creo que si -se obstino Percy-. Tendras la sensacion de que son las nueve de la manana.
– Los chicos saben mucho de los adelantos tecnicos -murmuro mama.
Irritaba a Margaret cuando fingia ser estupida. Creia que no era femenino comprender los detalles tecnicos. «A los hombres no les gustan las chicas demasiado listas, querida», habia repetido en mas de una ocasion a Margaret. Esta ya no discutia con ella, pero tampoco le creia. En su opinion, solo los hombres estupidos pensaban de esa manera.
A los hombres inteligentes les gustaban las chicas inteligentes.
Se dio cuenta de que en la mesa vecina se hablaba en voz algo mas alta. El baron Gabon y Carl Hartmann estaban discutiendo, mientras sus companeros de cena les contemplaban en perplejo silencio. Margaret recordo que Gabon y Hartmann no habian parado de discutir desde que se sentaron a la mesa. No era sorprendente; debia de ser dificil hablar de trivialidades con uno de los cerebros mas brillantes del mundo. Capto la palabra «Palestina». Debian de estar discutiendo sobre el sionismo. Dirigio una mirada nerviosa a su padre. El tambien escuchaba, y su expresion denotaba mal humor.
– Vamos a atravesar una tormenta -dijo Margaret, antes de que su padre pudiera hablar-. El avion se movera un poco.
– ?Como lo sabes? -pregunto Percy.
En su voz se transparentaban los celos; el experto en detalles aeronauticos era el, no Margaret.
– Me lo ha dicho Harry.
– ?Y como lo supo?
