A Albert le impresionaba la firmeza y claridad de ideas del profesor Schatzhauser, mientras que Amelia creia que Max, el profesor y sus amigos eran demasiado pusilanimes para ser eficaces contra un monstruo como Hitler.
Los berlineses parecian vivir ajenos al sufrimiento de la guerra, y Berlin continuaba siendo la
– ?Albert, aqui dicen que Carla Alessandrini estrenara
– ?Tu amiga Carla viene a Berlin? Me dijiste que era una antifascista convencida.
– ?Y lo es! Pero Carla ademas de ser la mejor cantante de opera del mundo es italiana, asi que no es extrano que la contraten en Berlin. ?No estamos tu y yo aqui? Los nazis piensan que porque eres norteamericano y tu pais se ha declarado neutral no eres un elemento peligroso, y yo soy espanola, y por tanto deben de considerar que soy franquista.
Albert no respondio, sabia lo mucho que Amelia apreciaba a Carla Alessandrini y cualquier comentario critico habria desembocado en una discusion.
– ?Pero si esta aqui! -exclamo Amelia.
– ?Como dices?
– Que Carla se aloja en el Adlon, lo dice el periodico. Voy a pedir en centralita que me comuniquen con ella.
Unos minutos mas tarde Amelia escucho la voz alegre de Vittorio Leonardi, el marido de Carla.
– Amelia,
Amelia le explico que estaba alojada en el hotel y que ansiaba verles, y Vittorio no se hizo de rogar.
– Carla esta ensayando, ahora voy a buscarla al teatro, en cuanto regresemos podemos vernos para cenar.
Cuando se encontraron en el vestibulo del hotel, Carla Alessandrini abrazo a Amelia. Vittorio mientras tanto hablo con Albert como si le conociese de toda la vida, aunque en realidad apenas le habia visto en Paris. Pero Vittorio era un hombre de mundo y enseguida comprendio que el acompanante de Amelia era algo mas que un buen amigo.
Cenaron los cuatro en el restaurante del hotel y Carla se intereso mucho por los ultimos avatares de la vida de Amelia.
–
La diva les explico que aunque odiaba a los nazis, Vittorio le insistia en que dado que los fascistas gobernaban Italia, habria sido significarse en exceso rechazar cantar en Berlin. Se lamento de los muchos amigos judios, musicos, directores de orquesta, gente del teatro, que habian huido al exilio.
– No te dejes enganar por las apariencias, esta ciudad no es lo que era, los mejores han tenido que huir. No creas que me siento a gusto estando aqui…
– ?Pero, Carla,
– ?Odio a los fascistas y a los nazis mucho mas! -profirio Carla sin importarle que los comensales de las mesas cercanas la miraran con estupor.
– ?Por Dios, querida, no grites! -le pidio Vittorio.
– Siento lo mismo que tu -dijo Amelia cogiendo la mano de su amiga.
– Todos pensamos lo mismo, pero Vittorio tiene razon, hay que ser prudentes -apunto Albert.
– Ese es el problema, que la prudencia termina convirtiendose en colaboracion -dijo Amelia.
– No, no tienes razon. Creo que es mejor que podamos movernos por Berlin y hablar con unos y con otros para despues poder contar al mundo el peligro que supone Hitler. Si ahora me levanto y empiezo a arremeter contra los nazis lo unico que lograre sera que me detengan, y al final no podre escribir en los periodicos lo que esta pasando aqui -fue la conclusion de Albert.
– Para que luego digan que los hombres no son calculadores y practicos -anadio Carla.
Vittorio les informo de que dos dias despues los responsables de la Deutsches Opernhaus ofrecian un coctel seguido de una cena en honor de Carla y que pediria que les invitaran.
– Mas les vale hacerlo o de lo contrario sere yo quien no asista al coctel -sentencio Carla.
El pacto germano-sovietico tenia un alcance superior al que muchos habian supuesto en un primer momento. Los protocolos secretos empezaban a salir a la luz por la via de los hechos y el 17 de septiembre tropas sovieticas entraron en Polonia.
Amelia y Albert asistieron al dia siguiente a una reunion en casa de Karl Schatzhauser. El medico les pedia tranquilidad a los otros miembros del grupo de oposicion que lideraba.
– Se han repartido Polonia -se quejo Max-, y desgraciadamente el Gobierno britanico no ha dado un paso en su defensa.
– Inglaterra no parece tener claro que camino debe tomar -apuntaba Albert.
– ?Se supone que los polacos son sus aliados pero lo cierto es que les han dejado caer en manos de Hitler y de Stalin! -replico Amelia.
A la reunion asistio un pastor protestante que intentaba contrarrestar el desanimo que parecia cundir en el grupo hablandoles de la esperanza.
– Aun podemos hacer cosas, no nos vamos a rendir. Hay mucha gente contraria a Hitler -aseguro aquel religioso, que se llamaba Ludwig Schmidt.
El pastor dijo conocer a una persona cercana al almirante Canaris, el jefe del contraespionaje aleman; segun aquel hombre, el marino no compartia las ideas del Partido Nazi en el poder; mas aun: al parecer el almirante mostraba su disposicion para ayudar en lo que pudiera a la oposicion a Hitler siempre que no se viera comprometido.
Max von Schumann confirmo esta informacion anadiendo que el coronel Hans Oster, jefe de la Oficina de Contraespionaje del Alto Mando de las Fuerzas Armadas, junto a otros jefes militares, estaba en contra de Hitler.
– ?Deberian unir sus fuerzas! -insistio Albert.
– No debemos dar pasos en falso, es mejor que cada grupo actue como crea conveniente, ya llegara la hora de saber quien esta con quien -replico Karl Schatzhauser.
– Usted dirige nuestro grupo, profesor, y yo acepto su estrategia, pero creo que nuestro amigo Albert James tiene razon -tercio Max.
El pastor Ludwig Schmidt ilustro a Albert sobre los fundamentos del nazismo.
– Hay tres libros que deberia leer usted para entender en que se sustenta esta locura: El
– Hasta ahora, las principales victimas estan siendo los judios -dijo Amelia.
– Tiene usted razon, pero ademas de querer acabar con los judios el objetivo del nacionalsocialismo es borrar las raices cristianas de Alemania, crear un pais sin Dios ni religion -respondio el pastor Schmidt.
Amelia aprovecho un momento en el que Albert estaba hablando con el profesor Schatzhausser para insistirle a
